
En su última semana en el Gobierno, Martín Guzmán cuidó su quintita: gracias a la ayuda del BCRA, que levantó sus pagarés, logró contener precariamente la crisis del mercado de bonos en pesos, que declaró “pilar” de su programa financiero y del acuerdo con el FMI, y también con el auxilio de la entidad presidida por Miguel Pesce paró en seco las importaciones por unos días, de modo de sumar poco más de USD 1.000 millones a las reservas y así poder decir que cumplió las metas del segundo trimestre del acuerdo con el Fondo.
Guzmán hasta insinuó un viaje a Francia, a renegociar con el Club de París el muy desventajoso acuerdo de pagos negociado por Axel Kicillof en 2014, y se le empantanó su compleja iniciativa de “segmentación” tarifaria, previa recepción y revisión de millones de declaraciones juradas, con la que pretendía superar la resistencia de los sectores kirchneristas del área energética a un aumento quirúrgico de tarifas que le permitiera reducir los subsidios al gas y la electricidad. Economía había ya reconocido, sin embargo, que los aumentos entrarían en vigencia hacia septiembre, lo que limitaría su eficacia.
¿Dónde deja todo esto el futuro del acuerdo con el Fondo? ¿Qué evaluación harán en Washington el directorio, la gerencia y el staff técnico ante la salida del ministro con el que conversaron durante dos años y medio y firmaron un acuerdo para refinanciar USD 45.000 millones hace poco más de 3 meses, que decidió intempestivamente irse dos semanas después de que le aprobaran, con fórceps, la primera revisión trimestral y dos días después de declarar unilateralmente que también cumplió la segunda?
Por de pronto, dijo a Infobae una fuente de Washington que conoce el funcionamiento del Fondo y al personal del organismo, “el FMI no quiere ser ni ser visto como el gatillo de la crisis”.
El Gobierno asume que deberá renegociar el acuerdo con el FMI tras el cambio de Gabinete, y para hacerla apuesta a lograr avances en la reunión bilateral que tendrá con el presidente de EEUU, Joseph Biden, a fines de este mes. Esa intención chocaría con el mensaje que el staff del Fondo le habría transmitido a Guzmán antes de su renuncia: en el directorio no aceptaría un cambio (y tan temprano) del plan económico.

Voluntad
La entidad con sede en la calle 19 en DC, a pocas cuadras de la Casa Blanca, exhibió una gran dosis de voluntad para acordar con el gobierno de Alberto Fernández por esa misma razón, que sigue vigente. ¿Y entonces? Esperará conocer cómo se reorganiza el Gobierno, quién asume en Economía y entonces llamará y hará la pregunta de rigor: “Usted se hace dueño y responsable del acuerdo vigente o tiene alguna otra propuesta?
La pregunta, en verdad, comenzarán a hacérsela al representante argentino en el directorio, Sergio Chodos, si es que este sigue en el cargo, cosa que en principio debería hacer al menos por un tiempo, porque su “silla” no solo representa a la Argentina, sino también a Bolivia, Chile, Paraguay, Perú y Uruguay. A menos que quiera dejar que su alterno, el chileno Luis Oscar Herrera Barriga, sea nexo temporario de las relaciones argentinas con el Fondo.
La voluntad de no romper y acomodar las cosas es evidente, como reflejó el acuerdo con la Argentina, laxo para los estándares del Fondo, y más aún en la primera revisión del acuerdo. En ella, explicó la fuente, si bien los técnicos dejaron escrito que el gobierno debe hacer un ajuste fiscal en el segundo semestre (pasando de un aumento real del gasto de 12% en la primera mitad del año a una caída real del 8% en la segunda), lo acompañaron de un lenguaje blando.
La reciente revisión, explicó la fuente, que leyó centenares de esos documentos, parecía más un informe de “Artículo 4″ (es decir, el chequeo anual, básicamente informativo, que se hace a un país fuera de programa, que la revisión de un programa en curso, en los no se dice que el gobierno “debería” o “podría” hacer esto o aquello, sino que se listan medidas y compromisos concretos y plazos perentorios. El lenguaje hace evidente que el Fondo no quiere romper, aunque eligió mantener las metas anuales para evitar el papelón de cambiarlas con la letra del acuerdo aún fresca. Tampoco dirá, aunque lo piense, que Guzmán cometió un dislate al decir que su programa de deuda en pesos es el “pilar” del acuerdo con el FMI, precisamente cuando el mercado la acaba de declarar mancha venenosa. Del mismo modo, al FMI difícilmente lo conmueva la afirmación de Guzmán de que “cumplió” las metas del segundo trimestre, como dijo 48 horas antes de renunciar, porque no avalará restringir así las importaciones. “Es como acumular reservas con una motosierra, rompiendo todo”, explicó el conocedor de las entrañas del organismo.

Panorama desalentador
En cualquier caso, el panorama es desalentador. En su discurso en Ensenada Cristina Kirchner hizo referencia a la tolerancia a los déficits fiscales en la Unión Europea, como si fueran situaciones homologables, e insistió con su tesis sobre la Argentina “bimonetaria”, como si el país no tuviera detrás un historial de inconducta fiscal, inflación, devaluaciones y 9 defaults y como si la bimonetariedad que refirió con aire doctoral no fuera resultado de lo anterior.
El FMI no quiere ser el “gatillo de la crisis”, pero también sabe que el acuerdo que firmó con el gobierno argentino le hace cosquillas a la escasez de reservas, una brecha cambiaria otra vez cercana al 100%, un riesgo país en torno a 2.400 puntos básicos y una inercia inflacionaria potenciada por todo lo anterior. Con un programa “light” buscó no agravar esos problemas, pero ya está claro que tampoco los resuelve.
Quien asuma en lugar de Guzmán sabe entonces que en breve recibirá una llamada y del otro lado el FMI preguntará: “¿Qué hacemos con el acuerdo?”.
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