“Me di cuenta de que no podía oír a nadie”, recordó Sara Mearns, bailarina principal del New York City Ballet, sobre la revelación que marcó un antes y un después en su vida. Se encontraba en la cima de su carrera cuando la pérdida auditiva irrumpió de manera inesperada.
Además, aspectos que distinguen sus interpretaciones, como la musicalidad y la autoexigencia, fueron puestos a prueba por una dificultad que desafió tanto su talento artístico como su fortaleza, según relató en una charla con People.

Infancia y vocación con la danza
Desde pequeña, la única obsesión de Mearns era el baile. “A los 12 años llegué a Nueva York y ese era el objetivo: estar en ese escenario”, recordó. Las largas horas en el estudio, las marcas de tiza en el piso y el esfuerzo diario para alcanzar el nivel de las mejores marcaron su infancia y la vocación inquebrantable que la define.
Sobre su pasión, también confesó: “Nada más existía en mi vida. La verdad, todavía es así”. Durante sus años iniciales, el desafío del perfeccionismo se hizo presente constantemente. “Siempre fui la última de la clase, pero eso me empujaba a preguntar hasta dónde podía llegar”, contó.
Esta autoexigencia construyó su vínculo con la música y el escenario. “Siempre me reconocieron como una bailarina muy musical. Estudiaba la música que bailaba. La escuchaba en el Philharmonic o en Carnegie Hall, porque sin esa música no puedo hacer lo que hago”, explicó.
Primeros indicios del problema auditivo
La primera señal de alerta llegó en 2014 durante un ensayo de Carnaval en Brasil, dentro de un gimnasio de metal repleto de percusionistas. “Cuando salí, no pude escuchar nada durante días”, relató. Aquel episodio fue el inicio de síntomas difíciles de identificar en ese momento.
Con el paso del tiempo, comenzó a notar que no captaba las voces de sus compañeros ni los matices de la orquesta. Con respecto a eso, recordó: “Me estaba perdiendo las conversaciones a mi alrededor. Incluso los músicos y mis parejas de baile tenían que hacerme señales cuando no podía escuchar”.

Impacto profesional y emocional
La acumulación de obstáculos la llevó a un aislamiento profundo y a una crisis emocional. “Estaba completamente hundida. No quería ir al estudio. No quería actuar. Iba llorando al trabajo cada día”, describió.
Experimentó una desconexión cada vez mayor de su entorno de trabajo y de la vida grupal. La generalización del uso de mascarillas durante la pandemia agravó el aislamiento, pues la imposibilidad de leer los labios y la dificultad para oír sonidos cotidianos aumentaron su soledad.
“Cuando estás pasando por esto, parece imposible, incluida mi pérdida de audición. No ves la luz al final del túnel”, confesó. Aunque estaba en la cúspide de su carrera, la frustración le impedía disfrutar lo alcanzado.
“Me preguntaba por qué no me sentía agradecida, por qué no era feliz haciendo esto si había trabajado toda mi vida para llegar aquí. Me hundí aún más en la soledad”, compartió. Hizo hincapié en la “espiral descendente” en la que se vio envuelta y en la dificultad de aceptar que necesitaba ayuda.

Proceso de diagnóstico y ayuda
El cambio fue repentino una mañana en Central Park. Sobre ese momento, relató: “Estaba sentada en un banco y me di cuenta de que nadie más lo iba a resolver por mí. Tenía que tomar el teléfono y pedir ayuda”. La decisión de buscar asistencia la llevó a la audióloga Marta Gielarowiec, quien confirmó el diagnóstico de pérdida auditiva neural en 2020.
Durante la adaptación, la bailarina atravesó la incertidumbre: “¿Cuánto mejorará? ¿Voy a recuperar la audición completa? ¿Podré siquiera bailar con los audífonos puestos?”. Afrontó el temor de aceptar que había algo en su vida que no funcionaba como esperaba.
“Fue muy emotivo para mí, porque tuve que afrontar que había algo que no iba bien. Cuando mi audióloga y yo elegimos estos audífonos Phonak, pensé que era especial que existiera algo así para alguien como yo”, remarcó.

Adaptación y superación en el escenario
El regreso a la música fue inmediato y emocionante. “Como intérprete, los audífonos me han devuelto parte de mi vida”, afirmó. La reacción espontánea al volver a oír sonidos cotidianos la sorprendió: “Empecé a oír cosas fuera de la ventana y pensaba: ‘¿Qué es eso?’. No las había escuchado en años”.
“Mi mundo entero se abrió de golpe”, recordó. Subirse al escenario y percibir cada instrumento con claridad resultó abrumador: “Empecé a llorar en escena porque, por fin, podía oír la fuerza de cada instrumento”.
La funcionalidad de los audífonos fue puesta a prueba en los ensayos y funciones. Mearns relató el momento en que, por primera vez, ejecutó correctamente un paso que siempre le resultó complicado. “La directora de repertorio volvió y me dijo: ‘¡Lo lograste!’. Y yo le respondí: ‘¡Lo sé! Ahora escucho todo perfectamente’. Esa vez no fallé el conteo”, reveló.

Reflexiones sobre perfeccionismo, resiliencia y empatía
La carrera de Sara Mearns está marcada por el perfeccionismo y el aprendizaje del error. “Tienes que fracasar. El fracaso es parte del proceso”, sostuvo. Habló de la inspiración que representa para ella la bailarina Natalia Makárova, cuya humanidad en escena le enseñó la importancia de la paciencia y la autenticidad.
En este proceso, la artista de 40 años aprendió a acompañar a otros y brindar empatía. Al compartir su vivencia públicamente, recibió mensajes de personas que habían pospuesto la búsqueda de ayuda por temor o vergüenza. Actualmente reconoce que su experiencia sirve de referencia para jóvenes con discapacidad en las artes escénicas, generando espacios de inclusión y esperanza en el ballet.
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