
Lo ocurrido en el cerro Hermitte, en Comodoro Rivadavia, Chubut, refleja una problemática geológica que se manifiesta en numerosos lugares del mundo: los deslizamientos. Este tipo de fenómeno implica el movimiento de suelos, rocas o sedimentos ladera abajo cuando el material pierde cohesión y estabilidad, ya sea por causas naturales o por la acción humana.
Estos eventos se presentan en ambientes muy diversos, desde regiones montañosas hasta zonas costeras o serranas, y constituyen uno de los riesgos naturales más frecuentes a nivel global. Sus efectos pueden ser altamente perjudiciales: provocan daños en viviendas e infraestructura, interrumpen rutas y servicios esenciales, generan importantes pérdidas económicas y, en los casos más críticos, pueden ocasionar víctimas fatales.

Sin ir más lejos, días atrás y tras unas lluvias intensas, un deslizamiento de tierra de gran magnitud en la región de Sicilia, Italia, dejó varias viviendas al borde de un precipicio. Las fotografías del terreno fracturado y las casas derrumbadas o colgando sobre el vacío remiten de inmediato al grave panorama que está padeciendo la población comodorense.
En el caso de la capital nacional del petróleo, el deslizamiento afectó especialmente a los barrios Sismográfica y Marquesado, donde los graves daños ocasionados en las casas, calles y servicios obligaron a la evacuación preventiva de muchas familias.

Estos fenómenos no suelen tener una sola causa, sino que son el resultado de la combinación de factores naturales —como el tipo de suelo, la pendiente del terreno o la presencia de arcillas— y factores externos que actúan como desencadenantes, por ejemplo, lluvias intensas, filtraciones de agua, intervenciones humanas o falta de planificación urbana.
El doctor Claudio Parica, quien se desempeña como presidente del Consejo Superior Profesional de Geología, explica que un deslizamiento “consiste en el desplazamiento de grandes volúmenes de suelo a través de superficies frágiles ubicadas entre distintas capas. Estas superficies están condicionadas por la composición de los materiales geológicos, que determinan la mayor o menor estabilidad del terreno. Las arcillas cumplen un papel determinante, ya que su comportamiento se vuelve especialmente problemático cuando absorben agua, factor que incrementa la pérdida de cohesión. A este proceso, se suma el efecto permanente de la gravedad, que favorece el movimiento cuesta abajo”.

Si bien el origen es, sobre todo, natural, el especialista advierte que la acción humana puede intensificar el problema, como se evidenció en Comodoro Rivadavia. La estructura geológica presente en elevaciones como los cerros Chenque, Sarmiento y Hermitte está compuesta por antiguos sedimentos marinos —conglomerados, areniscas y materiales arcillosos— susceptibles a la humedad, a los que el peso de la infraestructura urbana, como construcciones y vías de circulación, contribuye a acelerar los procesos de inestabilidad, sobre todo cuando existe infiltración de agua.
“Estos eventos ponen de relieve la necesidad de comprender las características del subsuelo, ordenar el uso del territorio y promover medidas preventivas que disminuyan la exposición de la población al riesgo”, asevera el experto.

Otra característica de estos fenómenos es que pueden encontrarse activos o latentes, es decir, pueden estar ocurriendo en este momento o permanecer aparentemente estables durante un tiempo, hasta que algún factor los reactiva. “La propia litología lo explica con claridad: donde hay presencia de arcillas y pendientes, se producirán deslizamientos tarde o temprano. En este caso particular, además, la urbanización intensifica el problema y vuelve estos procesos aún más inevitables, ya que el aporte de agua por filtraciones, cloacas o modificaciones del terreno favorece la inestabilidad”.
Parica manifiesta que no hay forma de impedir estos movimientos y que lo único posible es monitorear su evolución, para lo cual se pueden utilizar herramientas de control, como estaciones GPS y otros sistemas de medición. “Siempre terminarán produciéndose debido al tipo de rocas presentes, la composición del suelo y la acción constante de la gravedad, que empuja los materiales pendiente abajo”.

La lección que dejó el caso Hermitte: planificación, prevención y respeto por la geología
El hecho no es novedoso. La primera descripción geológica de la región data de alrededor de 1949. Ya en la década del 70, existían registros de deslizamientos en la zona y 20 años después también se verificaron movimientos de terreno, aclara el entrevistado. “Luego, llegó el informe de 2002 del Servicio Geológico Minero Argentino, que advertía con claridad sobre el riesgo y anticipaba lo que terminó ocurriendo. Aunque la evaluación fue precisa, la ignoraron, por razones que hoy generan muchas dudas”. Pero, señala Parica, más allá de ese informe, “la inestabilidad del cerro Chenque y de toda la zona de Comodoro Rivadavia era un tema ampliamente conocido, que se discutía en el ámbito académico desde hace décadas, justamente por las implicancias que tenía para las construcciones y la planificación urbana”.

Lo ocurrido en el cerro Hermitte deja una enseñanza clara: es fundamental estudiar la geología local antes de planificar asentamientos urbanos, implementar sistemas de monitoreo en áreas inestables y promover políticas de prevención y ordenamiento territorial. Comprender cómo y por qué se producen los deslizamientos no solo permite explicar los hechos pasados, sino también reducir la vulnerabilidad de las comunidades frente a futuros episodios.
“La primera medida de prevención es no construir donde no corresponde. A esto, quienes estudiamos qué puede hacerse y qué no en el territorio, lo llamamos riesgo geológico. Existen situaciones en las que no hay otra alternativa y se recurre a soluciones ingenieriles, pero, aun así, el peligro sigue siendo elevado. Haber respetado los estudios que advertían sobre la peligrosidad del área era la única política pública efectiva para evitar las consecuencias que hoy se observan”, concluye.
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