
Salto abrupto de la paridad, tres o cuatro meses de estabilidad y un nuevo salto, más abrupto aún que el primero. Así podría sintetizarse la evolución de la carrera entre el peso y el dólar desde finales del tercer trimestre de 2018 hasta la actualidad, en un recorrido iniciado con la dureza monetaria de la “emisión cero” y que en la última semana del año cierra con un recargo del 30% establecido por ley.
El año termina con un incremento punta a punta en la cotización del dólar del 110,8%, incluyendo el impuesto. El alza fue superior al ya elevado 105,3% de 2018, cuando una combinación de factores le hizo perder al macrismo el control de una variable que en sus primeros dos años de gobierno no le había creado sobresaltos.
En lo que respecta a 2019, los primeros 45 días fueron de relativa calma en el mercado de cambios, con un dólar que arrancó a $38,85 según el promedio minorista realizado por el Banco Central y que llegó a $ 39,94 el 12 de febrero. Apenas 9 centavos de suba en un mes y medio, una estabilidad que iba de la mano de la permanente baja de la tasa de las Leliq que en el inicio del segundo mes del año llegó a ser de más de un punto porcentual por día.
Esa pax cambiaria se interrumpió el 14 de febrero, en consonancia con la difusión del índice de precios al consumidor de enero por parte del INDEC. El 2,9% marcaba el fin de la seguidilla de tres bajas mensuales que había entusiasmado al oficialismo. Los actores económicos advirtieron que el plan monetario puesto en ejecución 5 meses atrás por Guido Sandleris no era tan sólido como se creía y le bajaron el pulgar.
Fue así que la estabilidad cambiaria que había comenzado a mediados de octubre de 2018 llegó a su fin y la cotización del dólar tuvo un salto de 19,1% en tres meses. Una vez que se completó el salto, los $46,39 del 13 de mayo parecieron marcar el inicio de un nuevo período de estabilidad cambiaria que volvió a traer tranquilidad entre la dirigencia de Juntos por el Cambio. Desde entonces, blandiendo trabajos de diferentes encuestadores, los funcionarios confiaban en que un dólar quieto se traduciría en mejores expectativas de cara a las elecciones PASO del 11 de agosto, con tan solo un 0,3% de aumento de la cotización de la moneda estadounidense en tres meses.
En el medio de los dos extremos de la mini-estabilidad, el Banco Central había resuelto cambiar su política para manejar la paridad cambiaria. La “zona de no intervención”, con una banda dentro de la cual el dólar podía cotizar sin que la autoridad monetaria comprase (o vendiese) divisas para contener su baja (o su suba) dejó de ajustarse diariamente y se congeló en un máximo de $51,448. Posteriormente la “zona de no intervención” pasó a ser simplemente una “zona de referencia” hasta que la agudización de la depreciación del peso la relegó al arcón de los recuerdos.

Asimismo, el apoyo del FMI al Gobierno se plasmaba en periódicos desembolsos que llevaron el 9 de abril a un nivel récord en las reservas internacionales de US$ 77.481 millones, más del triple que las que habían recibido Mauricio Macri y Federico Sturzenegger el 10 de diciembre de 2015. De todos modos, los observadores independientes tomaban distancia de la euforia macrista y advertían que sin el cómputo de esas asistencias las reservas mostrarían una caída continua desde el segundo trimestre de 2018.
El lunes posterior a las PASO fue un baldazo de agua fría en las huestes oficialistas. En tres días, la cotización del dólar minorista se disparó el 33,5%. Si bien desde entonces la cotización tuvo oscilaciones en un rango entre los $58 y los $65, esa evolución no puede analizarse sin tener en cuenta que el Banco Central debió volver a las intervenciones en el mercado mayorista con la venta de un importante volumen de divisas de más de USD 4.000 millones. Además, elevó la tasa de las Leliq al récord de 85,911% el 10 de septiembre, casi el doble que los 43,937% del mínimo de aquel lejano 14 de febrero que marcó el punto de inflexión en esta historia.
Las reservas habían caído a USD 54.100 millones el 30 de agosto, USD 23.381 millones menos que el récord del 9 de abril. Suficiente como para que al día siguiente se dispusiera la primera restricción cambiaria del año, con un tope de US$ 10.000 mensuales de compra para las personas humanas que tampoco alcanzó para frenar la sangría. Un nuevo torniquete mucho más severo se aplicó horas después de confirmarse el triunfo de Alberto Fernández en las elecciones del 27 de octubre, bajándose el límite a US$ 200.
En esas condiciones Macri entregó el poder a Fernández, que trece días después de asumir aplicó a su manera un nuevo salto en la cotización. Esta vez fue por ley y sin abandonar las restricciones heredadas: aplicó un recargo del 30% para todas las operaciones de compra minorista y con tarjeta en el país y el exterior.
Si además se tiene en cuenta la implementación de retenciones a la exportación con alícuotas diferentes según el cultivo, el año termina con por lo menos una decena de variantes de dólares: “solidario” (con el recargo del 30%), blue, bolsa, contado con liqui, sojero (con retenciones que pueden llegar al 33%), triguero (15%), Vaca Muerta (8%), carne (9%), de economía regionales (5%), más los que pudieran eventualmente surgir en un futuro no muy lejano.
De esta manera termina un año para el que se había previsto una paridad promedio de $40,10 por dólar en el proyecto de ley de Presupuesto. Un proyecto que esperaba un dólar de $50,50 recién para el 2022.
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