La Batalla de Macul entre Colo Colo y Boca


La cara ensangrentada del Maestro Tabárez, un ovejero alemán mordiéndole el glúteo a Navarro Montoya y Gabriel Batistuta con la cadena suelta como casi nunca se lo vio. Esas son las imágenes que aparecen repentinamente en la mente de los fanáticos al mencionar La Batalla de Macul, revuelta que tuvo lugar en el estadio Monumental de Santiago de Chile (ubicado en el Municipio de Macul) y tuvo como protagonistas a los jugadores de Boca, algunos reporteros gráficos de dudosa autenticidad y la Policía. Fue un día como hoy, por la revancha de las semifinales de la Libertadores 1991.

Y para comprender la gravedad de los hechos es válido repasar el contexto y la previa a este compromiso crucial. Si bien Boca venía de ganar la Supercopa 89 y la Recopa Sudamericana 90, en el club reinaba la sed de gloria y la búsqueda de un lauro de mayor dimensión. Se estaba por cumplir una década de la conquista del Metropolitano 81 de la mano de Diego Armando Maradona y más atrás habían quedado las Libertadores del 77 y 78.

El equipo de Tabárez, que había perfeccionado la estructura que heredada por el Cai Aimar, había avanzado junto a los bolivianos Bolívar y Oriente Petrolero en la fase de grupos, después de ganarle los dos superclásicos a River, que se despidió en la última jornada perjudicado por el polémico empate sin goles entre el Xeneize y Oriente. Más tarde se cargó a dos poderosos brasileños como el Corinthians y Flamengo con marcadas diferencias en los globales de 4-2. Y en semis era el favorito. Al menos eso sentía internamente el plantel.

Llegó el turno de recibir en la ida al Colo Colo dirigido por el croata Mirko Jozic, quien más tarde desembarcaría en el fútbol argentino para conducir a Newell’s. Tabárez se vio obligado a jugar al misterio hasta última hora por un virus que afectó a 6 ó 7 futbolistas. Pero la gripe que diezmó a su conjunto no impidió que el cuadro argentino inclinara la balanza a favor por el tanto de penal de Alfredo Graciani. Restaba finalizar el trabajo en suelo trasandino para pensar en la final contra Olimpia de Paraguay o Atlético Nacional de Medellín.

En un estadio mítico como la Bombonera, no habían faltado los ribetes del típico partido internacional de Copa. Se había respirado el llamado clima copero, con pierna fuerte, algún insulto e intento de amedrentamiento. Pero todo transcurrió en los carriles normales. En Chile el escenario se modificó.

“Sorprendió la agresividad con la que nos recibieron desde que nos bajamos del avión. Nos insultaron en el aeropuerto, subiendo al micro y hasta cuando entramos al hotel. Llegar al estadio fue una odisea, incluso hasta entrar al vestuario. El clima estaba raro”, recordó Víctor Marchesini, quien disputó los dos encuentros ante Colo Colo como titular y le había marcado un tanto a River en el 4-3 del debut copero.

Al saltar al campo, los jugadores de Boca notaron que había mucha más gente en la periferia de lo que se acostumbraba, a pesar de que en esa época los reporteros gráficos producían aluviones sobre los protagonistas luego de cada gol. Los primeros 45 minutos terminaron igualados en cero y, si bien Colo Colo en el complemento salió decidido a emparejar el global, fue Boca el que tuvo una chance inmejorable con un mano a mano dilapidado por Batistuta.

En un par de minutos, el Cacique se puso 2-0 arriba por los tantos de Rubén Martínez y el argentino Barticiotto, pero Boca reaccionó con un cabezazo de Diego Latorre, que se desquitó con una celebración que estuvo al límite de la provocación. La serie se encaminaba a los penales hasta que en el minuto 83 se produjo el quiebre con otro gol de Martínez. Ahí todo se desbandó.

“De la gente que había en la cancha se tenían que ocupar los árbitros y veedores de la Confederación Sudamericana (estuvieron presentes el peruano Josué Grande y el uruguayo Eugenio Figueredo). Ellos debían organizar, nosotros jugar”, aclaró Marchesini, quien aseguró haber sentido contacto verbal y físico en los saques de arco y laterales con los supuestos fotógrafos que se ubicaron a los costados de la cancha.

Fotógrafos (algunos de dudosa procedencia), alcanzapelotas y auxiliares se abalanzaron hacia el campo con el 3-1 en la chapa. Entre tantos desconocidos, uno tomó el balón del arco de Boca y lo pateó a cualquier parte. Antonio Apud, quien había ingresado por Abramovich en el segundo tiempo, fue en búsqueda del balón con la intención de reanudar rápido el juego. Los medios chilenos lo señalan como el autor del primer empujón, de generar la chispa que desató el incendio. Los argentinos aseguran que quien provocó todo fue Marcelo Oyarzún, ayudante de campo colocolino.


Ahí se armó el escándalo y una escena de violencia desencadenó en otra a lo largo y ancho del césped. La descripción de Marchesini (con la 6 en la espalda en el video) sirve para tomar dimensión del hecho en primera persona: “No es que nos arrinconaron y nos pusimos a pelear espalda con espalda, eran diferentes peleas en toda la cancha. Los fotógrafos revoleaban las cámaras con las correas y así le pegaron al Maestro Tabárez. Los policías, que daban patadas por lo bajo en la montonera, protegían a los supuestos periodistas y no a nosotros. Eran 25.000 personas contra 25; e igual cobraron ellos”.

Se registraron trompadas en todos los rincones, aunque el blanco de Boca no fueron los jugadores rivales sino los carabineros, periodistas locales y colados. El saldo de la batalla campal dejó heridos con cortes leves en sus rostros a Tabárez y Esteban Pogany, mientras que Navarro Montoya fue mordido por un perro en su glúteo (increíblemente, al ovejero alemán llamado Ron, años después le dedicarían un monumento por este triste episodio). El juez brasileño Renato Marsiglia apenas expulsó a un jugador por bando (Blas Giunta y Patricio Yañez) y reanudó la acción.

En los instantes finales, Marchesini se aprontaba para sacar un lateral cuando un hincha le arrojó una petaca de vidrio que impactó en su cabeza: “Hoy me arrepiento de no haberme quedado tirado ahí”. ¿Qué hubiera sucedido en caso de haberlo hecho? Imposible determinarlo. La victoria del anfitrión se consumó y los chilenos avanzaron a una final que los vería triunfadores ante Olimpia. Pero la odisea de Boca en Chile no había llegado a su fin.

No conformes con la clasificación, cientos de fanáticos de Colo Colo apedrearon al micro de Boca a la salida de la cancha. El bus, con algunas ventanas rotas y astilladas, se dirigió directamente a una comisaría en la que declararon Tabárez, Giunta y Navarro Montoya. Cuando el vehículo emprendió la retirada para alcanzar al contingente xeneize al hotel Acasias de Vitacura, decenas de simpatizantes colocolinos aguardaban en la puerta para continuar la agresión pese a que ya era de madrugada.


Al día siguiente el plantel boquense tomó dimensión de lo que había sucedido por las imágenes que transmitían los noticieros chilenos. Por eso los directivos, con Antonio Alegre y Carlos Heller a la cabeza, se comunicaron con la embajada argentina en Santiago para adelantar el vuelo y que no surgieran complicaciones. Pero las hubo: el juez Sergio Brunert citó a declarar a Tabárez y Giunta al 14° Juzgado del Crimen por las agresiones contra un fotógrafo. Fueron liberados bajo una fianza de 50 mil pesos.

“Los dirigentes nos pedían por favor que no contestáramos a los insultos, que no hiciéramos gestos, no miráramos a nadie ni fuéramos al free shop del aeropuerto. Que bajáramos del micro, pasáramos por migraciones y nos metiéramos directamente al avión con la cabeza gacha. Tuvimos mucho temor y miedo, no fue una estadía sencilla. Yo había jugado la Copa en Paraguay con Ferro y ahí nos habían revoleado naranjas, también jugué en Brasil, pero en Chile fue donde más visitante me sentí, fue un caos histórico. Muy fuerte”, concluyó Marchesini.

Miguel Allendes, fotógrafo que agredió y denunció al Maestro Tabárez, brindó su testimonio en la TV chilena tiempo después: admitió que cortó con su cámara al entrenador uruguayo y lo acusó de habérsela llevado como trofeo de guerra luego de su encuentro en el Juzgado. Pese a que había recaído sobre Tabárez y Giunta una disposición de arraigo, los directivos de los clubes se pusieron de acuerdo, Boca abonó unos 60 mil dólares extras en concepto de daños y perjuicios y los protagonistas viajaron junto al resto del plantel para Argentina ese mismo día.

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