
El primer Mundial de fútbol fue en 1930. El de handbol en 1938. El de vóleibol en 1949. El de básquet -como olvidarlo- fue en 1950. La natación lo estrenó en 1973 y el atletismo una década más tarde. También hay casos más extremos: el debut mundialista de la gimnasia artística fue en 1903 aunque solo en 1934 sumaron a las mujeres, sin las cuales nadie podría imaginar actualmente un certamen realmente atractivo.
De todos los mega acontecimientos deportivos, Juegos Olímpicos incluidos, el último en encarar el desafío de un torneo mundial fue el rugby, el mismo deporte que en menos de un mes celebrará en Francia una edición que es fácil imaginar será, por cuestiones no sólo competitivas sino hasta logísticas, de las más fascinantes.
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Hasta que Nueva Zelanda y Australia -sede y subsede respectivamente- fueron anfitriones en 1987, todo el rugby internacional giraba alrededor de entrañables giras internacionales de hasta dos meses de duración y la única competencia orgánica entre seleccionados era el Cinco Naciones, que pasaron a ser Seis desde que Italia se sumó a Inglaterra, Irlanda, Gales, Escocía y Francia. ¿Elitismo? ¿Soberbia? ¿Ombliguismo? ¿Temor a lo novedoso? Probablemente un poco de todo. En todo caso, ¿cómo entender que una disciplina que nació ni más ni menos que como una variable del fútbol demoró un siglo y medio en crear su Mundial?
Muy a contramano de lo que muchos sospecharan, ese Mundial que tan tarde llegó a nuestras vidas y a nuestras pantallas es, en el combo de venta de entradas, patrocinio y audiencias a distancia el espectáculo deportivo multinacional más masivo del mundo solo superado por el de fútbol y a la par de los Juegos Olímpicos, dato entre sorpresivo y discutido un poco por desmérito propio y bastante por un combo entre prejuicio e ignorancia de los fanáticos del deporte que se niegan a la posibilidad de que el rugby sea un juego popular.
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Cuesta descifrar esta ecuación entre una disciplina cuya máxima expresión es indiscutiblemente convocante y una lógica institucional que, aún con matices y ciertas señales de flexibilización, sigue dejando la sensación de tener ocho dueños de casa (los países británicos, Francia, Australia, Sudáfrica y Nueva Zelanda) y una lista no demasiado extensa de invitados entre los que más sobresalen actualmente figuran la Argentina, Japón e Italia, en ese orden.
Los Pumas, aún con un par de amistosos de cierre con los españoles, están claramente en modo Mundial. Tanto como que su cuerpo técnico priorizó probar variantes y medir capacidades individuales antes que poner en la cancha a un eventual equipo titular tanto en los tres partidos del Rugby Championship como en la fallida despedida en Vélez ante los sudafricanos.
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El recorrido argentino en estos torneos claramente ha sido de menos a más. Tanto como que, pese de haber ganado solo un partido sobre nueve en los tres primeros torneos, a lograr el primer gran impacto llegando a los cuartos de final en 1999 después de una inolvidable victoria ante Irlanda.
El tercer puesto de 2007 -los Pumas de bronce- y el cuarto en 2015 después de una paliza histórica, también ante Irlanda que venía de lograr el bicampeonato en el Seis Naciones, completan el cuadro de honor con el bonus track de los cuartos de final de 2011.
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En gran medida, que la Argentina haya logrado instalarse como un rival de riesgo para los mejores -no por eso debemos considerarnos candidatos al título- tiene que ver tanto con los planes de desarrollo y apoyo económico decidido dentro de casa -aún hoy todo lo que huela a profesionalismo provoca alergia en ciertos ámbitos de nuestro rugby que, por cierto, después celebran las conquistas como si fuesen mérito de la Divina Providencia- como el enorme potenciamiento que logran nuestros jugadores capacitándose en las principales ligas del planeta. Imposible ignorar en lo que a materia prima se refiere, que en la lista anunciada por el australiano Michael Cheika también aparecen desde campeones olímpicos de la juventud de 2018 hasta integrantes de Los Pumas 7.
Hay pasado remoto, pasado reciente, presente, y futuro. Un combo al cual sanamente nos está acostumbrando un seleccionado con una alta dosis de diversidad: durante décadas la celeste y blanca parecía reservada no solo para jugadores de equipo de los llamados directamente afiliados a la UAR sino que era una rareza que la mayoría de ellos no representaran apenas a un puñado de clubes de los más tradicionales. Hoy celebramos que se descubran talentos hasta de lugares donde ni siquiera sabíamos que había clubes de rugby.
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Detrás de un equipo versátil tanto en lo generacional como en las destrezas individuales y una imprescindible comprensión del juego viaja una ilusión sobre cuyos detalles ampliaremos más cerca de la fecha del estreno clave ante los ingleses. Después llegarán japoneses, samoanos y chilenos. En todo caso, a mitad de camino entre el hincha y el periodista, creo que la ilusión de tener una fase inicial histórica está lejos de ser un arrebato más de triunfalismo argento.
Quizás el principal obstáculo tenga que ver con el propio mérito. El de haber hecho suficiente mérito como para ser considerado rival de riesgo para los más poderosos de los dueños del juego.
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