
En la medida que sigue bajando el dólar, se achica la brecha cambiaria y desaparece el beneficio del “dólar blend” para los exportadores, la preocupación y el debate por el nivel del atraso cambiario se vuelve inagotable. El equipo económico que conduce Luis Caputo permanece completamente ajeno a la discusión, pero eso no hace que se acalle.
“Desde que anunciamos el crawling al 2% empezaron a decir que íbamos a tener que devaluar, que no iban a entrar dólares por el atraso y que el esquema no aguantaba. Pero acá estamos”, aseguran en Economía. En cada oportunidad que tienen, también, Caputo y sus colaboradores aclaran que las comparaciones, además de odiosas, son inexactas.
Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando se compara el tipo de cambio real (ajustado por inflación) de diferentes períodos.
Es lo que hizo en uno de sus últimos informes la consultora Empiria, del exministro de Economía, Hernán Lacunza, en el que se incluyó un gráfico comparativo del promedio del valor real del dólar bajo los distintos períodos presidenciales desde la Convertibilidad. El resultado arrojó que actualmente el dólar real se ubica en $1.012, algo por encima del promedio de la gestión del gobierno de Alberto Fernández, cuando se ubicó en $1.000 a precios de hoy, y de la gestión de su antecesor Mauricio Macri, cuando a pesar de las corridas cambiarias que enfrentó, el promedio arrojó $1.007. Junto con el actual, son los tres momentos de mayor atraso cambiario –al menos medido desde esta perspectiva– después del 1 a 1 y el fin del segundo gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.
Sin embargo, los contextos difieren, sino en todo, en mucho. La principal diferencia con todos los períodos anteriores es el superávit financiero. Esto es particularmente válido en la comparación con la Convertibilidad, ya que se plantea un esquema que se asume similar y al que se le adjudican las mismas falencias. “Ya sabemos cómo terminó”, es la frase que más se lee y escucha de boca de economistas críticos, tanto de quienes se ubican en las antípodas ideológicas de este Gobierno como de aquellos más cercanos a las ideas del libre mercado, pero que se han vuelto particularmente ácidos con la gestión económica actual, como Roberto Cachanosky o Carlos Rodríguez (quien supo participar del equipo de Roque Fernández en tiempos del peso convertible). La respuesta es precisamente esa: el gasto público excesivo y el déficit fueron los principales factores que hicieron estallar el tipo de cambio fijo.
Otra diferencia sustancial, ya no con la época del expresidente Carlos Menem, sino con sus sucesores, Cristina Kirchner, Macri y Alberto Fernández, es que las dinámicas son opuestas. La inflación se encuentra a la baja y, sobre todo, la brecha tiende a extinguirse más que a ampliarse. Se trata de dos puntos clave.
Particularmente para los exportadores, la convergencia de hecho del tipo de cambio cumple en la práctica con uno de sus principales reclamos: la unificación del tipo de cambio. Es decir, liquidan sus dólares al mismo tipo de cambio al que importan los insumos necesarios y eventualmente re dolarizarse. En alguna medida, la desaparición de la brecha cambiaria neutraliza el atraso del dólar respecto del resto de los precios de la economía.
La eliminación de impuestos, la agenda de desregulación, la reforma laboral y las mejoras en infraestructura son los otros pilares sine qua non para sostener el plan de un “dólar barato” que en el Gobierno ni se ocupan en desmentir. Por el contrario, Caputo advirtió una y otra vez que el proceso de apreciación cambiaria era inevitable en la medida que la economía argentina se estabilizara y retomara el crecimiento sostenido que perdió hace más de una década y todavía no queda claro si, finalmente, se podrá recuperar en los próximos años más allá del rebote esperado para 2025.
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