
La odisea de José Salvador Alvarenga comenzó con una tormenta inesperada en el Pacífico mexicano y lo llevó a convertirse en el náufrago salvadoreño que logró sobrevivir durante catorce meses a la deriva en el océano. Su travesía, documentada y analizada por medios internacionales, dejó huellas profundas tanto en su vida personal como en la percepción mundial de la resistencia humana.
En noviembre de 2012, Alvarenga partió desde las costas de México junto a Ezequiel Córdoba, un joven pescador de 24años que ocupó el lugar de su compañero habitual. Su embarcación de siete metros quedó a merced del mar tras una falla en el motor, y pronto ambos hombres se encontraron sin más recursos que una hielera de casi dos metros para preservar pesca y comida para un solo día.
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Las primeras jornadas fueron una lucha agotadora, Alvarenga relató los detalles en diferentes entrevistas: “Intentamos sobrevivir con lo que teníamos a bordo, pero muy pronto las provisiones se agotaron”, detalló a la prensa. La tormenta eliminó cualquier esperanza de ayuda rápida y forzó a los pescadores a depender de un sistema básico de recolección de agua de lluvia y de la captura manual de tortugas, gaviotas o peces.

La situación rápidamente enfermó a Ezequiel Córdoba, tras consumir carne de ave en mal estado. Durante varios días, Alvarenga trató de asistir a su compañero y le prometió “entregar su cuerpo a su madre en cuanto volviera a tierra”, según escribió después en su libro Salvador. Córdoba falleció tras cuatro semanas a la deriva. Alvarenga navegó seis días más con el cadáver hasta que, ante la descomposición, lo arrojó al mar.
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La soledad intensificó el desafío psicológico. “A los cinco días me entregué a Dios. Recé todos los días, no pensaba en nada más que en salir de ahí con vida”, admitió Salvador en conversación con los medios, describiendo el proceso íntimo y extremo al que se vio sometido. Enfrentó jornadas en las que solo pudo sobrevivir “bebiendo mi propia orina”, y en escenas aún más crudas, recurrió a la sangre de animales marinos para mantenerse hidratado.
El desenlace llegó el 30 de enero de 2014. Agotado, Alvarenga reconoció una franja de tierra en el horizonte. La lancha finalmente volcó y él llegó la costa. “Desperté y había dos mujeres a mi lado que hablaban en un idioma que no entendía”, describió más tarde el náufrago. Había llegado a las Islas Marshall, a más de diez mil kilómetros de donde partió.
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Su rescate generó una rápida identificación y el caso adquirió notoriedad internacional; sin embargo, el impacto de la experiencia no se limitó al plano personal ni al reconocimiento global. Alvarenga visitó a la madre de su compañero en México y meses después publicó un libro para narrar su experiencia.
A su regreso a El Salvador, Alvarenga debió enfrentó acusaciones formales de la familia de Ezequiel Córdoba, quienes lo demandaron por un millón de dólares en concepto de indemnización, alegando canibalismo durante la travesía. él insistió en negar los cargos y explicó: “Quería cumplir con la promesa de devolver el cuerpo, pero la descomposición me obligó a lanzarlo al mar”, expuso en Salvador.
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El abogado de Alvarenga, señaló en el juicio que la familia de Córdoba buscaba “lucrar con los derechos de autor” relacionados con el libro, señalando que el objetivo era obtener beneficios económicos de la tragedia.

La publicación de Salvador detalló de forma exhaustiva el drama vivido y las secuelas emocionales derivadas del naufragio. Alvarenga fue explícito sobre las marcas que persisten: “Aunque volví a mi país, sentía que todavía seguía a la deriva; desarrollé una fobia a las multitudes y tengo pesadillas constantes sobre el mar”, confesó en entrevistas recogidas por la prensa internacional.
A su regreso, las autoridades de El Salvador organizaron un recibimiento oficial y dispusieron controles médicos exhaustivos, tanto físicos como emocionales. Para su familia, el reencuentro supuso tanto alivio como necesidad de adaptación frente a un protagonista profundamente transformado por la experiencia.
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Hoy la historia de José Salvador Alvarenga se presenta como un emblema de la resistencia a la adversidad y la capacidad humana para sobrevivir en condiciones extremas.
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