Llegó a este penal, en Florencio Varela, cuando todavía se llamaba Marcelo. Se había criado en el campo, ordeñando vacas al amanecer y, salvo en los carnavales del pueblo, nunca había tenido contacto fluido con una travesti de carne, silicona y hueso. Había sido un "gaucho bombacha rosa", como llaman a los homosexuales en las zonas rurales, y llegó a este penal luego de haber confesado que había matado a su mamá y a su hermano.

A la Justicia le dijo que vivía un "infierno" porque no aceptaban que le gustaran los hombres: "Mi mamá me decía que era la deshonra de la familia. Mi hermano me gritaba 'puto de mierda'. El boyero, que se usa para electrificar el alambrado y que no se escapen los animales, lo usaba como picana. Mi hermano me daba descargas eléctricas en la entrepierna para que me hiciera macho. Eran como latigazos, me hacían saltar".

Quien habla con Infobae desde su celda en el "Pabellón de diversidad" ya no es Marcelo Bernasconi sino Marilyn, 28 años, condenada a prisión perpetua. Fue en este mismo pabellón, donde cumplen condena otras 51 personas, donde descubrió que lo que siempre había querido no era vivir como un hombre gay sino como una travesti.

Fue acá que empezó su método casero de hormonización: una pastilla anticonceptiva por día, aportada por alguna visita, para tener la voz más fina, el pelo más largo, "algo de lolas", menos vello en la cara: "No soy trans porque no tengo el cuerpo hecho. Soy natural todavía, no me puse lolas, ni cola ni me he operado los genitales. Simplemente me visto, actúo y vivo como mujer. Me siento orgullosa de ser travesti".

Marilyn es la referente del pabellón (de una reja cuelga una foto gigante de ella) y la preceptora de la escuela. Y, mientras habla, algunas pispean entre las cortinas de su celda para escucharla: no es frecuente una historia como la suya en este pabellón. El resto de las travestis –la enorme mayoría peruanas- son analfabetas, vivían de la prostitución y están cumpliendo condenas por narcotráfico.

"Igual compartimos una misma historia. Todas han sido denigradas en sus casas", dice. Sin embargo, la suya es tan paradigmática que el jueves se estrenó, en una decena de cines del país, "Marilyn", una película inspirada en su vida. También se asoma para escuchar su novio, con quien comparte una cama mínima desde hace casi dos años. Otra particularidad de este pabellón: pueden vivir en pareja. Fue él quien le regaló el almohadón con forma de corazón que dice "te amo".

"Los jueces juzgan el hecho y el hecho son dos muertes. Pero si me hubieran escuchado, si hubieran investigado como fueron los dos años previos a las muertes, el resultado hubiera sido otro", arranca.

Marcelo vivía con su papá, su mamá y su hermano en la estancia "El Rosario", sobre la Ruta 36, en Oliden, La Plata. Trabajaban el campo para un patrón. Dice que, salvo su papá, el resto lo consideraba "un enfermo". Que su mamá lo "aventaba a palazos" y lo escondía para que "nadie se enterara de que era puto". Y que su hermano, 10 años mayor, "me decía que de bebé me tendrían que haber tirado al chiquero de los chanchos". En una de las golpizas, dice, su hermano le fisuró dos costillas.

La muerte de su papá por cáncer, dos años antes de los asesinatos, lo dejó sin protección. Ese 26 de mayo de 2009, Marcelo se levantó antes del amanecer y salió a ordeñar las vacas. Ya en el tambo, empezó a discutir con su hermano. "Hasta que en un momento me dijo: 'Por tu culpa se murió papá, por haberle dado el disgusto de ser puto'".

"Eso me hirvió la sangre", reconoce. Marcelo, que tenía 18 años, caminó 60 metros, volvió a entrar a la casa y buscó una carabina. Le disparó a su hermano, que estaba ordeñando de espaldas, y a su mamá, que estaba en la cocina "preparando mamaderas para unos corderitos guachos". Después, corrió y le dijo a los vecinos que los estaba asaltando. Confesó poco después, cuando un policía lo presionó: "Los mataste vos, puto de mierda".

Para la Justicia les disparó "a traición, sobre seguro" (ambos estaban de espaldas) y demostró ser un tirador experimentado: fue un "único y certero disparo" para cada uno. Según el detalle de las autopsias, los dos presentaron "destrucción de la masa encefálica".

No le creyeron que vivía "un infierno" y le pidieron pruebas de una forma de violencia "por goteo" que, como suele suceder con la violencia de género, ocurría puertas adentro. "Ni el propio imputado invocando dantescos infiernos pudo dar cuenta de agravios que excedieran el marco de cualquier discusión familiar. El grito, la intemperancia, la palabra soez, el insulto, el arrojo de algún objeto portado en momento de ira, son, lamentablemente, harto frecuentes en cualquier familia sin distinción de clase social", argumentaron.

Además, consideraron que lo que hacía su hermano eran "bromas pesadas": "Tal vez en la rudeza del muchacho de campo pudo el hermano hacerle 'cargadas pesadas' verbales o de hecho, tal como sucedía con las descargas eléctricas (12 voltios usados en la electrificación de alambrados para el ganado) 'para que se haga macho'".

Y que por bruto, al hermano "no podía pedírsele que le formulara sutiles interjecciones a la manera inglesa". Lo que contó que sufría no les pareció grave como para ser considerado un atenuante: dijeron que, "lamentablemente", todos los homosexuales suelen sufrir cargadas, "como los obesos y los de piel más oscura".

Para la Justicia, la familia "toleraba" la homosexualidad de Marcelo pero no "lo escandaloso de su comportamiento y la repercusión en el pueblo". Tal vez molestos por "la licenciosa vida que llevaba" –dice el fallo- pedían al joven "recato y prudencia": contrariamente, Marcelo evidenciaba "un irrefrenable deseo de 'ser él', de mostrarse tal como era y lo sentía, reivindicando los corsos del pueblo como los momentos de máxima felicidad, en los que podía vestirse de mujer, y cantar y bailar" ante los ojos de todos.

"Si la libertad (¿libertinaje?) que demandaba el acusado para ejercer su libertad sexual con promiscuidad, no aceptada por madre y hermano, lo afectó de manera desmedida provocándole una ira a todas luces injustificada, mal podrá esgrimirse esto como justificante", sigue. Concluyeron, al final, que no hubo un "raptus emocional" sino una "bronca traída de arrastre" que lo llevó a diseñar "una estrategia de muerte".

Fue una semana después de oír la sentencia que Marcelo comenzó la transición a Marilyn. Eligió llamarse con el mismo nombre que usaban en el pueblo para burlarse y quiso que su nueva identidad "encerrara" a quien había sido: que Marilyn se tragara a Marcelo.

Marilyn ahora acaricia a Tomi y Turu, los dos gatitos que duermen sobre su cama. Y llora cuando habla de aquel día. Dice que no estaba en pleno estado de conciencia: que vio borroso, que sintió calor en la cara, que se le movía el piso, que tiene lagunas. Hoy cree que si después de los homicidios "hubiera estado consciente, me habría pegado un tiro".

Le quedan unos 15 años de prisión por delante, por eso sigue apelando. Su esperanza es que la Justicia tome en consideración el contexto, considere la "emoción violenta" y rebaje la pena.

¿Qué pasó después, cuando le dijeron que estaban muertos? "Primeramente sentí paz, tenía paz interna a pesar de lo sucedido. Ya no tenía esa voz que me vivía torturando". El arrepentimiento llegó en etapas. De haber matado a su mamá se arrepintió enseguida. De haber matado a su hermano, el año pasado, ocho años después.

"Yo reconozco que ese día odié a mi hermano. Me costó arrepentirme. No sé…le tenía bronca, le tenía odio. Tal vez lo hice culpable de todo esto", dice. A los dos les pide perdón de noche, cuando reza. En junio, para su cumpleaños, una amiga le preguntó que quería: Marilyn le pidió que les llevara flores al cementerio del pueblo. Pronto se cumplirán 10 años del doble homicidio: en junio fue la primera vez que vio fotos de sus tumbas.

Es la hora del almuerzo y hay olor a guiso en el pabellón. No le gusta estar acá, aclara Marilyn, y señala las cucarachas que escalan los esmaltes de uña y las bolsas de azúcar. La cárcel es lo opuesto a la libertad pero fue acá, paradójicamente, que pudo definir su identidad de género con libertad.

¿Qué imaginás que pensaría tu mamá si te viera como Marilyn? "No sé -contesta, con tristeza en la voz-. Calculo que se moriría de un ataque. O tal vez, al verme así, realizada como estoy ahora, me aceptaría como su hija".  ¿Y tu hermano? ¿Creés que hubiese podido? "No, él no".