
La vacunación, junto al agua potable y los antibióticos, es uno de los pilares más sólidos que construyó la salud pública moderna, que elevó notablemente la expectativa de vida global. Sin embargo, en Argentina, este logro fundamental se ve amenazado por una preocupante y drástica caída en las tasas de cobertura de vacunas.
Este declive no es solo una estadística y el escenario epidemiológico es complejo.
A fines de noviembre, cuatro viajeros de nacionalidad uruguaya –sin vacunar– recorrieron distintas provincias argentinas mientras cursaban el sarampión, generando una alerta por el potencial brote de la enfermedad. Por otra parte, a causa del resurgimiento de la tos convulsa –enfermedad que estaba controlada– hubo diez niños fallecidos, que no habían recibido las dosis correspondientes.
A este panorama sombrío, se suma una nueva amenaza con la llegada de la variante de gripe A (H3N2). El viernes por la tarde, la ANLIS Malbrán detectó tres casos de influenza A (H3N2) del subclado K. Los casos corresponden a dos adolescentes de la provincia de Santa Cruz y a un niño internado en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, todos sin complicaciones clínicas.
En este contexto de vulnerabilidad, emerge con fuerza un debate social alimentado por el movimiento antivacunas, que, invocando un concepto distorsionado de la libertad individual, presiona por eliminar la obligatoriedad. Este pulso entre la evidencia científica –que demuestra que la protección colectiva es el único escudo real contra la reintroducción de patógenos– y la desinformación define hoy el futuro de la salud infantil en el país.
El doctor Rubén Omar Sosa, pediatra e infectólogo (M.N. 62507) que se desempeñó durante 40 años en el Hospital General de Niños “Pedro de Elizalde”, afirma con preocupación que, en la actualidad, en Argentina “hay un brote de todas las enfermedades controlables por vacunas: sarampión, tos convulsa, paperas, etc.”.

-¿Cuáles considera que son las causas de la baja en la tasa de vacunación y cuáles las consecuencias más preocupantes?
-La disminución en las tasas de vacunación es un fenómeno multifactorial. Si bien las posturas antivacunas son científicamente incorrectas –dado que las vacunas están rigurosamente probadas–, no son la única causa. Un factor significativo es la pérdida generalizada de confianza en las instituciones políticas y en las campañas masivas tras la pandemia de COVID-19. Afortunadamente, la confianza en el pediatra sigue siendo alta, por lo que es crucial que los profesionales de la salud incentiven activamente la vacunación.
El alto riesgo del movimiento antivacunas
El riesgo es inmediato y palpable: al caer la cobertura, como quedó en evidencia con el brote de sarampión y los casos de tos convulsa, las enfermedades reaparecen. Una persona no inmunizada no solo corre alto riesgo de enfermarse, sino que, al ser enfermedades que se transmiten por vía respiratoria, puede contagiar a 16 o más personas.
Para controlar el sarampión, se necesita alcanzar una cobertura superior al 95 %. La vacuna incluida en el calendario nacional tiene varias ventajas, como, por ejemplo, da inmunidad de por vida y protege contra la rubéola, una enfermedad que, si afecta a embriones, puede causar graves secuelas, como cardiopatías, ceguera y daños en el sistema nervioso central. Es lamentable que aún existan casos de rubéola congénita con una vacuna tan efectiva.
Al igual que sucedió con la viruela, el sarampión y la polio, el obstáculo principal para su erradicación reside precisamente en las bajas tasas de cobertura.
-¿Qué estrategias o campañas de refuerzo son las más efectivas para asegurar que la inmunidad poblacional se mantenga en un umbral aceptable?
-El cese de la circulación de una enfermedad está directamente ligado a una alta cobertura de vacunación. El peligro real reside en la formación de “bolsones” o focos de población susceptible sin inmunizar. Incluso en el caso de que las tasas generales cayeran lentamente, estos grupos aislados son suficientes para detonar brotes epidémicos. Si bien una cobertura inferior al 50 % es considerada crítica, se estima que un nivel del 85 % es generalmente seguro para contener la diseminación. Por ello, las campañas de refuerzo y las acciones específicas son herramientas esenciales para taponar estos focos de riesgo.

-¿Considera que la experiencia con las vacunas contra el COVID-19 afectó la confianza de la gente en las campañas de vacunación masiva?
-Creo que es clave aclarar este tema de modo que la sociedad adquiera una comprensión clara y diferenciada sobre los distintos tipos de vacunas disponibles. No hay que confundir las reacciones adversas observadas en las inmunizaciones más recientes, como aquellas desarrolladas contra el COVID-19, y el perfil de seguridad de las vacunas que forman parte del calendario nacional establecido.
La seguridad de las vacunas históricas y sistemáticas –como las del sarampión, la polio o la difteria– fue probada rigurosamente a lo largo de décadas mediante extensos ensayos clínicos y vigilancia. Su eficacia y el balance riesgo-beneficio están confirmados por la experiencia de millones de dosis aplicadas a nivel poblacional. La sociedad debe reconocer que la trayectoria histórica y la validación a largo plazo de las vacunas del calendario nacional ofrecen un estándar de certeza que no debe ser equiparado a la incertidumbre inicial que acompaña a cualquier tecnología médica novedosa.

Alarma mundial por la gripe H3N2: el panorama en Argentina
-Hoy se habla con gran preocupación del virus de la influenza A H3N2, que ya afecta a más de 30 países. ¿Cuál es el estado de preparación del sistema de salud argentino para enfrentar una nueva ola de gripe?
-La principal preocupación con la gripe (influenza) no es el virus en sí mismo, sino las infecciones bacterianas graves que pueden aparecer después y provocar complicaciones más serias, como neumonía, meningitis y otitis. Como pediatra, mi mayor preocupación es que estas complicaciones son evitables con vacunas, como la Prevenar 13 contra el neumococo. En definitiva, no me preocupa tanto el virus –que, en la mayoría de los pacientes, es solo un cuadro gripal–, sino sus complicaciones en una población no vacunada. Las vacunas, en síntesis, no solo actúan sobre las infecciones que previenen, sino en aquellas complicaciones que devienen de otras epidemias. A diferencia de los virus estables (sarampión, rubéola, paperas, etc.), la gripe muta y, por eso, no es suficiente una sola vacuna a lo largo de los años para erradicarla.
Creo, entonces, que la preparación del sistema de salud puede verse comprometida no por el germen, sino por la baja cobertura vacunal en la población de riesgo, especialmente en un contexto social de alta vulnerabilidad y carencias, similar al estrés posguerra.
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