
Cuando uno está tocado por la varita mágica, puede llegar a sentirse invencible. Si ese aura especial rodea a un portero de fútbol, el equipo contrario ya puede ir olvidándose de prosperar a la hora de la verdad. En los últimos meses, es muy posible que Yassine Bounou, más conocido como Bono, haya tenido la sensación, en mayor o menor medida, de que no hay balón que se le resista. Sobre todo, en el momento más difícil al que se puede enfrentar un guardameta en un partido: los penaltis. Si vienen en tanda y no en solitario, el reto presenta aún mayor envergadura: ganar o perder lo definen 11 metros. Una distancia fetiche para el africano en la época reciente, pues ha conducido a la gloria primero a la selección de Marruecos y después al Sevilla precisamente por su idilio con las paradas de penas máximas.
Todo comenzó un 6 de diciembre de 2022 de infausto recuerdo para la selección española. En los octavos de final del Mundial de Catar, el combinado marroquí empezó a gestar el mayor hito de su historia futbolística. Lo hizo a costa de los hombres entonces dirigidos por Luis Enrique, que tuvieron que abandonar tierras árabes tras ser eliminados por el país vecino. Después de un 0-0 una vez disputados tiempo reglamentario y prórroga, el devenir de ambos equipos nacionales en el torneo tuvo que dirimirse desde el punto de penalti. En ese duelo solitario con el lanzador de turno, Bono se hizo gigante: detuvo dos de los tres intentos españoles para que Marruecos estuviese en cuartos de final (3-0 en penaltis).
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Aquella historia tuvo un desenlace inevitablemente feliz, ya que los Leones del Atlas concluyeron la Copa del Mundo en cuarta posición. No contento con su importancia capital en esa gesta, Bono decidió reeditar su protagonismo a nivel de clubes. Cinco meses después de ser uno de los héroes marroquís (qué duda cabe), disfrutó de idéntica condición en lo que respecta al Sevilla ante una cita tan trascendental como la final de la Europa League.

No hubo manera de que el electrónico superase el empate. Tras los 90 minutos del partido y los 30 de la prórroga, 1-1. Otra vez penaltis. Otra vez Bono. Otra vez, como en el Mundial, dos paradas. Con un título en juego, el marroquí volvió a hacer fácil lo difícil. Que se lo pregunten a Mancini y a Ibáñez, cuyos tiros no llegaron a buen puerto por gentileza del cancerbero del Sevilla. ¿Conclusión? Séptimo trofeo hispalense en la segunda competición europea (4-1 final en los penaltis) y nueva proeza del ahora dos veces ganador de la Europa League como sevillista. La estadística, no sólo por lo ocurrido en Catar, estaba de su lado: de los tres penaltis que tuvo que afrontar en LaLiga, Bono detuvo uno (33% de efectividad).
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MVP de la final
Que Bono está de dulce no es algo que sólo sea aplicable a los penaltis. Antes del desenlace, ya hizo méritos para convertirse en el futbolista más determinante del encuentro, con varias paradas de aúpa que galvanizaron a los suyos. En el minuto 12, Spinazzola no pudo batirle, en la que fue la ocasión más clara de la Roma durante la primera mitad. Ya en la segunda, le sacó un balón milagroso a Abraham en el 67. No contento con eso, paró con los dedos otra pelota con perfume de gol en una falta envenenada de Belotti.
Con el añadido de sus acciones clave en los penaltis, la UEFA lo tuvo claro: el mejor jugador de la final había sido Bono. En un año de “muchas emociones”, como él mismo reconoció, las cosas siguen yéndole extremadamente bien al jugador nacido en Montreal. El vínculo con España sigue dándole unos réditos descomunales: no ha conocido otro fútbol desde que salió del Wydad de Casablanca (con el que fue campeón de su país) en 2012.

El Atlético de Madrid le dio una Liga y una Supercopa de España en 2014, con paradas en Zaragoza (cedido por el Atleti) y Girona antes de afincarse definitivamente en Sevilla. Allí, Bono ha conseguido reinar en Europa y, sobre todo, consolidarse como un portero de renombre. A sus 32 años, lo ha conseguido sin hacer ruido, ganándose el puesto de titular (tanto en el Sevilla como en el Girona empezó como suplente) y, a diferencia de su tocayo irlandés, sin cantar. Todo lo contrario.
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