
El presidente electo, Alberto Fernández, se refirió a la inflación construida como el componente psicológico que determina la existencia de los aumentos de los precios al consumidor. Es cierto que las expectativas sobre cuánto se cree que será la variación del IPC por parte del conjunto de la población tienen un rol importante en explicar el proceso.
Cuando locador y locatario se juntan a discutir la actualización del alquiler al próximo año, o empresarios la actualización de contratos de distribución; o mismo los precios que tiene que poner el kioskero del barrio, lo hacen con cierta expectativa de cuánto podría llegar a ser la inflación en el futuro.
Si todos están coordinados en registros relativamente cercanos, se terminará observando un índice de precios del Indec que evolucionará a tono con esas expectativas. Esto puede tener más relevancia que incluso planchar la cotización del dólar; las tarifas de los servicios públicos; se fuerce el Gobierno en congelar precios; o hasta la expansión de dinero en cero (como resultó en este año). Por ende, es un componente importante a trabajar en el proceso desinflacionario que que aspire cualquier gobierno.
Alinear las expectativas a la baja sería clave para comenzar el proceso desinflacionario, sin embargo, no es para nada sencillo. Si se logra alinear las expectativas, el proceso de desinflación se podrá realizar en menor tiempo y con menor esfuerzo (llámese política monetaria menos contractiva, menos planchado el tipo de cambio; o las tarifas). Para eso se necesita credibilidad en las políticas públicas. El conjunto de la sociedad se ha “acostumbrado” a convivir con lo que se llama inflación moderada, registros entre 20% y 40% al año por períodos prolongados de tiempo, por eso convencerlos de que eso no se va a repetir será muy trabajoso.
Experiencias en la región
No es imposible bajar la inflación a niveles moderados, pero se necesita partir de una buena situación inicial y mucha convicción en mantener fortaleza económica por un largo período de tiempo.
Varios países de la región transitaron por este tipo de inflación y lograron disminuirla a niveles de un dígito bajo, como Colombia o Chile, y demoraron por lo menos más de diez años, con una lenta pero creíble desaceleración de la suba de los precios; y donde buenos indicadores macroeconómicos (resultado fiscal primario positivo; sostenimiento de tarifas y de tipo de cambio real) ayudaron a que sea sostenible y creíble el proceso, para no depender de la asistencia monetaria del Banco Central que comprometiera el objetivo buscado.
La Argentina está hoy en una situación bastante parecida a esos países cuando comenzaron el proceso, pero hay que saber que va a ser largo, que presentará costos en el corto plazo y los beneficios se verán en varios gobiernos posteriores, como por ejemplo, Brasil, que hoy transita una inflación de 2,5% mensual luego de varios gobiernos que mantuvieron una clara política para contener la suba de los precios al consumidor con política monetaria muy contractiva y fiscal responsable, y donde recientemente el Congreso ha aprobado significativos recortes en el gasto corriente del sector público para consolidar esa política.
El autor es economista de la consultora Seido
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