
Estamos ya a mediados de enero. El entusiasmo por las Navidades se disipa, la rutina se va instaurando de nuevo en el día a día y, para muchos, la ilusión de que 2026 se convierta en un año diferente a 2025 comienza a desvanecerse. Mientras que diciembre es un mes cargado de objetivos y motivación, enero se presenta desde una realidad más amarga, especialmente para quienes en estas fechas ya hayan tirado la toalla con sus propósitos.
Sí, puede parecer demasiado pronto, pero, una vez que nos sumergimos de lleno en la cotidianidad, muchas personas se dan cuenta de que aquellos deseos en los que pensaban mientras sonaban las 12 campanadas no se cumplen simplemente con imaginarlos. Y mantener las ganas de esforzarse para llevarlos a cabo cuando hemos vuelto a entrar en la dinámica del trabajo, los estudios y los quehaceres del día a día resulta en ocasiones complicado.
Sin embargo, incluso cuando esa motivación se mantiene y comienzan a darse pequeños pasos para llevarlo a cabo, a veces cumplir el propósito de año nuevo tampoco es tan sencillo. Y es que en la “fórmula mágica” para que los objetivos no se queden sobre papel mojado no solo se encuentran las ganas y el esfuerzo, también factores externos que pueden contribuir a que estas metas se abandonen antes de tiempo.

Por ejemplo, si el propósito para 2026 es dejar de fumar y en el entorno cercano hay una o varias personas que continúan con la adicción al tabaco, resulta más complicado llevarlo a cabo. También si el objetivo es apuntarse a algún curso nuevo y todos los disponibles son demasiado caros para hacer frente al gasto.
De igual manera ocurre con una de las intenciones más repetidas para fin de año: apuntarse al gimnasio o empezar a hacer ejercicio físico. En este sentido, los expertos de Unobravo, plataforma de psicología online, señalan que la fuerza de voluntad no es suficiente, sino que hacer deporte depende también en gran medida del entorno en el que vivimos.
La presencia de gimnasios accesibles, las zonas verdes de la ciudad o las facilidades para moverse a pie o en bicicleta pueden marcar la diferencia entre que este propósito se sostenga en el tiempo y pase a convertirse en un hábito o que termine por abandonarse a las dos semanas.
De hecho, a través de un reciente estudio, Unobravo ha analizado las 23 ciudades más pobladas de España y ha creado el Índice de Ciudades Activas, dando cuenta de que aquellas localidades en las que se cumplen estas características fomentan el movimiento y facilitan a sus residentes llevar a cabo su propósito de mantenerse en forma.

El lugar en el que vives condiciona el éxito de los propósitos
La plataforma de psicólogos ha tenido en cuenta factores como la densidad de gimnasios, los hábitos de caminar o pedalear, las rutas para correr, la presencia de espacios verdes y el interés por el fitness en internet. Así, ha concluido que, de las 23 ciudades más pobladas de España, L’Hospitalet de Llobregat es la que lidera el ranking de las más activas. Pese a su escasez de suelo destinado a zonas verdes (un 9,6 %), tiene la mayor densidad de gimnasios del país (110 por cada 100.000 habitantes) y una de las cuotas más asequibles (menos de 30 euros al mes).
Por el contrario, Murcia se sitúa en la última posición de la lista, pese a tener más del 57 % de su territorio destinado a zonas verdes. Esto se debe principalmente a que únicamente hay un gimnasio por cada 100.000 habitantes, lo que dificulta en gran medida que sus residentes se ejerciten en estas infraestructuras. Así, su tasa de población activa es de solo un 29 %, la cifra más baja de las localidades analizadas.
Consejos para mantener (o retomar) los propósitos
Estos datos invitan a una reflexión que resulta fundamental en la era de la hiperproductividad y la autoexigencia excesiva: no siempre es posible cumplir las metas propuestas y no se debe encontrar en ello una fuente de frustración, pérdida de autoestima y comparación con los demás.
Además del entorno y factores externos, que tienen un gran peso a la hora de alcanzar o no el objetivo propuesto, también influye en buena medida la manera en la que se plantean los propósitos. “Uno de los principales motivos por los que las resoluciones pueden fracasar es que muchas se eligen desde el ‘debería’, desde lo que socialmente se espera, y no desde los propios valores”, señala Francisco Rufete, psicólogo online y manager clínico en Unobravo. “Cuando una meta no conecta con lo que es importante para ti, es más probable que se viva como una obligación y se abandone con rapidez”.

En una época marcada por la sobreexposición en redes sociales, nos enfrentamos a un contexto de comparación constante: observar que los demás triunfan en un propósito concreto puede incentivar a seguir el mismo camino, lo que es un acierto cuando se realiza con convicción real y un error si se propone únicamente para “seguir a la masa”.
El experto de Unobravo también incide en la importancia de ser realistas con los objetivos que se plantean, ya que, si son demasiado amplios, “suelen generar frustración”: “Dividir una meta en pequeños pasos específicos refuerza la sensación de progreso y la confianza en la propia capacidad de cambio”, señala Rivera.
Y es que, al cumplir “metas pequeñas de forma regular”, se sostiene la sensación de logro, lo que continúa fomentando incentivos para continuar. Así, se pone en marcha un refuerzo positivo que actúa “a nivel emocional y motivacional” y que “ayuda a mantener el compromiso”. “Ver avances concretos activa esa sensación de recompensa y hace que el objetivo se perciba como alcanzable”.
Para Rivera también resulta fundamental anticipar las posibles dificultades que puedan surgir: “Planificar con antelación qué hacer cuando aparezcan el cansancio, la falta de tiempo o la desmotivación puede evitar que un contratiempo puntual se convierta en abandono”. En este sentido, la autocompasión es clave, como explicó a Infobae en una entrevista anterior Laura Fuster, psicóloga especialista en ansiedad cuya clínica opera presencialmente en Valencia y de forma online.
“Veo mucho el caso de personas que empiezan muy motivadas, hacen todo perfecto diez días y, ante el primer tropiezo, lo dejan todo. No saben permitirse el ‘más o menos’, y eso genera mucha ansiedad”, afirmó Fuster. “El verdadero cambio no nace de castigarnos para ser mejores, sino de tratarnos con suficiente comprensión como para sostener el proceso”.
Si se tiene en cuenta que es necesaria una buena planificación, que pueden existir tropiezos y que hay factores externos que influirán en la posibilidad o no de continuar el proceso, cualquier momento es bueno para comenzar a llevar a cabo un propósito. Febrero también es un buen mes, o incluso la semana que viene.
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