
El alumno problema. La manzana podrida. “Todo cambió cuando él llegó a la clase”. El aula es el espacio esencial para la enseñanza y el aprendizaje, pero —lo hemos entendimos bien en la pandemia— es el lugar donde se aprende a vivir, a con-vivir. Y la convivencia implica conflictos.
Horacio Cárdenas, con largos años de experiencia como docente de primaria en una escuela pública de Lugano, acaba de publicar el ensayo Los chicos toman la palabra: “un ensamble de relatos y reflexiones”, dice en la introducción, “nacidos en las aulas alrededor de una dinámica sencilla y honda a la vez: la asamblea de grado, consejo de aula o ronda de intercambio”. El libro sale por la editorial Siglo XXI, en la colección Educación que aprende, dirigida por Melina Furman.
Las asambleas tienen por objetivo reconocer el malestar en el aula para identificar qué lo produce —de qué es emergente—, y, sobre todo, cómo los propios chicos son los pueden ayudar a resolverlo o, por lo pronto, encontrar un sosiego. Esto gracias a un hecho clave, como es el de darles la voz. Que puedan hablar, que se los escuche, que se los reconozca. “La asamblea de aula expresa una manera de trabajar la convivencia escolar”, dice Cárdenas, “y, al mismo tiempo, reconocer el mundo, una forma de aprender mucho más profunda que la simple disposición geométrica de las sillas”.
En la profusa cantidad de ejemplos que Cárdenas incluye en el libro se ve cómo la raíz de los conflictos está en la imposibilidad que tienen los estudiantes para decir y decirse. Dylan tiene actitudes de violencia en el recreo (porque la madre se desentiende de él todo lo que puede); Tiziano desafía a la autoridad y boicotea las clases (porque su padre está preso y él tiene miedo de que ese sea su mismo destino); Ignacio tomó de punto a Facundo (porque él siente que sus compañeros no lo quieren ni respetan). En las asambleas se da una suerte de tridente que toma la forma de problema–causa–solución, y muchas veces se ve cómo se pasa de las recriminaciones —”de un vertiginoso pase de facturas”— al intento por llegar a consensos que den respuesta a los problemas —”van pronto a la búsqueda de soluciones”—.

Para qué sirve una asamblea
¿La utilidad de las asambleas es únicamente la de calmar la violencia e imponer la disciplina? ¿Sólo sirven cuando los chicos se llevan mal? El motivo principal de la asamblea es reflexionar sobre estar con otros en la escuela.
“Las asambleas”, escribe Cárdenas, “sirven, en principio, para desarrollar el ejercicio de la palabra, derecho tan vapuleado. Hablando se aprende a hablar, pero no simplemente cotorreando, soltando barullo de fondo. Se aprende a hablar si se habla para los demás, diciendo para ser escuchado, conversando para convencer, para averiguar, para felicitar, para conmover. Se aprende a hablar en el desafío de encontrar las palabras que agiten, que hurguen, que sostengan o inviten a los otros”.
Una asamblea con horario semanal o quincenal fijo ayuda a organizar el diálogo. “Prevenimos sobre los riesgos de caer en la canilla de angustias, de revolver la tiniebla, de exacerbar los fastidios”. Las rondas y asambleas no son grupos de catarsis ni de autoayuda, porque se dan en torno a un grupo de trabajo que se ayuda: las asambleas sirven para pensar aquellas cosas que nos hacen sentir cuidados.
Así, en otro de los ejemplos, los chicos no hablan de una situación puntual que provoca un conflicto, sino que, a partir de una dinámica de ciencias naturales que se trabajó en el aula —el sistema solar y la idea de vida extraterrestre— exploran cuestiones asociadas a mitos, creencias populares y leyendas urbanas. La asamblea los ayuda a hablar de sus miedos, fantasías, prejuicios, estereotipos, temores. El espíritu de Paulo Freire atraviesa como un patriarca el libro de Cárdenas.
El rol del docente
El educador colombiano Santiago Rincón Gallardo dice que uno de los grandes problemas de la educación tradicional es que impone un sistema de obediencia y delegación de la autoridad. Es el docente quien determina qué es verdadero, qué es bueno, qué es bello; el estudiante termina entrenándose en ser alumno. “Aprender es una práctica de libertad, pero la escolarización puede ser un vehículo de control”, dice Rincón Gallardo en el ensayo “Innovación educativa para el mundo que viene”.
Las asambleas, entendidas desde el punto de vista de Cárdenas, son una manera complementaria de entender el objetivo de autonomía y libertad que persigue Rincón Gallardo. Una ronda donde todos —incluyendo al maestro— están a la misma distancia. Pero el rol del docente, como todo lo que sucede en la escuela, es crucial.
“En la asamblea la maestra habla poco y lo preciso”, dice Cárdenas. “Se sale del centro. Se aparta del mostrador de reclamos y arbitrajes, clásica función del folklore escolar”. El docente debe preocuparse por no reservar para sí el estatuto tradicional de la autoridad. “No sirve pontificar con decálogos de falso reglamento; no funciona imponer el disimulo de las miserias y la imposición de las virtudes”. El maestro no es un mediador “porque no está más allá del grupo”, no es un líder ni un coach.
Pero entonces: ¡qué hace! “La maestra”, dice Cárdenas, “puede retomar al inicio las ideas de la asamblea pasada, como calandria de memoria grupal; luego callar, esperando, devolviendo silencios que convidan a profundizar (el silencio también es, claro está, una intervención). Puede después insistir con la mirada, secreta impaciencia; promover otras voces, promover otros temas; aportar seriamente datos o información imprescindible; a veces pedir ejemplos, explicaciones, reformulaciones o invitar a seguir pensando”.
En el prólogo de Los chicos toman la palabra, el académico Isabelino Siede se pregunta si alguien elige la docencia para dejar que el mundo siga funcionando tal cual a como lo hace. El libro de Cárdenas es un valioso recordatorio para que cualquier docente que entra en el aula, lo haga con esa pregunta en la mente.
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