
La economía ya dejó atrás su mejor versión, tras el fuerte rebote del año pasado, y ahora se encamina a un nuevo período de “estanflación”. Justamente el estancamiento de la actividad acompañada por una elevada inflación es lo que mejor define lo que viene sucediendo hace más de una década en la que el crecimiento brilló por su ausencia.
Todavía es prematuro para evaluar hasta qué punto la inflación en alza le está pegando a la economía, pero ya hay algunos indicios. Los relevamientos privados muestran un descenso en la compra de productos de consumo masivo en febrero y lo mismo estaría ocurriendo en marzo. Prácticamente en todas las familias está sucediendo lo mismo: caen las cantidades compradas en el supermercado o en los almacenes porque los ingresos no alcanzan a hacer frente a las remarcaciones.
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El 2021 terminaría siendo el mejor año para la economía de Alberto Fernández en toda su gestión, tal como lo fue el 2017 para Mauricio Macri, aunque en contextos totalmente diferentes. De hecho, la mejora del año pasado fue un rebote tras el derrumbe de la pandemia. La derrota electoral del oficialismo no dejó mucho margen para otras lecturas: la gente salió de la pandemia mucho peor aún cuando las cifras del INDEC mostraron una mejora del salario y una caída del desempleo.
Hay varios factores que juegan en contra de la actividad. La inflación es lo más relevante, porque sólo los trabajadores con sindicatos fuertes atrás podrán emparejar o incluso superar la inflación. Entre los candidatos están los petroleros, bancarios, comercio, aceiteros o construcción. Sin embargo, para los empleados informales y los cuentapropistas la historia es bien diferente. La incógnita es el salario del sector público, que el año pasado le ganó a la inflación. Será difícil que se repita este año ante la necesidad de cumplir con el ajuste de las cuentas comprometido ante el FMI.
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La tercera suba de las tasas de interés que definió el Banco Central hace pocas horas también tendría un impacto negativo, porque encarecerá el crédito a las empresas y al público. El impacto en el nivel de actividad genera es menor, porque el financiamiento representa menos del 10% del PBI. Es decir que aún cuando haya menos crédito para el sector privado, el efecto no resultaría tan significativo.
El otro elemento que aparece como desafiante para la marcha de la economía en este 2022 es el factor político. Con tensiones cada vez más evidentes dentro del Gobierno, no sería extraño que el debilitamiento presidencial también tenga efectos negativos para quienes toman decisiones. Aunque es cierto que en el horizonte ya aparecen las elecciones presidenciales del año próximo, aún falta más de un año y medio.
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El 2021 dejó un “efecto arrastre” cercano al 2,5% para este año. Significa que en caso de que la actividad se planche totalmente, igual alcanzaría para que el PBI muestre valores positivos. Pero no será una mejora real, sino meramente estadística.
Algunos sectores como la industria y en menor medida el comercio ya están operando en niveles de 2019, es decir que dejaron atrás la pandemia. Sin embargo, tienen poco margen para continuar con tendencia alcista, entre la caída de los salarios reales y los fuertes aumentos de costos relacionados con la invasión de Rusia a Ucrania.
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La mayor esperanza está puesta en la exportación del complejo agroexportador, a partir de los altos precios de la soja. Se supone que debería flexibilizar el acceso a divisas para importadores. Sin embargo, el encarecimiento de las importaciones de energía se llevaría buena parte de esas divisas que compraría el Central en los próximos meses, lo que representa otro impacto negativo para el nivel de actividad.
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