
La reciente difusión de las estadísticas oficiales sobre las condiciones de vida en la Argentina ha devuelto al centro de la escena una controversia técnica que trasciende los despachos oficiales. Los informes publicados por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) reflejaron una mejora en los indicadores sociales hacia el cierre de 2025, pero la magnitud de esa recuperación y la metodología utilizada para captar los datos de ingresos han generado debate entre los especialistas.
Algunos estudios privados sospechan de un “espejismo estadístico” provocado por fallas en la recolección de datos en hogares, otros defienden la tendencia y atribuyen la mejora a factores estructurales como la desaceleración de la inflación y cambios en la política asistencial.
Para delimitar el núcleo del debate, es necesario repasar cuáles son los datos cuestionados. Según el último informe del Indec, la pobreza en Argentina registró una nueva baja, situándose en 28,2% de la población durante el segundo semestre de 2025. Esta proporción implica que 13,5 millones de personas se ven afectadas, pero muestra una reducción de 9,9 puntos porcentuales respecto al mismo período de 2024. Además, sugiere que 11,4 millones de personas dejaron de ser pobres desde el pico alcanzado en los primeros meses de gobierno de Javier Milei.
En esa dinámica, la indigencia -personas cuyos ingresos no alcanzan para cubrir el valor de la Canasta Básica de Alimentos- se ubicó en 6,6% de la población, lo que implica una mejora de 5,5 millones de personas respecto a la primera mitad de 2024.

En términos de distribución, el organismo informó que, al cuarto trimestre de 2025, el ingreso promedio de los asalariados con descuento jubilatorio ascendió a $1.321.353, lo que representó un incremento interanual del 42,7%, un valor que quedó claramente por encima de la inflación oficial, que fue de 31,5% en 2025. Estos datos configuran un panorama de recuperación del poder adquisitivo, especialmente en el sector formal, que es precisamente el punto donde se origina la mayor parte de las dudas técnicas.
El origen de la polémica y el desacuerdo en torno a la EPH
El debate no gira en torno a si la situación social mejoró o empeoró, sino a si los instrumentos de medición -específicamente la Encuesta Permanente de Hogares (EPH)- están reflejando con precisión los hechos. Diversos especialistas sostienen que los datos de ingresos declarados por los ciudadanos ante el encuestador aparecen “inflados”.
Desde la consultora Equilibra plantean que “hay evidencia empírica contundente de que los fuertes cambios en la captación de ingresos de la EPH exageraron la baja reciente de la pobreza”. El argumento central reside en una inconsistencia: mientras que la EPH muestra un aumento del ingreso asalariado formal del 43% interanual, otras fuentes oficiales de registro -como el Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA) 32% o la serie de Remuneración Imponible Promedio de los Trabajadores Estables (Ripte) 37%- exhiben subas menores.
Lorenzo Sigaut Gravina, economista de Equilibra, destaca que el incremento captado por el Índice de Salarios formal se ubica varios puntos porcentuales por debajo de lo que arroja la encuesta en los hogares.
Su colega Gonzalo Carrera introduce una hipótesis psicológica y económica: la pérdida de “memoria nominal”. Según Carrera, durante los períodos de alta inflación, las personas pierden la noción de cuánto ganan realmente debido a los cambios constantes.
Carrera explica: “Con mayor estabilidad nominal desde fines de 2024 a la fecha, la tendencia parece haberse revertido incrementando más los ingresos autorreportados que los que salen de fuentes administrativas”.
Durante los períodos de alta inflación, las personas pierden la noción de cuánto ganan realmente debido a los cambios constantes (Carrera)
A este cuestionamiento se suma el Cedlas (Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales), que identifica tres áreas de riesgo:
- posible desfase temporal entre el momento en que se percibe el ingreso y el mes en que se valorizan las canastas;
- evolución del subreporte de ingresos; y
- necesidad de actualizar el Coeficiente de Engel -la relación entre gasto en alimentos y otros bienes- basándose en patrones de consumo más recientes de la Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares (ENGHo) 2017/2018.
Entre la cautela y los efectos concretos en los hogares
Frente a las críticas en torno a la medición oficial, otra corriente de economistas propone una perspectiva diferente. Si bien admiten que existen desafíos metodológicos, consideran que los cuestionamientos no invalidan la tendencia de fondo ni la integridad de las estadísticas del Indec.
Osvaldo Giordano, presidente del Ieral de Fundación Mediterránea, sostiene que las sospechas de manipulación carecen de fundamento actual, aunque admite que la interpretación de los datos suele carecer de matices: “Salir de la pobreza es positivo, pero no significa un cambio decisivo en la situación del hogar”, advierte, ejemplificando que un salto de pocos miles de pesos puede sacar estadísticamente a una familia de la pobreza, aunque en la práctica sólo represente un kilogramo más de alimento al día.
Para Giordano, exagerar la polémica metodológica desenfoca lo importante: el impacto de la desinflación. “La desinflación tiene un impacto potente en favor de reducir la pobreza”, afirma, debido a que los trabajadores informales -los más pobres- tienen menos herramientas para actualizar sus ingresos frente a la suba de precios que las grandes empresas.
El economista propone mejoras concretas para elevar la calidad de la información, como la publicación sistemática de la conciliación entre la EPH y registros administrativos por decil de ingreso, y la triangulación con las Cuentas Nacionales, emulando prácticas de organismos de México (INE) o Colombia (DANE).
Se debería incorporar la ENGHo 2017/2018 para recalibrar la expansión de la CBA a CBT, dado que la estructura de consumo de los hogares cambió (Giordano)
Sugiere, además, explicitar y documentar el desfase entre el mes de referencia de los ingresos y el mes de actualización de las canastas, porque en contextos de alta inflación incluso días de diferencia importan. Asimismo, plantea que se debería incorporar la ENGHo 2017/2018 para recalibrar la expansión de la CBA a CBT, dado que la estructura de consumo de los hogares cambió.
En una línea similar, Jorge Colina, presidente de Idesa, subraya que ninguna medición es una “verdad absoluta”, sino el resultado de una convención metodológica: “El valor que tiene cada metodología no está en su comparación con las otras, sino en la tendencia hacia el alza o baja que cada una muestre”.
Respecto a la desconfianza sobre el salario informal -que según el Indec creció por encima del 100% en el segundo semestre de 2025-, Colina explica que este sector partía de una base muy deprimida tras las pérdidas de 2022 y 2023, lo que justifica tasas de crecimiento inusualmente altas en la recuperación.

“Otro aspecto a tener en cuenta es la conformación de la Canasta Básica Total (CBT). Se critica que no refleja bien los patrones de consumos de los hogares pobres. Por eso, lo que estadísticamente surge como hogar no pobre, en la realidad puede ser pobre porque el patrón de consumo es diferente. Pero, otra vez, es una discusión de metodología de qué CBT elegir”, subrayó Colina.
El factor subjetivo y las limitaciones del sistema
La discusión técnica también alcanza la naturaleza misma de la recolección de datos. Nuria Susmel, economista senior de FIEL, aporta una perspectiva sobre las dificultades intrínsecas de las encuestas: “Pobreza es una definición nada más que permite comparar en el tiempo”, afirma, remarcando que el enfoque monetario que utiliza el Indec es solo una de las formas posibles de abordar el fenómeno, a diferencia de los enfoques multidimensionales que consideran salud, educación y vivienda.
El enfoque monetario que utiliza el Indec es solo una de las formas posibles de abordar el fenómeno, a diferencia de los enfoques multidimensionales que consideran salud, educación y vivienda (Susmel)
Susmel menciona que el Indec ha mejorado sus cuestionarios para captar mejor los ingresos no laborales (como asignaciones), pero advierte sobre los sesgos de quienes responden: “Siempre se dice que los de altos ingresos subdeclaran. Yo también creo que los de bajos ingresos muchas veces sobredeclaran por vergüenza”.
Además, la economista resalta un problema estructural: los sectores más ricos de la sociedad son prácticamente inaccesibles para los encuestadores del organismo, lo que distorsiona la pirámide de distribución, aunque aclara que, al ser un error histórico y constante, la serie sigue siendo útil para marcar la tendencia.

Sobre la brecha entre la EPH y los registros administrativos, Nuria Susmel admite que no hay una explicación clara. No obstante, coincide en que la mejora en la captación de ingresos iniciada a fines de 2024 permite que los datos actuales sean, al menos, comparables entre sí.
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