
La noticia de que un grupo de cinco personas murieron en el fondo del oceano durante un viaje turístico a los restos del Titanic, ha hecho que la gente recuerde el enorme peligro que supone sumergirse a las profundidades marinas. También ha hecho recordar la gran proeza que el director James Cameron llevó a cabo en el año 2012, convirtiéndose en la primera persona (al menos de manera individual) que más lejos ha bajado hacia al abismo marino.
En 1997, Cameron había tocado el techo del mundo después de haber lanzado su aclamada cinta Titanic, la cual, le consiguió un total de 11 estatuillas en tan sólo una noche de los premios Oscar. Sumado a esto, Titanic fue por muchos años la película más taquillera de la historia hasta que su hermana en espíritu, Avatar, le arrebató el podio. Parecía que el director había encontrado la fórmula del éxito en el cine, pero eso no era suficiente para el canadiense.
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Mientras el cineasta se encontraba trabajando en las secuelas de Avatar, su sueño de explorar el lecho marino no le permitía descansar en paz. Pareciera, de hecho, que el cine ha sido un mero trabajo para Cameron, mientras que su verdadera pasión se encuentra en las profundidades del océano.
“No hago esta inmersión para descubrir criaturas fantásticas que me sirvan de inspiración para Avatar. En todo caso hago Avatar para conseguir más dinero y poder seguir con la exploración oceánica”, declaró en su momento.
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Fue así que comenzó los preparativos para sumergirse hasta donde ningún otro hombre lo había hecho. Lo primero que necesitaba era un vehículo que le permitiera hacer este viaje. ¿El problema? No existía ningún transporte civil que pudiera llevarlo hasta el abismo marino. La única solución fue crear su propio vehículo, para el cual tuvo que invertir una gran cantidad de dinero. Sin embargo, Cameron siempre tuvo pensado viajar en solitario, por lo que logró conseguir un gran descuento en comparación con los vehículos militares creados para estas profundidades.

Según el artista, su cápsulo no costó ni la décima parte del precio de los vehículos militares, mismos que rondan entre los 65 millones y 100 millones de dólares. Así, James tenía un problema menos que enfrentar.
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Cameron comenzó la construcción del batiscafo en 2005 y en secreto, reuniendo a un equipo especializado que garantizara el éxito de la misión. Lo primero que debían conseguir era crear un vehículo que pudiera aguantar ocho toneladas por pulgada cuadrada de presión.
El resultado fue el Deepsea Challenger, un sumergible de 7.5 metros de largo. La cabina de mando estaba hecha a partir de acero especial para cañones, el cual comienza a arder a los 825°C; esto en un esfuerzo para que resistiera la increíble presión de la fosa de Las Marianas.
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Siendo una zona tan profunda, la luz del sol no llega hasta este punto, por lo que Cameron tuvo que añadir 40 focos LED con la intención de “iluminar el fondo como si fuera un estadio”.
Por supuesto, el vehículo no podía llevar ventanillas de cristal por la presión; estas fueron sustituidas por acrílico óptico mucho más resistente; de esta forma, Cameron podría ver todo el paisaje desde la cabina de mando sin arriesgar su vida.
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Tras dos meses de inmersiones de prueba, Cameron estaba listo para ir directo a la Fosa de las Marianas. El equipo se enfrentó a varios problemas a lo largo del proyecto, pero sin duda, el reto más grande fue sobreponerse a la muerte de los cineastas Andrew Wright y Mike deGruy en un accidente de helicóptero.
Fue un momento complicado, pero ya habían llegado muy lejos y Cameron no tenía ninguna intención de detener este momento histórico.
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‘Hoy nos enfrentamos a un problema cuya respuesta no conocemos, pero nadie en el mundo puede resolverlo porque nadie se ha enfrentado a él antes. Cualquiera que sea la solución con la que demos, porque daremos con ella, se convertirá en una página del manual para la gente que venga detrás de nosotros”, llegó a decir el director tratando de subir la moral de un equipo que se encontró con varios contratiempos, pero que al final del día, lograron ver la luz (o la oscuridad).

El 26 de marzo de 2012, James Cameron se sumergió en el océano con destino al fondo de la Fosa de las Marianas. Un mar agitado lo esperaba, y aunque uno de los sistemas de seguridad falló, el cineasta no quiso esperar más y se sumergió sin mirar atrás. Previo a este viaje, Cameron ya había estado a altas profundidades, mismas que fueron registradas en documentales como Criaturas del abismo y El Secreto de la Atlántida.
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El cineasta nunca había llegado tan lejos. Bajó dos veces a curiosear el Titanic, a unos 4000 metros de profundidad. Sin embargo, por recomendación de un amigo, decidió ir más lejos y hacer una investigación más exhaustiva sobre la flora y fauna que pudiera encontrar en las profundidades.
Así narró Cameron su inmersión hacía el abismo Challenger, el punto más recóndito de la Fosa de las Marianas a casi 11 kilómetros de la superficie.
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“Madrugada en un mar negro como el azabache. Mi sumergible, el Deepsea Challenger da bandazos y sacudidas a merced de las enormes olas del Pacífico. En solo 35 minutos supero la profundidad a la que yace el Titanic (...). Entonces (en 1995) me pareció que el Titanic se hallaba a una profundidad inconcebible y que descender hasta él era una aventura tan asombrosa como viajar a la Luna. Ahora, al dejar atrás esa profundidad, hago un gesto desenfadado con la mano. Un cuarto de hora después rebaso los 4 760 metros, la profundidad del acorazado Bismarck (...) Si el casco del Deepsea Challenger no resiste, ni me enteraré. Será un fundido en negro. Pero esto no sucederá. Para algo invertimos tres años en diseñar, forjar y mecanizar esta esfera de acero”.

A las 7:52 am del 26 de marzo de 2012, James Cameron ya se encontraba en el abismo Challenger, donde con la ayuda de brazos mecánicos logró recoger una gran cantidad de materia orgánica que resultaron ser microbios y bacterias nunca antes vistas por el ojo humano.
Cameron llegó a contar que tuvo un momento de profunda reflexión estando en ese lugar tan recóndito de la Tierra, tan lejos de cualquier ser humano. Sin embargo, una llamada desde la superficie lo regresó a la realidad, su esposa Lizzy Calvert.

“Aquí estoy, en el lugar más remoto del planeta Tierra, al que ha costado tanto tiempo, energía y tecnología llegar, y me siento como el ser humano más solitario del planeta, completamente aislado de la humanidad, sin posibilidad de rescate en un lugar que ningún ojo humano ha visto jamás. Y mi mujer me llama. Lo cual, por supuesto, fue muy dulce”.
Cameron alcanzó ese día los 10,908 metros de profundidad, sólo superado por el batiscafo Trieste que en 1960 llegó a los 10,991.84 metros. Una experiencia única para el cineasta que en repetidas ocasiones se ha pronunciado afortunado, además de que ha reiterado su deseo de regresar a las profundidades, pero primero, tiene una prioridad: ver en el cine toda la saga de Avatar.

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