El acontecimiento es tan fuerte que agobia. Lo esperamos fatigados por la intoxicación dialéctica pero con la excitación que producen los hechos en "su primera vez".

Los millones de hinchas de Boca y de River conforman un universo tan mayoritario como excluyente; no obstante y como nunca el partido se ha transformado en un hecho que dividirá la historia en un antes y un después.

Cientos de horas de televisión, millones de palabras, miles de imágenes, impensables especulaciones e hipótesis, información circular sinfín, testimonios de cualquier valor en dinámica caravana. Todos los espacios disponibles al servicio del hecho que preanuncia inequívocamente una nueva era en el fútbol argentino, la era post final de la Libertadores entre Boca y River.

Unidos por la magnitud del histórico enfrentamiento todos hablan, todos dicen, todos opinan: jugadores, ex jugadores, periodistas, artistas, directores técnicos, obreros, empleados, psicólogos, taxistas, meteorólogos, políticos, economistas, sociólogos, ilusionistas, curanderos y adivinos.

Si la selección argentina de fútbol estuviese de cara a una final por la Copa del Mundo el clima sería mejor y más amigable pues un unánime deseo nos uniría. Y tal vigilia tendría un plazo no superior a las 96 horas. Hubiésemos clasificado un miércoles y disputaríamos la final un domingo. Y al cabo de ese periodo habría de consumarse la expectativa. Unidos y esperanzados durante cuatro días tal como ocurriera en el 78, en el 86, en el 90 y en 2014. Final de la agonía.

No es este caso de Boca y River que a favor de una pasión cada vez más encendida y multiplicada alarga las distancias bajo el irremediable pronóstico de convertir en asfixiantes los 14 días que mediarán entre el sábado 10 y el sábado 24 de noviembre de 2018.

El espacio debatible ya no será cubierto por hipótesis, especulaciones y deseos sino por aquellos factores que dejaren dudas tras el primer encuentro, el del próximo sábado. El referí chileno Roberto Tobar -demasiado inexperto y muy castigado por las lesiones-, el VAR –que terminará manejando todo y al final de todo acabará con el fútbol-, las conductas protagónicas de los actores directos, el operativo de seguridad con sus infaltables detenidos, el azar, la ausencia de Marcelo Gallardo, la omnipresencia de Guillermo Barros Schelotto, las vicisitudes de los 35 dirigentes visitantes hasta llegar a su palco, las tribunas, los cantos, las calles, todo ello renovará el discurso de las interminables dos semanas que separan la ida y la revancha. Demasiado tiempo, exagerado espacio para una masa irritable, suspicaz y altamente sensible.

Como quiera que se dé, el clima para el partido final resultará un martirio de palabras en el formato que fuere: opinión, interpretación, comentario, descripción, editorial… Convergerán en ese parlamento el partido que fue y el partido que será; el árbitro que fue (Tobar) y el que será (probablemente Wilton Sampaio de Brasil), los errores, los "cambios necesarios"… Las palabras tendrán entonces un sentido de discutible diagnóstico.

Todo será alegórico, secundario, tan prescindible como un cotillón. Lo único importante a tener en cuenta serán las palabras y las actitudes de individuos con identidad que pudieren ofender al otro, al rival.

Ese sujeto son millones de personas con una carga emotiva incontenible acumulada durante 25 días. Más de tres semanas escuchando, preguntando, respondiendo, debatiendo sobre un mismo tema en el cual están involucradas la pasión y la vergüenza.

Los organizadores han dado innecesarias explicaciones sobre la Seguridad. Los expertos internacionales de grandes eventos como los Juegos Olímpicos o los Campeonatos Mundiales nos han enseñado que la Seguridad no se comunica, sorprende con su aplicación. En el mundo nadie da detalles sobre que harán en contra de los violentos, los revendedores, los oportunistas, los dolosos. Antes bien, prefieren que no se conozcan los esquemas operativos.

¿Qué se hace si Boca al cabo de los 180' más el alargue o más el alargue de 30' y los penales resultare el ganador de la Copa  Libertadores en el estadio Monumental?

El protocolo de la Conmebol señala que al cabo del juego se colocará un escenario generoso, extendido a lo ancho y visible cerca de la mitad del campo de juego. A él accederán las autoridades de la FIFA- su presidente Gianni Infantino-, de la Conmebol – Alejandro Domínguez-, ejecutivos de las empresas patrocinadoras, el presidente de la AFA –Claudio Tapia -, los titulares de los clubes finalistas –Daniel Angelici y Rodolfo D'Onofrio– y otros pocos dirigentes de alto rango, especialmente invitados.

Una vez que todos ellos estén ubicados sobre el proscenio para entregar las medallas el locutor pedirá que suban los cuatro árbitros que dirigieron el partido, después llamará a los jugadores y al cuerpo técnico del equipo perdedor para recibir sus preseas plateadas, las de los subcampeones.

El público permanecerá en sus lugares prolongando el espectáculo. A esa altura mucha gente, hinchas del equipo victorioso, saldrá a la calle a festejar envuelta en camisetas, portando banderas y cantando con loco frenesí. Las redes sociales multiplicarán sus memes burlones hasta el hartazgo y quedará delineada una simetría con dos perfiles: la loca alegría y la profunda tristeza.

Una vez que hayan pasado los integrantes del plantel subcampeón sobrevendrá otra música que emergerá fuertemente desde los parlantes. La ceremonia se aproximará entonces a su punto más alto: el desfile de los campeones de la Copa Libertadores a quienes se les irá entregando la medalla dorada mientras un cielo iluminado por estruendosos y sorprendentes fuegos artificiales invadirán el espacio.

Cuando los campeones estén sobre el escenario y los subcampeones aplaudan en el campo de juego, Alejandro Domínguez y Gianni Infantino le entregarán la Copa Libertadores al capitán del equipo ganador. Tal como suele ocurrir éste la elevará por todo el alto de sus brazos extendidos rodeado por sus emocionados compañeros y millones de papelitos formarán una perfecta lluvia de gloria. Luego lo consabido: la ansiada vuelta olímpica con la Copa en alto pasando de mano en mano hasta la zambullida sobre el césped varias veces repetida.

Esto dice el protocolo. Absolutamente impracticable dadas las circunstancias sociales y culturales del enfrentamiento. Peor aún, una ceremonia de este tipo en el estadio del perdedor marcará una clara incitación a la violencia que debiéramos evitar.

¿Qué hacer entonces? La alternativa de mayor seguridad es que los jugadores de Boca se vayan a su vestuario una vez finalizado el partido, el club abra el estadio para sus hinchas con anticipación de manera gratuita y disponga de los mismos elementos previstos por el protocolo para la ceremonia de premiación: un escenario modular listo, que se colocará sobre la pitada final, los fuegos, los papelitos, la música, etc. El traslado de las autoridades y patrocinadores desde Nuñez hasta La Boca será un hecho simple si la Policía abre el camino.

El esperado partido viene con una enorme e inoportuna carga de provocaciones desde el más alto nivel del país. Desde aquí y hasta la consumación del histórico acontecimiento mucho ayudaría el silencio de los principales referentes.

River deberá festejar en River. Boca deberá festejar en la Bombonera. Todos deberían contribuir con su rechazo a la provocación. El presidente Macri también.