
En cada relación afectiva se construye un pequeño universo propio, un espacio donde se negocian de forma implícita o explícita los roles, las expectativas y las formas de cuidar. Así, no existen dos vínculos iguales, pues cada persona tiene su propia historia, necesidades y dinámicas aprendidas.
Algunas relaciones se sostienen desde la reciprocidad, otras desde el equilibrio: hay vínculos en los que uno de los miembros asume, casi sin darse cuenta, una posición de entrega constante. En estos casos, el amor se vive como una forma de sacrificio continuo.
Anteponer las necesidades ajenas a las propias, esforzarse de manera permanente por mantener el vínculo o medir el valor personal en función de lo que se hace por el otro puede parecer, en apariencia, una muestra de amor profundo. Sin embargo, estas dinámicas no siempre garantizan relaciones más satisfactorias ni vínculos más sólidos. A veces incluso abren la puerta a la frustración, al desequilibrio y a una sensación persistente de vacío emocional.

Sobre estas formas de amar reflexiona la psicóloga Ángela Fernández, a partir de su experiencia clínica, en uno de sus vídeos de TikTok (@angelaprs.psicologia). “El otro día hablaba con una paciente de un tema que me pareció muy interesante y que quiero compartir con vosotros”. La experta introduce una idea que atraviesa muchas relaciones contemporáneas: “Hay personas que viven el amor desde el sacrificio, desde esa acción constante para sostener el vínculo, para sentirse queridos..., y hay personas que se dejan querer”.
Cuando el cariño y el esfuerzo es unilateral
En este último grupo, según destaca Fernández, las personas “no hacen nada dañino, nada hiriente ni destructivo hacia el otro, pero simplemente se dejan querer”. Así, su esfuerzo por el vínculo no es tan acusado. Esto, lejos de generar un conflicto, se instaura muchas veces en dinámicas relacionales “que nacen de heridas no resueltas”.
Sin embargo, puede llegarse al desgaste, especialmente cuando el sacrificio por una de las dos partes se convierte en la base del vínculo. El problema reside en que quienes se encargan de tirar más fuerte de la relación suelen sentirse cómodos al principio. Esto se debe a la manera en la que han aprendido que deben recibir cariño o que solo son merecedores de él cuando son “útiles”.
“Confunden el amor con sentirse necesitados. Eso probablemente viene de patrones, de la infancia, de figuras, de referencia... Como si nuestro valor estuviera en cuidar, sostener, esforzarnos o arreglar”, apunta Fernández. De esta forma, la identidad afectiva se construye alrededor del dar constante, relegando las propias necesidades a un segundo plano. “Empezamos a vivir desde un lugar en el que el otro siempre va primero”.
Las consecuencias, sin embargo, acaban apareciendo. “¿Esto normalmente qué va a ocasionar? Que esa persona se sienta siempre insatisfecha porque va a sentir que da muchísimo y que el otro no da absolutamente nada”. El desequilibrio se hace estructural: “El otro nunca llega a darle lo que necesita porque esa persona vive el amor desde el ‘que me necesiten a mí’”.
Por este motivo, la psicóloga plantea un cambio de mirada: “Es muy importante, en vez de preguntarnos por qué el otro no ve todo lo que hago por él, por qué el otro no me da lo que yo doy, mirar hacia adentro y preguntarnos ‘¿qué necesito yo?’, ‘¿yo estoy recibiendo lo que necesito?’, ‘¿qué me sostiene a mí?’”.
La reflexión final, según destaca la psicóloga, “es clara y contundente”: “No tienes que salvar a nadie para merecer amor”. El aprendizaje pasa por redefinir el vínculo desde un lugar más sano: “Mereces vínculos donde tú seas elegida, cuidada, escuchada y priorizada. Quizás el trabajo ya no esté en hacer más por otros para que lo valoren y me quieran, sino hacer cada vez más por mí para valorarme y quererme yo”.
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