
Aunque el historial de acuerdos entre la Argentina y el Fondo Monetario es por demás frondoso, existe un solo ejemplo de negociación, en los últimos 20 años, en el que el kirchnerismo pueda verse reflejado. Se trata del único programa que firmó, antes de cancelar la totalidad de la deuda en 2005, el ex presidente Néstor Kirchner el 11 septiembre de 2003, tres días después de incurrir en el incumpliento de un pago por USD 2.900 millones. El entonces mandatario forzó así abiertamente el cierre de las tratativas con el FMI. “No vamos a pagar hasta que el Fondo nos dé garantías de que se nos concederá un acuerdo”, repetían por esos días el ex ministro de Economía, Roberto Lavagna, y el propio Kirchner.
El antecedente probablemente inspire a Alberto Fernández quien, tal vez más por imposibilidad de hacer algo distinto que por calculada estrategia, termine imitando a quien fue su jefe el próximo viernes, cuando opere el vencimiento de USD 731 millones con el FMI. Pero las diferencias de contexto entre el momento en la que se tomó, hace casi dos décadas, esa decisión y el actual son abismales. También pueden serlo entre las consecuencias.
A grandes rasgos, la principal diferencia es que Néstor no pagó porque, en principio, pagar no suponía un verdadero problema. Y no pagar, tal como estaba planteado el escenario en ese momento, tampoco. En brutal contraste, cualquiera de las decisiones que adopte esta semana el Gobierno, implicará asomarse a la posibilidad de una nueva corrida cambiaria. Si no paga, en busca de presionar al FMI a flexibilizar las condiciones del acuerdo pero, sobre todo, en plan de preservar las pocas reservas netas que aún tiene el Banco Central, el mercado quedará atravesado por el temor a una ruptura prolongada con el Fondo y con toda la comunidad financiera internacional. El pánico sólo gatillará la salida de capitales y la consecuente presión sobre el dólar.
En contrapartida, si paga, el escenario podría ser algo más benigno ya que sería ilógico suponer que el Gobierno se desprenderá de gran parte de las pocas reservas que tiene para no alcanzar, en marzo, un acuerdo. Eso descomprimiría la situación. Pero no cambiaria el hecho de que las reservas del Central quedarían por debajo de los niveles de subsistencia y febrero es un mes particularmente difícil para atravesar en estas condiciones. Otra vez, la brecha, la presión sobre el dólar y el fantasma de una devaluación sin control serían parte del menú de probabalidades.
Esas alternativas son diametralmente opuestas al panorama que se le presentaba a Néstor Kirchner en 2003, cuando en el tramo final de la negociación decidió no pagar el voluminoso vencimiento. Para esa fecha, la economía argentina había entrado ya en un proceso de franca recuperación, el ajuste (traumático y desordenado) ya estaba hecho y las cuentas públicas reflejaban una solidez pocas veces vista. A tal punto que la discusión con el Fondo pasaba por el sendero de superávit -no déficit- fiscal: el organismo exigía una meta de 3% de superávit para 2003 y mayor para los años siguientes. Lavagna y Kirchner no querían comprometer un saldo positivo más alto para esos años y finalmente se acordó vincular la meta a distintos indicadores económicos. En cualquier caso, no existían por esa época el cepo, la brecha cambiaria y el dólar informal o sus variantes financieras. Nada de todo eso marcaba la agenda cotidiana de los mercados ni de la vida económica de los argentinos. La inflación no se había convertido aún en el flagelo que empezaría a azotar a la economía años después. Por eso, el espejo de la negociación que llevaron adelante Kirchner y Lavagna, de la que participó Fernández como jefe de Gabinete, le devuelve hoy al Presidente una imagen completamente distorsionada.
Los propios integrantes del equipo negociador de aquella época evalúan hoy con espanto la chance de default, incluso en su variante técnica de “arrears” (atraso ) en el lenguaje del Fondo, aun a sabiendas de los riesgos de quedarse prácticamente sin reservas. “Es una situación completamente distinta, cuando se dejó de pagar en ese momento, como estrategia para acelerar la definición, ya había claros resultados de la negociación”, recordó un entonces integrante del grupo de negociadores. “Hoy no hay ningún resultado sobre una negociación que ya se debería haber cerrado hace mucho”, diferenció.
Otro integrante del equipo del ex ministro Lavagna, también opinó ayer públicamente sobre las posibilidad que analiza el Gobierno de no pagar el viernes. “No sé si el Gobierno cree que es estrategia negociadora o lo efectivizará. En cualquier caso, es irresponsable y es el fracaso de la reestructuración”, afirmó el ex jefe de Gabinete de Lavagna y ex director ejecutivo por Argentina en el BID, Federico Poli.
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