
En la reunión de esta tarde con Kristalina Georgieva, la directora gerente del Fondo Monetario, Javier Milei buscará asegurar la concreción y apurar los tiempos de un acuerdo con el organismo internacional, apalancado en buena medida por los resultados de su primer año de gestión, pero también por su afinidad y cercanía política con Donald Trump, quien asumirá mañana por segunda vez la presidencia de Estados Unidos, el principal accionista del Fondo.
De ese próximo acuerdo, que será el programa número 23 en el historial de relaciones entre el país y el organismo, el gobierno argentino pretende la provisión del mayor volumen posible de “fondos frescos”, para fortalecer las reservas del Banco Central y –eventualmente- acotar los riesgos de un levantamiento del cepo cambiario, aunque no es del todo seguro que incluso así adopte esa medida antes de las elecciones legislativas de fines de este año.
El dólar semi-fijo sigue siendo uno de los pilares de la política económica del gobierno y la decisión ya anunciada de reducir el deslizamiento (crawling peg) del precio oficial de la moneda norteamericana del 2 al 1% mensual a partir de febrero, muestra que no quiere prescindir de esa pata del trípode (las otras son las “anclas” fiscal y monetaria) con el que ha logrado reducir sustancialmente la inflación.
Logro mayor
La más reciente evidencia al respecto es el 0,8% de inflación mayorista del mes pasado, contra el 54% de variación del mismo índice en diciembre de 2023. Para el gobierno, ese logro puede valer incluso el 23% anual esperado de rendimiento del carry trade, la bicicleta financiera consistente en invertir en los mercados locales de dinero los pesos de la venta de una divisa cuya cotización pretende mantener a raya, mientras maduran las condiciones para una estabilidad que también se sustente en una posición más sólida de reservas, mientras el BCRA sigue comprando dólares en el MULC.

Tanto el staff como la gerencia del Fondo discrepan con la política económica oficial; prefieren una política cambiaria más flexible, que impida la apreciación del peso y el achicamiento de la cuenta corriente del balance de pagos, que en 2024 fue favorable gracias a un abultado saldo de la balanza comercial de bienes, pero podría achicarse mucho e incluso revertirse este año y requerir el constante apoyo del ingreso de capitales.
He ahí que ni EEUU, la economía más poderosa del mundo, puede dar por sentado ese apoyo para sí mismo, mucho menos para terceros países. Trump ganó por amplio margen la elección presidencial de noviembre pasado, tiene mayoría republicana en ambas cámaras, una sólida posición de gobernadores, mayoría cómoda de jueces conservadores en la Corte Suprema de Justicia y los observadores anticipan que descabezará a sus oponentes en agencias como la CIA, el FBI y en la cúpula de las Fuerzas Armadas norteamericanas. Es también probable que -al menos como posición inicial- confronte comercialmente con China, a la que considera la principal causante del déficit comercial norteamericano, casi igualmente enorme como el superávit chino, cercano a un billón (millón de millones) de dólares.
Poder intangible
Pero Trump debe cuidarse de un poder tan intangible como real: el del mercado de bonos. James Carville, un asesor político del entonces presidente Bill Clinton, dijo una vez que de chico soñaba con reencarnarse como presidente de EEUU, Papa o gran bateador de béisbol, pero de grande aprendió que -si se trata de poder- es mejor reencarnarse en el mercado de bonos. Pues bien: en los últimos 3 meses este hizo que el rendimiento de los bonos de 10 años del Tesoro de EEUU suba un entero punto porcentual, al 4,65% anual, algo que no está disociado del dólar fuerte y la presión que esto pone sobre los precios de las materias primas y otras monedas del mundo.
Por más recortes de impuestos y gastos y más aumentos de tarifas que proponga, Trump estará siempre condicionado por las respuestas del mercado de bonos: cuánto menos “apetito” tenga este por la deuda norteamericana, más interés exigirá por tener bonos del Tesoro y mayor será la carga sobre la deuda pública y la especulación contra la política económica del nuevo jefe de la Casa Blanca, mientras ésta no tuerza el sendero de aumento del endeudamiento y los costos que supone. De hecho, ese fue el epicentro de las preguntas que Scott Bessent, el candidato nominado por Trump para asumir como secretario del Tesoro, debió responder el jueves, en su audiencia ante el Senado norteamericano.

De la tasa de los bonos dependen cuestiones tan caras a la actividad económica como la valuación de las empresas en la bolsa (el índice S&P subió 27% en 2024), el crédito, el mercado inmobiliario y las cuentas de millones de familias que pagan hipotecas. Y también, por supuesto, las economías emergentes, incluida la argentina. El respingo de las tasas norteamericanas y las dudas de que la Fed retome la baja de las tasas de referencia no son ajenas a que en la semana que pasó el Merval cayera 10%, perdiendo toda la ganancia que llevaba en el mes, y el riesgo país volviera a superar por buen margen los 600 puntos.
El peso de la historia
Es dudoso que el FMI desdeñe este tipo de consideraciones. Como señaló Infobae, los funcionarios del organismo mantienen un contrapunto con Economía sobre las causas de la baja de la inflación, el ajuste fiscal, el rol del ancla cambiaria y la política monetaria. Lo han expresado, negro sobre blanco, en el reciente documento de Evaluación Ex Post del acuerdo de 2022, en el que volvieron a pedir un perfil de ajuste distinto, acceso a los mercados garantizado por la salida del cepo, tipo de cambio más flexible y hasta refuerzo de las partidas sociales.
Otro escollo a superar es el propio historial de relaciones bilaterales. Solo Pakistán (23) tiene con el FMI más acuerdos que la Argentina, que en 2025 será por octavo año consecutivo el mayor deudor del organismo y acumulará un total de 10 años en esa condición (otros dos ocurrieron en los ‘90s del siglo pasado), superando los 9 de México, si se tienen en cuenta los datos desde 1984 que publica el Fondo en su página en internet.
Es cierto, Milei contará desde este lunes con la ayuda de la Casa Blanca para llegar al trato más conveniente posible con el FMI. Pero Trump, Milei y el Fondo deberán estar siempre atentos a lo que diga el mercado de bonos.
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