
Si se habla de potencial biológico, los seres humanos siempre han tenido más o menos la misma fecha de caducidad. La idea de que, en la antigüedad, las personas serían ya “ancianas” sobre los 30 años es fruto de una mala interpretación de las estadísticas. Realmente, no es que los cuerpos se degradasen antes, sino que las muertes durante la infancia, por enfermedades, por sufrir accidentes sin tener la posibilidad de tratar los daños, o incluso el hambre repercuten directamente en el cálculo de la esperanza de vida, que es, en realidad, un promedio. Por ejemplo: si se tuviesen dos hijos y uno muriese antes de su primer cumpleaños y el otro a los 70 años, la esperanza de vida sería de 35.
La mortalidad es un “fenómeno” que ha generado obsesión a lo largo de toda la historia de la humanidad. Claro, tener el conocimiento de que se existe y de que, inevitablemente, llegará el día en que se deje de hacerlo es, comprensiblemente, un caldo de cultivo para el surgimiento de un miedo existencial. Como tal, quien no lograse reconciliar el hecho de su propio fin venidero podría acabar por embarcarse en una búsqueda inconsecuente del secreto de la vida eterna.
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Siempre ha sido así: la mención más antigua de la piedra filosofal - una sustancia alquímica legendaria con el poder de transformar metales básicos en oro y conceder la inmortalidad - data del año 300 a.C., aunque algunos escritores alquímicos afirmaban que se remontaba al Edén. Lo que está claro es que parece que el tratar de alargar la vida lo máximo posible ha sido una preocupación humana desde hace mucho, mucho tiempo.

La aproximación de Valter Longo a la “vida eterna”
En los últimos tiempos, la búsqueda de la inmortalidad ha tomado una aproximación más científica: desde cambios en los hábitos de alimentación y de actividad física a prácticas cuestionables como inyectarse en el cuerpo un litro de la sangre de tu propio hijo.
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Hay investigaciones, sin embargo, que tienen bases más sólidas: Valter Longo es profesor de Biogerontología y director del Insitituto de la Longevidad de la Universidad del Sur de California, más conocida como la Escuela Leonard Davis de Gerontología de Los Ángeles. La gerontología es la ciencia encargada de estudiar la salud, la psicología y la integración social y económica de las personas que se encuentran en la vejez. En otras palabras, entonces, Valter Longo es un experto en el estudio de los factores biológicos que provocan el envejecimiento de las personas, lo que lo convierte en una verdadera autoridad sobre el tema.
Según contaba en una entrevista para Il Corriere della Sera, la “longevidad” es un área de estudio que ha ido ganando interés en los últimos años. En los 90 no había apenas, hasta el punto que él mismo solía evitar revelar su campo. Hoy en día habla abiertamente de su investigación de la longevidad: “Es decir, cómo se puede vivir más tiempo de forma saludable, en cuerpo y mente. Porque realmente es posible”.
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“Vivir más y mejor es una realidad siempre que se sigan unas reglas”
Según Longo, la alimentación es clave: comer de forma adecuada y en momentos determinados del día puede ayudar a controlar los procesos fisiológicos, como descubrió «a través de años de estudios sobre diferentes temas: primero bacterias, luego levaduras, seguidas de ratones y finalmente humanos. Las levaduras iluminan. Gracias a una mezcla de mutaciones genéticas y ayuno, logré alargar su vida diez veces. Pensé: estamos en el punto de inflexión”.
No es una dieta “normal”. Debe variar, además, dependiendo del lugar del mundo en que se practique. Pone el ejemplo de Italia, donde, según Valter, “podría traducirse en una dieta pescatariana, pero con cambios importantes respecto a la dieta mediterránea”. En resumidas cuentas: se debe comer pescado al menos dos veces por semana, aunque evitando los de mayor tamaño porque, según explica, suelen contener mercurio.
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Muy importante también es el consumo de verduras, cuanta más variedad mejor pero siempre teniendo en cuenta la estacionalidad. ¡Ojo! Verdura, no fruta, que suele ser “muy azucarada”. También son buenas las legumbres, los cereales integrales, y el aceite de oliva. Además, el consumo de proteína debe ser bajo, de aproximadamente 0,8 gramos por cada kilo de peso corporal, aunque a partir de los 65 años se puede aumentar para no perder masa muscular. No sólo es importante lo que se come, sino que también hay que vigilar el cuándo: según Longo, lo ideal es desayunar sobre las 8 de la mañana, no comer durante 12 horas, y cenar a las 20 de la tarde.
Por tanto, se debe comer dos veces al día; reducir el consumo de productos de origen animal a favor de productos vegetales; consumir pocas proteínas; optar siempre por el aceite de oliva; reducir al mínimo el consumo de productos ricos en almidón (como pan o pasta) y en azúcares a favor de carbohidratos con un índice glucémico bajo; reducir a mínimos el consumo de grasas saturadas, hidrogenadas, y trans; comer pescado al menos dos veces a la semana; consumir frutos secos diariamente; y,además, evitar el sedentarismo en medida de lo posible, ya que el ejercicio físico también es esencial.
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