Ángel Clemente Rojas y el escenario en el que tantas veces brilló (Gustavo Gavotti)
Ángel Clemente Rojas y el escenario en el que tantas veces brilló (Gustavo Gavotti)

Cuentan los sabios que llegaron a verlo jugar que llamaba la atención no sólo de los fanáticos de Boca sino también de los de otros equipos. Eran épocas en las que el Xeneize y River proponían un fútbol espectáculo con enormes figuras y él supo codearse con ellas pese a su corta edad. Enseguida cautivó con sus movimientos de cintura, regates, piques cortos y llegadas por sorpresa al área rival. Arrancaba como 8 y terminaba como 9. Fue una suerte de embrión de Messi. La hinchada no le dedicó un cantito particular, pero lo iban a ver desde que jugaba en la Tercera. Él es el inigualable Ángel Clemente Rojas.

Su historia -futbolística- se remonta al año 1955, cuando su padrino Don Miguel Espadachini, amante de los potreros y los pequeños talentos del barrio de Sarandí, lo convenció de ir a una prueba en River. "Después de mis viejos, fue el que me dio todo. Me acuerdo que nos tomamos el tren, pero no teníamos la citación correspondiente para que me vieran y luego de que discutiera un buen rato le pedí por favor que nos fuéramos", recuerda Rojitas con Infobae, a quien citó en la mismísima Bombonera, su otro hogar, para la entrevista.

El Pelado (así lo llamaban de niño) se quedó con las ganas de patear la pelota como hacía religiosamente bajo la luz de algún farol de esquina. Todos los días era una lucha con sus papás: Angelito no quería saber nada con la escuela y faltaba continunamente para irse a jugar a cuanto torneo lo invitaran. "Tuve cada quilombo, en casa me querían degollar. Mi vieja un día agarró y dijo 'si no le compran zapatillas, el Pelado no va a jugar más'. A la semana tenía 10 ó 20 pares en casa, cuando antes usaba uno solo", revela.

Rojitas posando
Rojitas posando

Es que los Rojas conformaban una familia humilde, con un padre trabajador a tiempo completo en la fábrica de Pinturas Pajarito, donde permaneció 35 años. Su madre lavaba la ropa de algunos vecinos y así llevaba un mango más a la casa. Y no siempre había para comer en la mesa en la que se sentaban tres hermanos: "Era jodido, la pasamos mal. Fuimos y somos humildes". Ese rasgo probablemente haya sido una de las claves de su éxito.

A los pocos meses de la negativa en River, un amigo del barrio le preguntó si lo acompañaba al Club Agronomía para probarse en Boca. El chico, de familia pudiente, había conseguido la tan fundamental "citación". El padrino Miguel obviamente se sumó a la excursión no bien se enteró. Su vecino no daba pie con bola: lo reemplazaron por otro chico y le prometieron un llamado que nunca existió. Y Don Miguel le llenó tanto la cabeza al Nano Gandulla (ex futbolista y por ese entonces reconocido cazatalentos) para que mirara al menudo Ángel que éste cedió. Entró de 9 con sus zapatillas Flecha, un short prestado y una pechera de entrenamiento. En 20 minutos clavó tres goles. Gandulla, de agudo olfato para las promesas, le dijo que al otro día se sacara una radiografía para fichar en el club.

Firmó su primera planilla con edad de Novena aunque prontamente escaló categorías y llegó a jugar sábados en la suya y domingos para una mayor. A pasos agigantados, se hizo un nombre en las inferiores de la institución hasta que en 1962 le golpearon la puerta para que jugara un año a préstamo en Arsenal de Llavallol, filial de Boca, con sueldo y todo. "Yo tenía 15 años y ahí te daban cada patada que te mataban. Y lo que eran las canchas…", dice con pesar tapándose el rostro.

En edad de Tercera hizo el clic y se convenció de que podía vivir del fútbol, aunque veía lejana la posibilidad de triunfar en el Xeneize por la calidad de jugadores que había en Primera. Oreste Corbatta, Ernesto Grillo, Norberto Menéndez, José Sanfilippo, Paulo Valentim… Hasta que llegó el día en que lo citaron en Aeroparque para viajar a Bahía Blanca y participar en un amistoso con los profesionales. "Yo ni conocía en persona a los jugadores de Boca y ellos menos a mí. Cuando nos estábamos registrando en el hotel Rattín interrumpió una charla de Adolfo Pedernera y le dijo 'déjelo al pibe que me lo llevo a concentrar conmigo'. ¡Yo me quería morir! ¿Con Rattín? Sabés lo que era… yo con mis calzoncillos largos y viejos y él con su pijama de seda", repasa con memoria fotográfica. Y agrega: "Yo ni le hablaba. Él me aconsejaba mucho, por eso lo quiero. Esa noche no pude dormir". Al otro día le tocó entrar un rato y convirtió un doblete que sirvió como carta de presentación en un holgado score con 9 goles de Boca.

Rojitas – Tapa El Gráfico – 1968
Rojitas – Tapa El Gráfico – 1968

Dicen las crónicas de 1963 que la cantera azul y oro contaba con un diamante en bruto que terminó de pulirse en cancha de San Lorenzo durante un partido de Tercera. El debut en Reserva -con doblete incluido ante Estudiantes de La Plata- lo catapultó a la Primera. El Hotel Nogaró, situado en el centro porteño, fue testigo de la primera concentración de Ángel Clemente Rojas: "Me senté a comer en una mesa de cuatro y no pude probar bocado de la vergüenza, los nervios no me dejaron agarrar los cubiertos. Mis compañeros ni se habrán dado cuenta. Al día siguiente yo pensé que iba al banco contra Vélez, pero en la charla táctica Adolfo Pedernera dio el 11 y lo mencionó. Pensé que me moría. Era una tarde de lluvia, yo pesaba 52 kilos y cuando me dieron la ropa el pantalón me quedaba como una bolsa, la camiseta grande y se me veían las patitas flaquitas", dice entre risas. Su barrio fue alertado de su estreno por el panadero de enfrente de su casa, que era enfermo de Boca. Y lo recibió con bombos y platillos al ser distinguido como una de las figuras de aquel 3-0 ante Vélez, con tres goles de Corbatta luego de tres jugadas de Rojas.

"Yo llevaba el potrero encima. Hacía lo mismo que de chico pero con otra responsabilidad. Nunca abandoné el potrero, ni al barrio ni a mis amigos de la infancia", se enorgullece al declarar. Fue adquiriendo rodaje, confianza y roce. Rattín, con quien concentró durante 11 años, se transformó en su "segundo padre".

Tenía apenas 15 partidos oficiales en su haber cuando Boca y el Santos de Pelé se cruzaron en las finales de la Libertadores del 63. Hasta hoy tiene inmortalizada en su comedor una foto junto a O Rei, quien firmó el cuadro. "Era extraordinario. Hablé con él, aunque la verdad le entendía poquito y me daba vergüenza. Hasta me dio su camiseta", revela. El crack brasileño quedó impresionado por la habilidad de Rojitas, al punto tal que hasta lo apuntó para que fuera compañero de equipo en suelo paulista, algo que no prosperó.

LA OFERTA RECHAZADA AL REAL MADRID

Boca realizó una gira en 1964, donde disputó la Copa Mohamed V en Marruecos. Rojitas venía de convertir un tanto en el 3-0 contra el Saint Etienne francés por las semifinales y frente al Madrid de Alfredo Di Stéfano no se achicó: festejó por duplicado (el húngaro Ferenc Puskas igualó transitoriamente) y condujo a la consagración al Xeneize.

Uno de los máximos ídolos de la historia “xeneize” (Gustavo Gavotti)
Uno de los máximos ídolos de la historia “xeneize” (Gustavo Gavotti)

El paseo nocturno propuesto por Rattín, que dicho sea de paso no fumaba y apenas podía llegar a tomar una gaseosa, se extendió más de la cuenta y recién pegaron un ojo a las 6 de la mañana. A las dos horas golpearon la puerta de la habitación: "Ángel, lo está buscando Don Alberto, me pidió que fuera a su pieza". La voz era la de uno de los guardaespaldas de Don Alberto. Y Don Alberto era el Puma, Alberto J. Armando, presidente de Boca. Rojitas entró en pánico, vio venírsele la noche otra vez y creyó que habría represalia por el regreso tardío a la concentración. Nada de eso ocurrió.

"Te voy a hacer una pregunta. Anoche hablé con el presidente del Real Madrid y me dijo que te quiere comprar. Vos, ¿querés ir?", fue la consulta del mandatario boquense. La respuesta casi automática, casi por inercia, fue "no". Esa situación hoy, 55 años después, suena estrafalaria. Armando, todavía recostado en su cama, le compartía a un mal descansado Rojitas la propuesta merengue. Incluso la señora de Armando estuvo presente durante ese diálogo. "No pensé, era un pibe (tenía 20 años), un pendejo. Le dije que no, que me quedaba en Boca, inconscientemente. Fue un no directo, en seco. Con el tiempo me quise matar, cómo no iba a querer jugar en el Real Madrid. Pero fue lo que se me cruzó en el momento", lamenta de aquel episodio que pudo haber cambiado su vida y carrera. Aunque no se arrepiente de haber permanecido en La Boca.

LA BROMA A AMADEO CARRIZO Y LA PALIZA DE LA "GORDA MATOSAS"

Desde la negativa del club de Núñez quedó marcada a fuego su rivalidad. Rojitas fue un jugador respetuoso (y también lo era como persona afuera de la cancha) a pesar de la irreverencia innata de su juego. Sin embargo, tuvo un desliz, un pecado de juventud. "Me mandaron, eh, me mandaron", advierte al ser interrogado por esta anécdota previa a un Superclásico en el Monumental.

Amadeo Carrizo, figura en River, llevaba un largo invicto en la valla y algunos atribuían la buena racha a la implementación de una gorra. Y a Rattín y Menéndez no se les ocurrió mejor idea que proponerle a Ángel que se la quitara antes del partido. El plan se gestó durante la concentración en La Candela: cuando el Millonario saliera a la cancha, Rojitas debía infiltrarse, recorrer parte de la pista de atletismo intentando no ser divisado y aprovechar la distracción durante la foto del equipo anfitrión para extirpar la visera. La obediente y escurridiza promesa de Boca cumplió todo al pie de la letra y Carrizo empezó a correrlo justo antes del pitazo inicial. El público empezó a percatarse de la situación y el 1 decidió desistir por la vergüenza.

Rojitas frente a River
Rojitas frente a River

"Sinceramente me quería matar después de haber hecho eso y lo llamé por teléfono a Amadeo para pedirle perdón. Fue el más grande de todos como arquero y yo le había faltado el respeto, pero no había sido un pensamiento mío. Tengo buena relación, hace un par de meses cumplió 93 años y lo llamé para saludarlo", cierra el recordado episodio.

Pero hubo otro violento en el mismo escenario. En realidad, en los alrededores de la cancha. "Había terminado un partido con River y salimos del vestuario. Yo estaba solo y pasé por la parte del hall, donde estaban varios hinchas de River, para buscar mi auto. Me reconocieron, me agarraron y me cagaron a palos. Eran 10 ó 15 y me acuerdo que la Gorda Matosas (reconocida hincha millonaria, símil a la Raulito en Boca) me daba con un paraguas. Terminé internado dos días con moretones en todos lados", se muerde los labios y esboza una sonrisa.

LA SELECCIÓN ARGENTINA Y EL FINAL

¿Por qué este fuera de serie no tuvo más oportunidades en la selección argentina? "Lo pensé muchas veces. Sabés que a dos grandes como Bochini y el Beto Alonso les pasó lo mismo. Hasta hoy me lo pregunto y no lo sé", afirma. Los métodos tacticistas de esa época probablemente le hayan jugado en contra. Rojas, menos aplicado en lo mecánico, perdía las pulseadas con jugadores que comprendían mejor esta dinámica menos lírica y estética que estaba de moda.

Rojitas con la madre
Rojitas con la madre

Algunas lesiones pusieron en riesgo su carrera, aunque poco se habló de un hecho familiar que le hizo tambalear la estantería. Rojitas sufrió por los fallecimientos de su padre, hermana y dos sobrinos hijos de ella. Pero la pérdida que más sintió fue la de su madre, cuando ya era jugador de Boca y la había llevado a vivir con él. "Justo cuando estábamos bien, comíamos y no teníamos problemas, se me fue. La mató un tren en Flores, cerca de mi casa. Eso me destrozó, me costó volver a jugar y sucedió justo en pleno apogeo. Son cosas que pasan en la vida, te da buenas y malas". Ese fue, probablemente, el trago más amargo en su vida.

Su currículum da cuenta de sus pasos por otros equipos. En Deportivo Municipal de Perú (1972) reunió buen dinero y fue con el pase en su poder, una muestra de gratitud de Armando. Luego su cercanía con Herminio Iglesias lo depositó en Racing, donde agotó sus últimos cartuchos. Lo convencieron de ir a Nueva Chicago, club en el que duró poco por falta de pago. Y en Lanús se dio el gusto de conseguir un ascenso. Fue el ocaso de una extensa trayectoria que lo vio despedirse en Argentino de Quilmes, sitio que frecuentaba para tomar sol con su mujer cuando le propusieron volver a ponerse los cortos y ayudar al Mate con la permanencia. Objetivo que cumplió.

“Rojitas” posa junto a su propia estatua que se exhibe en las entrañas de la Bombonera (Gustavo Gavotti)
“Rojitas” posa junto a su propia estatua que se exhibe en las entrañas de la Bombonera (Gustavo Gavotti)

Rojitas admite que su carácter le impidió volcarse de lleno a la carrera de entrenador, pese a que ejerció en las menores de Boca hasta llegar al punto del hartazgo. "Estuve 8 años dirigiendo pibes pero me cansé, no soportaba a los padres. Se querían salvar con los chicos, que en vez de mirar la pelota se fijaban en lo que les decían ellos colgados del alambrado. Después venían y me preguntaban '¿por qué no juega mi pibe?'. Y lógico, porque hay otro mejor o porque me equivoqué yo", se ofusca el hombre que hoy cumple 75 años y acudirá a la Bombonera para ver en vivo la revancha de los cuartos de la Libertadores ante Liga de Quito.

Ya no mira fútbol en general. Solamente se engancha con los partidos de Boca. Se centra en la familia, disfruta de los pequeños placeres de la vida y no derrocha. Tiene un techo, un auto y se puede dar el gusto de visitar la costa argentina al lado de María Inés, con quien lleva 48 años de casado.

"Me considero un ídolo porque me lo demuestra la gente. Me gustaría que el hincha siempre me recuerde como hasta ahora, con la humildad por la que me valora".

Fotos de archivo: Maximiliano Roldán