
Este 22 de abril de 2026, se celebra el Día Internacional de la Madre Tierra, en este contexto, la situación de las mujeres campesinas cobra una actualidad aún mayor, recordando a gobiernos y sociedades la importancia de fortalecer un enfoque ambiental equitativo.
El acceso de las mujeres rurales a la tierra en El Salvador sigue marcado por diferentes obstáculos que condicionan el trabajo agrícola femenino, limitan la autonomía económica y social de quienes viven en el campo.
A diario, las jornadas de miles de mujeres comienzan antes del amanecer y se extienden hasta entrada la noche, combinando tareas domésticas, cuidado familiar y en menor medida labores directas en la producción agrícola.
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Entre las historias que ilustran esta realidad destaca la de Rosario Garcia, originaria de la zona rural de Santa Ana, una de las contadas mujeres que ha conseguido abrirse paso como productora de café en el país.
Su día habitual puede prolongarse hasta 16 horas, repartidas entre responsabilidades dentro del hogar y el trabajo agrícola en los cafetales. Esta doble carga revela no solo el esfuerzo físico que requiere el campo salvadoreño, sino también las condiciones estructurales que dificultan a las mujeres involucrarse en la producción y en la toma de decisiones sobre los recursos fundamentales, como la tierra.
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El testimonio de Rosario, recogido por la Fundación Nacional para el Desarrollo (FUNDE), aporta una dimensión concreta al desafío.
Consiguió concluir el bachillerato siendo adulta, un hito que, sumado a su habilidad para comunicarse, le abrió las puertas de la Asociación de Cafetaleros de El Salvador.
Participa activamente como representante de Santa Ana en las asambleas de la organización, pero relata que la tierra que trabaja, nueve manzanas en total junto a su esposo, no les pertenece en su totalidad: solo cuatro de ellas están debidamente escrituradas, mientras el resto enfrenta dificultades legales que impiden el pleno ejercicio de sus derechos de propiedad.
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El informe “La situación de las mujeres rurales en El Salvador”, publicado por FUNDE en 2025, subraya que solo el 10.3 %de los propietarios agropecuarios del país son mujeres y que muchas de las que trabajan el campo lo hacen sobre tierras ajenas, ya sean prestadas o alquiladas.
Esta situación genera una constante inseguridad para Rosario y otras productoras rurales, quienes no pueden planificar con certeza ni invertir a largo plazo bajo riesgo de perder su fuente de sustento.

Más de 39 mil mujeres trabajan la tierra sin contar con propiedad plena
Los datos de la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples (EHPM) ofrecen una dimensión precisa del fenómeno. Hasta 2025, El Salvador tenía aproximadamente 279,000 productores agropecuarios, de los cuales 40,000 son mujeres. De ellas, solo 10,000 ejercen la propiedad legal de la tierra que trabajan, mientras que otras 30,000 operan sobre parcelas arrendadas o prestadas.
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Esta disparidad impacta no solo en la seguridad alimentaria de las familias rurales, sino también en la capacidad de acceder a créditos agrícolas, asistencia técnica y autonomía en la toma de decisiones sobre los cultivos.
La mayoría de las trabajadoras rurales se dedica a cultivos de subsistencia, la crianza de aves, cerdos y la elaboración artesanal de alimentos, actividades que refuerzan la economía familiar, pero rara vez se traducen en estabilidad financiera o independencia patrimonial.

La propiedad de la tierra en manos de mujeres oscila, según la encuesta entre el 33 % y el 42 %, pero solo una de cada cinco parcelas bajo su nombre tiene como destino actividades agropecuarias. El resto de las superficies se emplea principalmente para vivienda, lo que pone de manifiesto la baja incidencia de la mujer como titular efectiva en la apropiación productiva del suelo.
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Rosario García: entre la incertidumbre legal y el empoderamiento agrícola
El proceso legal para garantizar el acceso pleno y seguro a la tierra ha avanzado poco desde los años ochenta, cuando el Estado impulsó políticas de reparto agrícola aunque no lograron revertir de manera significativa la estructura tradicional de tenencia, caracterizada por la preeminencia masculina y la transmisión patrimonial prioritaria a los hombres.
Rosario detalló: “La tierra que yo cultivo, mi marido la puso a nombre de mi hijo, pero soy yo quien la trabaja, quien anda en las reuniones y que busca proyectos que nos ayuden”.
Esta situación condensa una problemática estructural, la titularidad formal de la tierra suele recaer en los hombres, aunque en la práctica sean las mujeres quienes la trabajan, buscan aliados y gestionan proyectos para el mantenimiento y la mejora de los cultivos.
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Rosario tiene una hija que debido a la inestabilidad de los cultivos buscó trabajo en la zona capitalina, aunque esta situación no es del agrado de Rosario reconoce la necesidad de generar ingresos.

El sentimiento de orgullo y pertenencia que Rosario por su trabajo es un resultado directo de su esfuerzo sostenido. “El mundo del café me ha empoderado”, dijo a FUNDE.
Rosario ha trasladado sus aprendizajes a la comunidad. Participó en un diplomado de agricultura ecológica y comparte prácticas de elaboración de abonos orgánicos, integrando soluciones ambientales y productivas que buscan mejorar el rendimiento sin comprometer el entorno.
Para enfrentar la volatilidad de los precios y el riesgo de plagas tropicales, Rosario y su familia han promovido la diversificación en sus terrenos de café de sombra, incorporando frutales que aseguran el uso eficiente del suelo y contribuyen a la provisión de alimento cotidiano.
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En el contexto de la celebración internacional del Día de la Madre Tierra, la experiencia de Rosario García y de las miles de mujeres rurales interpela a la sociedad sobre la necesidad de políticas inclusivas y sostenibles que garanticen la propiedad efectiva de la tierra, el acceso al crédito, la asistencia técnica y la representación legal de las productoras en todos los ámbitos de la vida agrícola.
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