Un diciembre del 2001, pero sin aplausos

Este nuevo default abierto, al que seguramente se ingresará en los próximos días, muestra una vez más que a la dirigencia política argentina le encanta endeudarse para que el Estado gaste más y luego no pagar la deuda contraída

El expresidente Adolfo Rodríguez Saa asumió en diciembre de 2001 y declaró el default de la deuda pública. (NA)
El expresidente Adolfo Rodríguez Saa asumió en diciembre de 2001 y declaró el default de la deuda pública. (NA)
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Finalmente, la propuesta que presentó el Gobierno para reestructurar la deuda pública, estuvo en línea con lo que había presentado el ministro de Economía, Martín Guzmán, en Europa el año pasado antes de ser nombrado en su cargo. En esa oportunidad sostuvo algo que luego repetiría constantemente. La Argentina necesita crecer para poder pagar la deuda pública. Dejen crecer a la Argentina y en tres años podemos empezar a pagarles. El pequeño detalle que nunca explicó Guzmán es cuál va a ser la política económica que le permita crecer a la Argentina.

Lo único que repiten sistemáticamente en el Gobierno es que no van a hacer ningún ajuste porque eso significaría sacrificar a la población.

Este argumento es falso a todas luces porque de lo que se trata no es de sacrificar a la gente que trabaja. En todo caso, lo que no quiere la dirigencia política argentina es bajar el gasto de la política donde hay mucho margen para recortar. En otros términos, no pago la deuda para no perder mi negocio, que es el negocio de la política. Por eso oficialismo y oposición estuvieron juntos para presentar esta reestructuración. Fue una especie de 2001 pero sin aplausos.

Este nuevo default abierto, al que seguramente entraremos en los próximos días, muestra una vez más que a la dirigencia política argentina le encanta endeudarse para que el Estado gaste más y luego no pagar la deuda contraída. En otras palabras, le gusta la fiesta populista pero no le gusta pagar la cuenta.

¿Cómo nació este nuevo problema de deuda pública y default? Del fenomenal aumento del gasto público durante los 12 años del kirchnerismo, que subió 17 puntos del PBI cuando se toman los datos consolidados, aumento del gasto que heredó Cambiemos y no se animó a bajar y se limitó a aplicar gradualismo. Ese gradualismo que le vendieron los progres de Cambiemos.

El gradualismo implicaba ir reduciendo de a poco el déficit fiscal y mientras tanto se toma deuda pública para financiar el déficit hasta que, por algún milagro que no sabemos qué santo nos iba a regalar, la economía iba a crecer, se iba a recaudar más y con el gasto público congelado en valores constantes, se convergía al equilibrio fiscal.

Decir que había que bajar el gasto público era de liberalote. Un sacrilegio político. Propuesta de gente que no sabía lo que era estar en la cancha. Un disparate conceptual. La precisa la tenían los que estaban en los sillones de los ministerios y los que poníamos el énfasis en bajar el gasto público éramos unos liberalotes delirantes. Hasta que un día se acabó el financiamiento externo, todo voló por los aires y los gradualistas le echaron la culpa a la falta de lluvia o a la pequeña suba de la tasa de interés en el exterior. No quisieron reconocer su fracaso.

Lo que nos dicen ahora es de nuevo lo mismo. Bajar el gasto público es de los insensibles neoliberales que quieren hambrear al pueblo. ¿Qué va a pasar? Nada diferente en materia de deuda pública. Caeremos en default y no tendremos acceso al financiamiento externo. Pero ojo que, en el corto plazo, el Estado no se va a ahorrar nada con esta propuesta de reestructuración de la deuda. Con el capital se hacía el rollover, es decir se tomaba nueva deuda para pagar deuda que iba venciendo. Y por el lado de los intereses, también se tomaba nueva deuda porque no había superávit fiscal primario para pagar los intereses.

En otras palabras, no es que ingresos fiscales que antes se destinaban a pagar los intereses de la deuda, ahora se destinarán a financiar planes sociales u otro gasto público. No hay tal cosa como ahorro disponible que antes se destinaba a pagar intereses. Así que seguimos igual.

El punto a entender es que Argentina no tiene un problema financiero. Argentina tiene un problema económico. Gasta más de lo que se puede recaudar por lo que genera la economía. Durante un tiempo se financió con deuda externa. Luego con deuda interna (Lebac, Leliq, etc.) y ahora con una fenomenal emisión monetaria.

En síntesis, el ministro de Economía Martín Guzmán dice que no se va a hacer ningún ajuste de la economía porque eso sería hacer sufrir al pueblo argentino. Estimado ministro Guzmán: si no bajan en forma ordenada el gasto público, el pueblo argentino no solo va a sufrir el coronavirus, sino que también sufrirá una crisis megainflacionaria que licuará los ingresos reales de la gente.

En forma desordenada y caótica, caerán los ingresos reales por exceso de emisión monetaria. Un solo dato, en noviembre de 2019 había en circulación 255 millones de billetes de $1.000. Al 31 de marzo circulaban 452 millones de billetes de $1.000. Un 77% de aumento.

La única actividad económica que está funcionando a full en la economía argentina es la impresión de billetes, lo cual nos lleva de cabeza a una llamarada megainflacionaria. Pero con una novedad. Es muy probable que si no levantan lo antes posible la cuarentena, el estallido inflacionario sea mayor porque ni el gobierno federal, ni las provincias ni los municipios van a recaudar un centavo por falta de actividad. El único mecanismo de financiamiento va a ser la emisión monetaria, lo que implica ir de nuevo a otro default, pero del BCRA.

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