
Tal como lo viene haciendo desde 1969, en octubre el Banco Central del Reino de Suecia otorgó el Premio anual en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel. En esta oportunidad, el resultado de la elección favoreció al economista estadounidense Richard Thaler por su contribución al estudio de los límites del comportamiento racional del individuo. Una vez más, la denominada "economía conductual" tuvo su reconocimiento, aplazando, al menos temporariamente, la histórica predilección de "la cultura Nobel" por reconocer los avances científicos de las escuelas más ortodoxas del pensamiento económico.
Fundados en temas vinculados a la psicología, los estudios de la conducta del individuo en economía tuvieron entre sus pioneros al economista Herbert Simon. Inconfundiblemente, sus metas y objetivos quedaron plasmados en su discurso. En ocasión de recibir el galardón del Banco de Suecia en 1978, sostuvo: "Mi trabajo intenta tener en cuenta las limitaciones en la capacidad de la gente para enfrentarse con una información incompleta y, en ocasiones, abrumadora (Simon, 1978)". Tal vez sin intención de introducir un cisma en el mundo de los fundamentos de la ortodoxia, "obligó" (quizás) al economista italiano Franco Modigliani (Premio Nobel de 1985) a defender el método convencional cuando afirmó que "la maximización ofrecía una solución más simple para prever el comportamiento económico, aunque no fuese del todo acertada (Modigliani, 2004). La maximización a la que aludía Modigliani no era más que un proceso matemático según el cual, los paradigmas económicos cercanos a la teoría microeconómica neoclásica (la corriente principal cuasi eterna del pensamiento económico), representaba con éxito y elegancia el comportamiento de un consumidor cualquiera. En cierto contexto y gracias a su supuesta conducta racional y egoísta, decían estos economistas, el individuo "parado frente a una góndola" maximizaría su satisfacción (bienestar / utilidad) resolviendo el desafío impuesto por su limitado ingreso y el precio de mercado del bien en ese momento (algo que en el supermercado se hace casi a menudo sin hacer uso a sofisticados refinamientos matemáticos y sin tanto éxito).
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Más recientemente, los psicólogos israelíes Daniel Kahneman y Amos Tversky hicieron sobresalientes adelantos en esta materia. La profundidad de sus estudios permitió que Kahneman, en particular, se transformara en el primer "no economista" en recibir la distinción Nobel en Ciencias Económicas. Las premiaciones de Simon, Kahneman y Thaler (y quizás la de Tversky, si no hubiese fallecido a tan temprana edad), podrían estar indicando cierta predisposición de la academia para instalar una discusión crítica sobre la factibilidad de la existencia de senderos neoclásicos óptimos. Revisar "estas verdades decimonónicas", posibilitaría repensar la presencia del Estado en la economía y si es (o no) correcto adherir a definiciones que aseguren haber comprobado la existencia de millones de desempleados sólo por razones voluntarias (más preferencia por el ocio), incluso, en el mundo en desarrollo. Al darle entidad a la psicología en la economía, posiblemente se diluiría todo un abanico de afirmaciones dudosas que, siempre y en todo momento, utilizan las clases medias.

Cualquier vistazo sobre la realidad, confirmaría que el individuo siempre está expuesto a la luminaria y la vertiginosidad del capitalismo actual (hoy fácilmente puede perder "su norte"). Los "descarrilamientos" asociados a rutinas inconsistentes de endeudamiento, la convalidación de precios en desequilibrio y la firma de contratos "poco felices" (resultantes en futuras transferencias de ingresos), ocurren porque, en esencia, es necesario descifrar flujos inestables de información (en ocasiones, provenientes de fuentes poco especializadas y sesgadas) e interactuar en entornos relativamente hostiles en el marco de esquemas institucionales endebles. Por esta razón, hoy por hoy, Thaler describe un mundo habitado por individuos "humans" (proclives a cometer errores de manera sistemática) antes que por los sabios y poderosos "econs" capaces de superar cualquier engaño en pocos segundos (definidos así por la teoría neoclásica para resolver sus modelos) y Khaneman supone una "arquitectura de la cognición" a partir del estudio de "dos sistemas" vinculados a los conocidos conceptos de "razonamiento e intuición". Khaneman sostiene que "el razonamiento se hace deliberadamente y con mucho esfuerzo, mientras que el pensamiento intuitivo se presenta de forma espontánea en la mente, sin cálculo o búsqueda consciente, y sin esfuerzo. La observación superficial y la investigación sistemática indican que la mayor parte de los pensamientos y las acciones son normalmente intuitivas (Khaneman, 2002)".
La teoría conductual parece concluir que en el sistema económico (y político), la información es abrumadora (lo decía Simon hace más de cinco décadas) y prevalecen decisiones tomadas por "humans" (Thaler) en un contexto en el que domina la intuición superficial (Kahneman). Kahneman es tan contundente en este aspecto que afirma que "a la gente le encanta la intuición //…// le gusta los líderes rápidos //…// confía mucho en juicios que forma con muy poca información //…// cuando cambia de opinión, no recuerda cómo pensaba antes (Kahneman, 2012)".
Aunque no nos guste, nos equivocamos una y otra vez y no somos prudentes cuando se examinan temas fundamentales vinculados al futuro de la sociedad. Nos resulta "aburrido" reflexionar sobre todo lo socioeconómico; sin embargo, nos volvemos fanáticos fundamentalistas cuando la televisión nos propone perseguir hechos de corrupción (siempre al ritmo del marketing político / televisivo). Hablando con autoridad de Estado y Gobierno como si fueran sinónimos, llegamos a concluir que el Estado sólo genera distorsiones y que en los países (incluso en los subdesarrollados) "el que no trabaja es porque no quiere". Por consiguiente, una y otra vez nos equivocamos. Por éste y muchos otros deslices, sospecho que Kahneman llegó a sostener que "es sorprendente que la gente vote y que tenga opiniones políticas sobre cosas de las que no tiene ni idea, como la economía" aunque luego admita que en realidad, este comportamiento, "forma parte de nuestra propia naturaleza (Kahneman, 2012)".
(*) Gustavo Perilli es economista y profesor de la UBA
Twitter: @gperilli
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