Entre anécdotas de rodaje, Emilia Clarke reveló en una entrevista con el pódcast Dear Chelsea cómo la vulnerabilidad que experimentó tras sufrir dos hemorragias cerebrales se transformó en un impulso para explorar nuevos métodos y redefinir la autenticidad en su proceso creativo.
Durante una gira de prensa en Nueva York, Clarke recordó el doble desafío que marcó su vida: alcanzar la fama mundial interpretando a Daenerys Targaryen en Game of Thrones y sobrevivir, sin secuelas graves, a esos episodios que pusieron en riesgo su salud.
“Hoy es el primer día, a ver cómo va”, expresó Clarke desde su habitación de hotel en Nueva York, al inicio de la entrevista. Entre risas, agradeció los saludos por su nombre completo y, con ironía, comentó que sus padres eligieron varios nombres “para comprobar si mi memoria sigue intacta”.
El impacto de las hemorragias cerebrales

La conversación adquirió otra dimensión cuando rememoró el episodio que cambió su vida. “Después de la primera temporada de Game of Thrones, la fama, el trabajo con lo que amaba… Terminamos de rodar y, en febrero del año siguiente, tuve mi primera hemorragia cerebral. Estaba en el gimnasio y fue un gran impacto. Me llevaron al hospital y me salvaron la vida”, recordó.
La recuperación fue “inexistente” y sin espacio para el reposo. “No tenía tiempo”, señaló Clarke. Estuvo tres semanas hospitalizada y no se informó a la productora hasta garantizar su estabilidad.
“Intentaba librarme de los cables porque quería volver a trabajar. Decía: ‘tengo que volver al trabajo, ¿qué hacen?’”, reveló. Apenas seis semanas después, afrontó su primera gira de prensa, todavía bajo los efectos de la morfina: “Fue súper intenso, pero tener Game of Thrones y ese trabajo fue lo que me sacó adelante”.

El desafío se repitió con una segunda hemorragia cerebral, esta vez tras un procedimiento médico fallido. “La segunda vez fue peor. Me hablaron los creadores, David y Dan. Fue un procedimiento que salió mal y resultó en una hemorragia mayor. Tuvieron que abrirme la cabeza, tengo una cicatriz grande”, relató.
Sobre el origen de estos episodios, explicó: “Nací con una debilidad en las arterias, es hereditario. Si tuviera un hijo, querría hacerle una resonancia de inmediato para comprobarlo”.
En cuanto a prevención, Clarke reconoció que las posibilidades son limitadas: “No tomes drogas, no hagas cosas que suben la presión arterial. Pero básicamente es eso: no trabajar demasiado”.

Asimismo, se reconoció como una excepción estadística. “Me hacen resonancias todos los años, estoy en el 0,001% de personas que sobreviven a lo que tuve sin repercusiones reales, sin secuelas importantes”, destacó.
El motor de Game of Thrones y el arte de reinventarse
“Tener Game of Thrones fue lo que me sacó adelante. Fue el motor”, afirmó Clarke. También, subrayó la exigencia durante el rodaje: “Salí de la escuela de teatro y tuve que aprender a manejar el pánico y la presión. No entendía el papel del asistente de dirección, me escondía entre autos para prepararme, me superaba el miedo escénico”.
Esa tensión la llevó a crear estrategias propias en los ensayos y el set. “Si hacía yo misma las pruebas de luces, tenía tiempo a solas para prepararme. Pero después entendí que no podía mantener ese ritmo. La energía hay que gestionarla; hago mucha preparación antes, releo el guion una y otra vez para llegar lista y así poder relajarme y disfrutar con los compañeros”, contó.

Con el tiempo, su método evolucionó. “Ahora me dejo guiar por la intuición. Estoy muy lejos del método. Necesito sentirme segura en el set, conocer bien al equipo. A veces actuar es algo embarazoso; puedes rodar una escena íntima y enseguida conversar de forma natural con quien está a tu lado”, dijo.
La evolución de Daenerys, de la timidez a la determinación, reflejó el crecimiento personal de Clarke ante las cámaras. “Crecí con el personaje. Al principio, en los rodajes de caballos era un desastre, me caí de todos los caballos. Gracias a los dragones, permitieron que me subiera a un montaje mecánico", manifestó.
Y agregó: “Para las escenas volando en dragón, era como estar sobre un caparazón de tortuga gigante en un hangar, todo hidráulico, con partes móviles. Aprendí a simular el vuelo solo con intuición y mucha imaginación”.
Fama, autenticidad y nuevos significados

El trabajo en el set, repleto de desafíos técnicos y humor, exigió creatividad constante: “Miraba una pelota de tenis sostenida por tres personas, y tenía que imaginar que era un dragón. Era agotador, pero también muy divertido”.
En cuanto al reconocimiento, Clarke admitió que la fama la sorprendió. “Como no era rubia, durante varias temporadas ni me reconocían. Caminaba con Kit Harington y me pedían que le tomara la foto a él. Cuando finalmente la gente me identificó, fue un auténtico shock. Me gusta conversar y conocer personas, pero la fama me impedía conectar como antes. Llegué a tener ataques de pánico; dejar de poder hablar con libertad me molestó mucho”, describió la actriz.
Y fue más allá sobre la fama: “Siempre digo que es vapor; no puedes sujetarla. Un día te lo da, al siguiente te lo quita. No es real. Los jóvenes aspiran a ella creyendo que ese es el éxito, pero no lo es. El éxito, para mí, significa otra cosa. Hay partes del trayecto que son mucho más importantes que el resultado; a veces, las experiencias en el camino son lo esencial”.
Reflexión y perspectiva tras la adversidad
Ante el miedo y la autopercepción, Clarke fue directa: “Las mismas sensaciones de nervios son energía lista para usarse como impulso. No se trata de no tener miedo, sino de canalizarlo como entusiasmo. A veces tanta preocupación puede ser abrumadora, pero al final está ligada a cuánto me importa lo que hago”.
Con honestidad, subrayó la importancia de preservar espacios propios, incluso estando en pareja. “Conviene seguir haciendo las cosas que amabas de tu etapa en solitario: ir sola al cine, leer, tener tiempo propio, aunque estés enamorada”, contó.
La historia de Emilia Clarke es poco común. Recuperarse físicamente y reconstruir su carrera tras dos hemorragias cerebrales le brindó perspectiva: pocas personas continúan sin secuelas notables.
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