Sería una injusticia, una locura, un error, adjudicarle un solo escudo a Diego Armando Maradona. Porque Diego no solo fue de los clubes que defendió como jugador, tampoco de aquellos que dirigió como entrenador. Ni siquiera es solo argentino. Maradona es de todos y así lo va a ser para siempre. Sin embargo, las historias y los registros señalarán que se fue representando los colores de Gimnasia y Esgrima La Plata, elenco del que seguía siendo el DT hasta el día de su muerte.
Fue así que alrededor de las 13 horas, en la Casa Rosada, se hizo presente todo el plantel profesional del Lobo para darle el último adiós al líder del grupo. Primero se la pudo ver a la comisión directiva de la institución, de traje y con un barbijo azul, encabezada por el presidente, Gabriel Pellegrino, quien fue el que contrató al Diez en septiembre de 2019. Los directivos respetaron el lugar de los familiares y seres queridos de Diego, por lo que decidieron rendirle respeto desde la antesala del Salón de los Patriotas Latinoamericanos, lugar donde descasaba el féretro del astro de Villa Fiorito.
Minutos más tarde apareció el cuerpo técnico, con Sebastián Méndez y Adrián González, sus dos principales ayudantes de campo al frente. Ahí se dio uno de los momentos más emotivos, cuando fueron saludando a los presentes de manera individual y dándoles el pésame, hasta que el Gallego se topó con Jony Espósito, sobrino y asistente de Diego, para unirse en un abrazo en el que no faltaron las lágrimas y las frases de apoyo. A partir de esa imagen, todo lo que vino después se desarrolló bajo un marco de suma sensibilidad.

Uno por uno, fueron ingresando los jugadores, con los más experimentados marcando el paso. Fatura Brown, Paolo Goltz, Lucas Barrios, Brahian Alemán, Lucas Litch, Victor Ayala, y el resto iban acomodándose y rodeando el cajón. Una vez consumada la ronda, el aplauso se hizo inminente al unísono, al mismo tiempo que algunos fanáticos que seguían ingresando y saliendo del lugar decidieron entonar la famosa canción “Oh oh oh oh, hay que alentar a Maradó. Hay que alentar hasta la muerte, porque al Diego lo quiero, porque es un sentimiento y lo llevó en el corazón...”.
Algunos rompieron con el óvalo para acercarse a tocar, besar o arrodillarse ante los restos de quien fuese su estratega. Y ahí, nuevamente, una imagen que de solo verla hacía que se te humedezcan los ojos: Méndez, casi como la figura de un padre, conteniendo en sus brazos a un joven Marcelo Weigandt abatido, sumamente acongojado y hundido en llanto.
Aproximadamente unos 40 minutos duró esa guardia que mantuvieron ahí los futbolistas, una imagen semejante a la de unos soldados despidiendo a su General, los marineros y su Capitán.

Es cierto que, desde la suspensión de la temporada por la pandemia del coronavirus, Maradona no se había reincorporado a los entrenamientos. Apenas había coqueteado con ir a observar un amistoso frente a San Lorenzo en la previa al inicio de la Copa de la Liga Profesional, pero un caso positivo de COVID-19 en uno de sus jugadores hizo que su entorno le recomendase que no se arriesgue de nuevo. Claro que eso no impidió que Diego no esté al día con su labor, fueron constantes los llamados intercambiados entre el Diez y el Gallego Méndez durante toda la cuarentena e incluso durante las primeras fechas del torneo.
Dicen desde su entorno que uno de sus últimos anhelos era poder volver a dirigir cuando ya se recuperara de la operación por un hematoma subdural en la cabeza. Quería “volver a sentir el olor del pasto”, como le gustaba decir a él. No lo logró, es verdad. Pero sus muchachos lo acompañaron hasta el final. Estuvieron ahí, respaldando a su entrenador, a la cabeza del grupo. Y eso es mucho más valioso que cualquier victoria o título dentro de una cancha.
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