
Una nota del Washington Post afirma que los estadounidenses deberían mirarse en el espejo de los argentinos para acostumbrarse a vivir bajo un régimen de alta inflación.
“La inflación transforma la forma en que la gente gasta, ahorra y piensa. Eso es cierto ahora para algunos en Estados Unidos, donde los precios subieron el año pasado un 7%, el ritmo más rápido en casi 40 años”.
Esta, afirmó el artículo, “ha sido la realidad en Argentina durante décadas, donde la inflación superó el año pasado el 50%, y se espera que sea igualmente alta en 2022″.
“La larga y obstinada marcha de los precios en esta nación sudamericana ha inspirado una serie de estrategias para limitar los daños”.
¿Comprar suficiente pasta de dientes para todo el año? ¿Guardar tantas latas como permita la despensa? ¿Mantener el congelador repleto de carne? Comprar productos básicos a granel puede parecer un ahorro de dinero”.
“O mejor que ahorrar dinero, porque ahorrar dinero significa que su valor cae”, enfatizó.

“El costo monetario de la subida de precios, según los analistas, tiene también un costo psicológico: la sensación de incertidumbre sobre el valor de los bienes y servicios, y el miedo a gastar más de la cuenta”.
La nota cita a la economista argentina Marina Dal Poggetto quien indicó que “en Estados Unidos se está gestando un proceso inflacionario, aunque desde niveles bajos”.
“En Argentina, venimos de numerosos años de alta inflación, lo que termina por torcer la mentalidad”.
También, consultó a Guillermo Oliveto, que dirige la consultora de consumo W, quien habla de una “cultura inflacionaria”.
“Casi todo el mundo pierde con la inflación, y la gente está en guardia todo el tiempo”.
Una de las principales tácticas en este sentido es la acumulación de reservas de bienes, según la nota.
“En la medida en que puedo, trato de guardar todos los bienes posibles”, dijo Ana Vienny, una jubilada de 63 años. Al respecto, acumuló 48 latas de atún y suficientes botellas de vinagre para cocinar durante meses. “Al final, tuve que dejar de comprar porque sencillamente no había más espacio”.
Los productos no perecederos son un objetivo popular. “Siempre que veo un descuento, compro”, indicó Nicolás Mónaco, un gerente de 32 años. “Ahora mismo podría tener ocho botes de pasta de dientes”, dice. “Y suficiente champú para un año y medio. Mientras no haya fecha de caducidad, voy acumulando”.
Al comparar ambas economías, el articulo indica que “los estadounidenses están familiarizados con la realización de pagos mensuales de casas, coches y electrodomésticos. En Argentina, los plazos se aplican a casi todo”.
“Sergio González, analista financiero, compró el mes pasado un tarro de pasta de maní por 300 pesos, menos de 3 dólares, y acordó pagarlo a plazos, sin intereses, durante los próximos 12 meses”.
“Todo lo que consigas sin intereses, lo comprás sin dudarlo”, dijo al Wapo. “La idea es que aproveches la inflación, ya que diluirá los futuros pagos fijos”.
Con una inflación del 1 por ciento semanal -que suele ser superior a las tasas de interés de los depósitos-, el dinero que permanece en el banco pierde valor cada día. Eso es un fuerte incentivo para gastar lo que se tiene en cuanto se obtiene. “Estimula una cultura de consumo porque la sensación es que los pesos de hoy valdrán menos mañana”, afirmó Oliveto en la nota.
“Los cheques de pago suelen gastarse rápidamente, o los pesos se cambian a moneda extranjera lo antes posible. Aquí existe una larga tradición de comprar dólares estadounidenses como cobertura”.
“Pero en una economía de alta inflación, el mayor reto puede ser ajustar los ingresos al aumento de los precios. Algunos trabajadores renegocian sus salarios trimestralmente, y cualquier aumento por debajo de la tasa de inflación supone un recorte salarial. Es una lucha para muchos en un país con una gran economía informal”.
En este sentido, citó a un psiquiatra: “La sensación de caos e imprevisibilidad está en la base de lo que la inflación crea en la mente”, dijo Enrique de Rosa Alabaster, psiquiatra que estudia las ciencias del comportamiento.
“Es un fenómeno que va mucho más allá de la economía (...) e inevitablemente se convierte en algo emocional”.
De inmediato, la nota recuerda que “a finales de los 90, con la inflación controlada, las tiendas de Todo x 2 pesos proliferaron; era el equivalente argentino del Five Below”.
“Y no sólo en las calles de la capital, sino en la cultura popular, inspirando chistes, letras de canciones y hasta un programa de televisión.
Sin embargo, desde 2002 “los precios al consumidor subieron, menos productos podían venderse de forma rentable por 2 pesos y el modelo de negocio se derrumbó. Las tiendas de Todo x 2 Pesos hace tiempo que se extinguieron”.

En este sentido, el artículo enfatiza que “uno de los efectos más duraderos de la alta inflación crónica es la pérdida del sentido del valor”.
“Las empresas también se adaptan para sobrevivir. El desorden de los precios puede dar lugar a tácticas comerciales rentables: descuentos permanentes, en los que los comercios suben los precios regularmente para luego ofrecer rebajas”.
“Un supermercado puede ofrecer un 40% de descuento en vino los fines de semana; una tarjeta de crédito puede conceder un 20% de descuento en ropa los miércoles. Eso hace que los argentinos marquen los días en el calendario por los descuentos que habrá”.
“Todo el mundo sube un poco los precios porque sabe que puede ofrecer un descuento más tarde si se ha pasado”, afirmó Oliveto. La nota también consulta a Jorge Centeno, un ciudadano estadounidense que lleva casi cuatro décadas viviendo en Argentina. “Ha aprendido la táctica. Todo el dinero que ahorra lo cambia por dólares estadounidenses. Hace acopio de toda la comida que le permite el congelador. Se esfuerza en buscar los precios más bajos.
“Vivo literalmente buscando ofertas y descuentos todo el tiempo”, señaló.
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