
Llegó a ser catalogado como uno de los 10 mayores tesoros perdidos de la humanidad: el Jules Rimet, el primer trofeo que entregó el Mundial de fútbol, parece maldito. Fue robado dos veces y la versión oficial es que terminó siendo fundido tras su desaparición, aunque hay versiones que indican que en realidad entró en la rueda del tráfico ilegal de arte para nunca más salir. Haya sido uno u otro su destino, se esfumó de la vista de los fanáticos y de las vitrinas de la Confederación Brasileña, que se lo había quedado tras las tres primeras estrellas logradas por la Verdeamarela. No obstante, una pieza de aquella obra, que se creyó perdida a lo largo de 60 años, habita en el Museo de la FIFA como orgulloso testimonio de aquellos inicios del certamen ecuménico. Y, tal como un hábil wing a la antigua, se escondió durante más de medio siglo de sus perseguidores en el sitio donde nadie buscó.
La historia la reveló el propio Museo con sede en Zurich. El Trofeo Jules Rimet fue una escultura de Abel Laffleur que representaba a Niké (la diosa griega de la victoria). El artista francés era el encargado de la creación de las medallas para los torneos franceses, y el propio Rimet, entonces titular de la FIFA, le encomendó el galardón para el primer Mundial. Su valor se calculó en alrededor de 50.000 francos, medía 30 centímetros, pesaba casi cuatro kilos y estaba enchapado en oro. Se encontraba sobre una base de piedra lapislázuli de cuatro caras.
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Durante 40 años, desde la cita bautismal de Uruguay 1930 hasta México 1970, la Federación entregó este trofeo, a pesar de las turbulencias sufridas. Durante la Segunda Guerra Mundial, por caso, arreciaron los rumores de que los nazis lo tenían en la mira para secuestrarlo. De hecho, el dirigente Ottorino Barassi lo ocultó en una caja de zapatos bajo su cama. Y en Inglaterra 1966, efectivamente, se esfumó, y tuvo que salir al rescate un perro, Pickles, que ganó fama mundial por los servicios prestados al deporte rey.
Mientras era exhibido en el Central Hall Westminster, el guardia que lo custodiaba dejó al Jules Rimet desprotegido unos minutos para ir por un café, tiempo suficiente para que lo sustrajeran de la vitrina. Cuando Scotland Yard ardía por el escarnio público, el ciudadano David Corbett sacó a pasear como cualquier día a su perro, que detectó un paquete semienterrado. Era el trofeo, en perfectas condiciones para, meses después, ser entregado al local tras conseguir su único título en un Mundial.
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Pero antes de la edición de 1958, desarrollada en Suecia, la estatuilla ya había cambiado, hecho que disparó distintas especulaciones y teorías: desde que había sido dañada y pasó por el “taller” hasta que se había perdido y se trataba de una copia. En efecto, luego del título de Alemania en 1954 tras vulnerar al mítico combinado húngaro de Puskas, en la ciudad de Hanau se había encargado una réplica. Sin embargo, no era la que se entregó posteriormente al Brasil de la estrella naciente Pelé.
Después, lo conocido. En 1983, cuando ya descansaba de su periplo en Brasil, fue sustraído de la vitrina blindada de la sede de la Confederación Brasileña de Fútbol en Río de Janeiro: pequeño detalle, los cristales eran a prueba de balas, pero la estructura estaba precariamente adherida a la pared con cinta y madera, algo que fue advertido por los ladrones.
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La versión oficial indica que el trofeo fue cortado en pedazos en la joyería del argentino Juan Carlos Hernández, quien luego lo fundió para vender el oro a cambio de 15.500 dólares. Demasiado poco para tamaño mojón de la historia, y para la experiencia del reducidor, con contactos en el mundo clandestino del arte. De ahí las dudas sobre si la explicación de la Justicia brasileña se ajusta a la realidad de los hechos.

Pero el trofeo, o al menos una parte de él, empezó a resucitar en 2013, cuando la FIFA planificó su museo. Quienes se pusieron al hombro el proyecto se embarcaron en investigar los mitos y verdades respecto de la ajetreada vida del Jules Rimet. Las diversas fotos del trofeo llevaron a los curadores a “un descubrimiento notable”, tal como lo califican en la FIFA.
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“La historia se centró en la base de lapislázuli. En 1954, el capitán de Alemania Occidental, Fritz Walter, fue el quinto capitán en levantar la Copa del Mundo, pero cuando el equipo llegó a su nueva casa, se dieron cuenta de que solo había cuatro lados en la base. Como cada lado tenía una placa con un solo ganador, no había ningún lugar para agregar el de Alemania Occidental”, fue el entuerto con el que se encontraron, según el relato de los encargados del Museo.
“El trofeo que apareció en 1958 parecía más alto. Eso fue porque la base original de Abel Lafleur había sido reemplazada por una más grande, también hecha de lapislázuli, pero con ocho lados. El nombre de la estatuilla aparecía en el frente, que dejaba siete placas en los otros lados, cada una con espacio para dos ganadores, ampliando su capacidad para incorporar ganadores hasta la edición de 1994, si no se hubiera decidido que quedara en manos de Brasil tras tres títulos obtenidos, en 1970″, descubrió el cuerpo de investigadores.
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¿Y la base original? He ahí la incógnita. En el medio, la FIFA se había mudado tres veces de oficina, y el temor fue que en alguno de esos cambios se hubiera extraviado. El epílogo de la historia no hizo honor a la intriga que generó. “La verdad suele ser menos dramática”, indicaron desde la entidad que rige el fútbol a nivel planetario. La base de cuatro caras jamás se movió de un estante del archivo de la organización, sin rotular, por ende, invisible para los ojos menos entrenados. De hecho, ni siquiera había registro formal del cambio de pedestal en 1958.
La historia estuvo perdida, indocumentada, durante 60 años. Aunque resurgió desde la oscuridad de un archivo, indemne a los robos y las peripecias del resto del galardón. Mientras la actual Copa del Mundo, la más conocida, la de las dos figuras humanas doradas, sosteniendo el planeta Tierra, continúa con su gira, cambiando de manos cada cuatro años -y un seleccionado volverá a alzarla en 2026-, el trofeo Jules Rimet, o la copia montada sobre la base original, sonríe desde su rincón en el Museo, testigo silencioso del clímax del deporte más popular.
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