
“Hay que pasar el verano”, podría ser la reversión de la célebre frase del ex ministro Álvaro Alsogaray que el actual titular del Palacio de Hacienda, Martín Guzmán, tiene resaltada en su cronograma de gestión. Tras varias semanas de relativa calma en el mercado financiero, arranca hoy junto con diciembre el test definitivo que tendría varias etapas. La más inmediata será de cara al cierre de las cuentas fiscales del año, período en el cual Economía no descarta pedir al Banco Central los $344.000 millones disponibles en utilidades de la entidad monetaria para cubrir las necesidades hasta fin de mes. Lo mismo que noviembre, también diciembre suele ser un mes en el que aumenta la demanda de pesos, dado el pago de aguinaldos, mayor consumo por las Fiestas y, también, para pagos anticipados de las vacaciones. Ese efecto, eventualmente, se puede extender parcialmente a enero, influenciado por el efecto veraneo. Sin embargo, este año la estacionalidad es un componente difícil de predecir y puede deparar sorpresas desagradables.
El comportamiento de los consumidores, ahorristas, empresas e inversores respecto a su vocación de retener pesos estará impactado por las consecuencias de la pandemia. Por un lado, el fuerte contexto recesivo abre interrogantes sobre el nivel de consumo de fin de año, lo mismo que el movimiento típico por las vacaciones de verano. Si bien se descuenta que mermará notablemente respecto de años anteriores la salida de dólares por turismo en el exterior, la temporada en los centros turísticos locales también quedará afectada por los protocolos y capacidad reducida en afluencia. Estos factores se combinarán con un telón de fondo que vuelve más complejo el escenario para el equipo económico: la inflación ya inició un proceso de marcado ascenso, incluso antes de este mes, en el que tradicionalmente los precios suelen acelerarse precisamente por la mayor liquidez. Así, en el mejor de los casos, la prueba ácida llegará en febrero, cuando se da por descontado que Guzmán deberá dar renovadas muestras de firme ortodoxia económica. En el peor, será antes.
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“Noviembre y diciembre es una buena época para el peso, la estacionalidad juega a favor y las medidas que se tomaron más pro mercado y de colocación de deuda hacen que al menos hasta los primeros 15 o 20 días de este mes, no haya complicaciones. Incluso ayuda el contexto internacional, con la soja en USD 430 y el dólar cayendo”, analizó Santiago López Alfaro, socio de Delphos Investment. Pero en el trimestre enero-marzo, la estacionalidad se revierte y tampoco la expectativa de un inminente acuerdo con el Fondo Monetario, que el ministro de Economía ya desterró, estará disponible para apaciguar los ánimos. “Por eso es importante ver cómo reacciona el Gobierno, que va a tener que ser más ortodoxo, sobre todo desde el Banco Central. Deberíamos ver una suba de tasas durante el verano. Si eso no pasa y empieza a funcionar la economía y sube la inflación, vamos a volver a presiones sobre el tipo de cambio”, apuntó López Alfaro.
Apenas conocida la tasa de inflación de octubre de 3,8%, por encima de lo previsto, el Banco Central anunció una suba de tasas, que dejó entre 34% y 37% el rendimiento de los plazos fijos, mientras que se mantiene en 38% la tasa de política monetaria. En ese nivel, dado el avance actual de los precios, las tasas entraron en terreno negativo y gran parte de los economistas señalan que, para evitar nuevos episodios cambiarios, sería necesario una suba de hasta 10 puntos porcentuales.
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“El Banco Central debería ser más contractivo, particularmente en febrero, deberá dar señales contundentes de tasas, lo que hoy no está haciendo”, afirmó Juan Ignacio Paolicchi, de la consultora Empiria. “Cualquiera sea el instrumento, tiene que devengar una tasa mucho más alta de la que existe hoy para esterilizar. Es inevitable ante la caída de la demanda de dinero y la misma oferta para no alimentar la presión inflacionaria, vía tipo de cambio o directamente precio de los bienes”, agregó.
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