
Es muy común observar en tiempos de campaña electoral que los candidatos a la presidencia con mayores posibilidades y probabilidades de ganar utilicen como uno de los pilares de campaña las promesas de reducción de impuestos generalizados por parte de quien se muestra o identifica más inclinado a la derecha neoliberal; y de suba de los tributos llamados progresivos, como son los que gravan en mayor medida relativa a los que tienen manifestaciones de riqueza, y mayor capacidad dentro de la sociedad para generarla, por las fuerzas “populistas” o de izquierda.
Y en general, esa puja, avalada por el voto del consenso legislativo, único poder con capacidad de crear impuestos, ha determinado un creciente aumento de la presión fiscal, fundada en la necesidad de obtener recursos para poder llevar a cabo políticas de asistencia a los sectores más carenciados, pero motivada en la exigencia de financiamiento de la cada vez más pesada burocracia de la política en los tres niveles: nacional, provincial y municipal. Y por tanto, no ha conducido a un sistema tributario eficiente que fomente la inversión y el empleo, y a partir de ahí el consumo y la exportación.
Así se llegó a un escenario actual en el que el pago de todos los impuestos respecto de las ganancias efectivas de las empresas supera el 100%, asciende a 106%, el segundo nivel más alto en el mundo, solo superada por La Unión de las Comoras, Sudáfrica oriental, con 219,6% y dos veces y media el promedio del planeta de 40,4 por ciento.

El relevamiento del Banco Mundial, junto con la Organización No Gubernamental Doing Business, define la tasa tributaria total a partir del “monto de impuestos y contribuciones obligatorias que pagan las empresas después de justificar las exenciones y deducciones permitidas como porción de las utilidades comerciales. Excluye los gravámenes retenidos (como al ingreso personal) o cobrados y remitidos a autoridades fiscales (como al valor agregado -IVA-, a las ventas o tributos a los bienes y servicios”.
Tasas de tributación cercanas a las de la Argentina se observan en la región en Bolivia 83,7%; Colombia 71,9%; y Brasil 65,1; mientras que en China es de 64,9% y en Venezuela 64,6%. Por el contrario, sobresalen con valores muy inferiores al promedio mundial: Canadá 20,5%; Singapur 20,6%; Dinamarca 23,8%; Irlanda 26%, entre otras. En Chile es de 34%; y en Nueva Zelanda 34,6 por ciento.
Sin embargo, el candidato a la presidencia por el Frente de Todos analiza elevar la tasa de imposición sobre los Bienes Personales (Impuesto a los ricos en la jerga popular), en contraste con el presidente actual, que en medio de la emergencia económica que provocó la pérdida del primer puesto en las PASO dispuso la eliminación transitoria del IVA a un conjunto de alimentos esenciales, y la reducción de los anticipos de Ganancias de empresas, y también sobre las personas físicas, hasta el 10 de diciembre, cuando finaliza su mandato.
Y si bien con la eliminación de las retenciones sobre la mayor parte de los productos agropecuarios e industriales desde mediados de diciembre de 2015 se redujo la tasa máxima de tributación desde un récord de poco más de 137% en 2014 y 2015, aún se ubica casi al tope de la tabla, y conspira contra el ingreso disponible de los consumidores y de la capacidad de reinversión de las empresas, a través de más de 100 impuestos, tasas y contribuciones en el orden nacional, provincial y municipal.
Poco ganancias y mucho gravámenes distorsivos
Del relevamiento de datos de tributación en todo el planeta por parte del Banco Mundial se observa que el pago de Ganancias en la Argentina sobre el total es de apenas 3,9% del total, menos de la cuarta parte del promedio de 180 países, y muy inferior de casi 30% en Nueva Zelanda; 28% en los EEUU; 26% en Chile y Australia, entre otros. Explica ese fenómeno la larga historia con alta inflación, default y recesión, que conspiran contra la capacidad de las empresas para generar utilidades.
De ahí que recurrentemente se apela a canales alternativos de tributación, muy distorsivos de la actividad productiva, como son los impuestos al trabajo que en la Argentina representan el 29% del total de las ganancias de las empresas, muy cerca del doble del promedio mundial.
Y también, de otros cuasi impuestos tanto o más distorsivos, que atentan contra la capacidad del país de generar divisas a través del comercio exterior, como son los derechos aduaneros (retenciones), y tasas provinciales y municipales, algunas en cascada, porque son de fácil y rápida percepción, pero también de rápida disminución de la producción con destino a la exportación. Representan el casi 73% de las ganancias de las empresas, sólo superada por Eritrea 74,6%; y Comoras 189,2 por ciento.
Bajó desde un pico de 108% en 2014 y 2015, pero si se confirma la alta probabilidad del retorno de un gobierno de sesgo populista, según el resultado de las PASO, el 11 de agosto, es muy probable que vuelva a subir, para poder generar los recursos necesarios para responder a las promesas de campaña de aumento de las jubilaciones, los salarios en el sector público y los planes asistenciales.

Simplificación insuficiente
El Banco Mundial también estimó el tiempo que le llevaa los contadores de las empresas preparar y pagar impuestos, en horas por año, desde la preparación, presentación y pago (o retención) de tres grandes tipos de gravámenes: sobre las utilidades; al valor agregado o a las ventas, y los laborales, que incluyen los que recaen sobre nóminas y las contribuciones a la seguridad social.
En ese caso, el podio le corresponde a Brasil con 1958 horas, seguido por Bolivia 1.025; Venezuela 792; y Ecuador 664. Pero, una vez más, la Argentina se ubica en un nivel alto, superior al promedio, con 311,5 horas, aunque venía de 405 en 2015 y 453 en 2010, mientras que en el mundo pasó de 302 horas en 2005 a 236,8 ahora. Los niveles mínimos se registran en Hong Kong 34,5 horas; Suiza 56; Singapur 64; Noruega 79; y Australia 105; mientras que en Uruguay es de 163; China 142; y España 147,5 horas.
En los últimos 4 años el gobierno de Cambiemos logró acortar los tiempos dedicados al pago de impuestos en unas 100 horas, 25% respecto del pico de más de 400 horas que demandaba cuando asumió el gobierno, a través de la simplificación de trámites y el uso más intensivo de las ventajas que brinda la conectividad en todo el país con las agencias de recaudación. Pero aún debe recortarse en otras 80 horas para, al menos, ubicarse en torno al promedio mundial.
Sin embargo, ese tiempo podría volver a subir si en lugar de pensar la dirigencia política en bajar el gasto público y aumentar la productividad del gobierno en su conjunto, como recomienda el FMI, prospera la iniciativa en estudio de un fuerte aumento del Impuesto a los Bienes Personales, o a “los poderosos”, como propone el Frente de Todos.
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