
El salto devaluatorio sin correlato en las cotizaciones financieras del dólar, ergo la fuerte caída de la brecha cambiaria que por primera vez en los últimos cuatro años cayó por debajo de 30%, es interpretado por propios y ajenos al Gobierno como un primer voto de confianza. El anuncio de fuerte ajuste fiscal, sobre el que el ministro Luis Caputo no se cansa de repetir que “es el corazón del programa económico”, logró sin dudas en las primeras jornadas aplacar las tensiones más urgentes. Sin embargo, persisten dudas y, sobre todo, riesgos.
El mayor de ellos es que, mientras se logra cierta estabilidad cambiaria tras el incremento del tipo de cambio oficial a $800, las expectativas inflacionarias se mantengan al alza. Los registros de este mes -que podrían llegar a 25% según estimaciones privadas- y también del resto del verano contribuirán a alimentar los temores. De hecho, las propias declaraciones públicas del presidente Javier Milei y Caputo parecieron convalidar el peor de los escenarios en el corto plazo, sin fecha para la baja. Mentir está mal pero decir toda la verdad todo el tiempo puede no estar tan bien.
De ahí que desde el Banco Central intentaron ayer a relativizar aquellas afirmaciones sobre rezagos monetarios y estanflación que dejaron instalada la idea de que la inflación se mantendrá alta por al menos el próximo año y medio. “Va a empezar a bajar antes”, intentaron aclarar, palabras más, palabras menos desde la autoridad monetaria.
En cualquier caso, la inflación (más) descontrolada es una amenaza latente. Una de las voces más claras en advertirlo fue la de Sergio Armella, ejecutivo de Goldman Sachs, quien alertó ayer a sus clientes en un informe. “Tras el anuncio de una devaluación del 54% del tipo de cambio oficial y un dato de inflación intermensual del 12,8% en noviembre, por encima de lo esperado, esperamos que las expectativas de inflación sigan subiendo en diciembre y en el segundo trimestre se mantengan sin anclaje”, vaticinó y reconoció que habilidad en la implementación de las medidas será la clave ya que el Gobierno “navega por aguas traicioneras”. Por caso, las aguas de la sostenibilidad cambiaria.
Caputo ya anticipó que, tras el salto del dólar cuyo precio definió de “overshooting”, es decir, un precio exagerado que deja un colchón para mantenerlo estable durante un tiempo, el ajuste hasta marzo sería de apenas 2% mensual. Eso con una inflación por encima de 20% al menos hasta febrero. De acuerdo a los siempre rápidos cálculos de los analistas en las redes, con la inflación proyectada para diciembre-febrero, el tipo de cambio real se reduciría hacia fin de año hacia el equivalente de $647, de $521 a fin de enero y de $426 hacia fin de febrero. Para esa fecha, la incertidumbre respecto de una nueva ronda de devaluación es obligada. Caputo negó ayer terminantemente esta posibilidad. “No va a haber una nueva devaluación”, prometió.
Pero lo cierto es que muchos creen que, en ese caso, la brecha cambiaria volverá a profundizarse. Otros, sin embargo, se preocupan menos por eso. “El precio del dólar financiero refleja más el exceso de pesos que la evolución del tipo de cambio real”, opinó Francisco Ballester, de la consultora MindY. De acuerdo a la agenda del equipo económico, una gran parte de ese exceso de pesos serían oportunamente licuados. Es lo que indica el manejo de las tasas de interés, que no sólo no subieron sino que bajaron en el caso de los Pases a 1 día. Pero nada de eso modifica el escenario de fondo: la aceleración de la inflación y su eventual encauce será determinante en el éxito del plan de medidas urgentes implementadas ayer. “Cuesta imaginar una inflación menor a 25% en promedio los próximos 2 meses”, proyectan en la consultora 1816 fundamentados en la suba del dólar para importar y la inflación reprimida del gobierno anterior que calcularon en 40%. “Si a eso le sumamos un componente inercial y el rol de las expectativas, es difícil saber dónde está el techo de la inflación mensual”, evaluaron.
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