
Las amenazas de Putin se hacen sentir cada vez más fuerte y ponen en guardia a EE. UU. y sus socios de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). En su discurso en el Kremlin durante la reciente ceremonia oficial de anexión de cuatro regiones de Ucrania a la Federación Rusa, el mandatario recordó que EE. UU. es “el único país del mundo que utilizó dos veces sus armas nucleares contra Hiroshima y Nagasaki” y dijo que esos ataques “sentaron un precedente”.
“Nuestro país también dispone de varios medios de destrucción y componentes más modernos que los de los países de la OTAN. Cuando la integridad territorial de nuestro país se vea amenazada, no dudaremos en utilizar todos los medios a nuestra disposición para proteger a Rusia y a nuestro pueblo”, enfatizó Putin en su discurso del pasado 21 de septiembre.
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La reciente movilización del submarino K-329 Belgorod aumentó aún más la tensión. El sumergible, que entró en servicio en julio pasado, puede lanzar hasta seis misiles Poseidón con cabezas nucleares de dos megatones, una carga que podría provocar tsunamis radiactivos con olas que alcanzarían hasta los 100 metros de altura. El misil Poseidón es conocido como “el arma del apocalipsis”.

La OTAN, Ucrania y el botón rojo de Putin
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El presidente de EE. UU., Joe Biden, se tomó muy en serio las amenazas de su colega ruso y habló del riesgo real de un “armagedón nuclear” si el Kremlin cumple con sus advertencias. La gran pregunta que todos los analistas intentan responder es cómo reaccionaría la OTAN a un eventual ataque no convencional de Rusia contra Ucrania, un escenario que nadie puede descartar a priori.
El general retirado David Petraeus, excomandante de las tropas de EE. UU. en Afganistán y exdirector de la CIA durante el gobierno de Obama, reveló cuál sería la reacción de Occidente a un ataque nuclear ruso sobre Ucrania. Aun cuando aclaró que un golpe de ese tipo no activaría automáticamente el artículo 5 de defensa colectiva previsto en la Carta Atlántica, este experimentado militar afirmó que un golpe de ese tipo no quedaría sin respuesta.
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¿Qué haría la OTAN? “Responderíamos liderando un esfuerzo colectivo, que eliminaría todas las fuerzas convencionales rusas que pudiéramos identificar en el campo de batalla en Ucrania y cada uno de sus barcos de la flota del mar Negro”, respondió Petraeus, en una entrevista concedida a la cadena ABC.

El escenario más aterrador
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Hasta aquí, hablamos de un ataque ruso a Ucrania. Sin embargo, existe un segundo escenario aún más espeluznante. ¿Qué ocurriría si la guerra de Putin fuera más allá de las fronteras de ese país y un eventual misil nuclear ruso tuviera como blanco un país miembro de la OTAN?
En principio, esa escalada sería muy poco inteligente y revelaría la desesperación de Moscú. Recordemos que, de las cinco potencias nucleares reconocidas por el Tratado de No Proliferación (TNP), tres forman parte de la Alianza Atlántica: EE. UU., el Reino Unido y Francia. Las otras dos son la Federación Rusa y la República Popular de China. Según datos del Instituto de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), el número total de cabezas nucleares que tienen hoy desplegadas los gobiernos de Washington, Londres y París asciende a 2144, contra las 1588 armas de ese mismo calibre desplegadas por Rusia.
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Hace tres años, cuando el escenario de un conflicto bélico entre Moscú y Occidente era una hipótesis muy lejana, la Universidad de Princeton desarrolló un simulacro de lo que podría ocurrir en caso de una guerra nuclear. El hipotético conflicto se iniciaba con el lanzamiento de un misil nuclear ruso en un lugar estratégico, en la frontera entre Alemania, Polonia y la República Checa, como respuesta a un supuesto movimiento de tropas de la OTAN en dirección a la frontera rusa.

La respuesta de la OTAN, siempre en ese hipotético ejercicio académico, sería el uso de un arma nuclear táctica, que sería arrojada sobre la base rusa desde donde había partido aquel primer misil. La Universidad de Princeton trabajaba con la hipótesis de una base militar en el enclave de Kaliningrado, estratégicamente ubicado entre Lituania, Polonia y el mar Báltico, sin frontera terrestre con el territorio ruso.
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¿Una guerra total?
La ejercitación de Princeton desataba, inmediatamente, una conflagración en toda Europa, con el lanzamiento de 300 cabezas nucleares por parte del Kremlin, y la respuesta de la Alianza Atlántica, con el uso de 180 cabezas nucleares que impactarían en territorio ruso. En ese punto, con Europa devastada, EE. UU. lanzaría un ataque con 600 cabezas nucleares transportadas por misiles terrestres y submarinos, que tendría como blanco las fuerzas nucleares rusas.
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Moscú respondería con misiles nucleares lanzados desde silos, vehículos móviles y submarinos. En ese punto, la guerra sería total y afectaría los principales centros urbanos de EE. UU. y Rusia. La Universidad de Princeton estimó el saldo de este “armagedón nuclear” en 34 millones de víctimas fatales y 57 millones de heridos en todo el mundo, a los que habría que sumar los millones de afectados por la radiación.
Parece, a simple vista, un escenario de ciencia ficción. O, al menos, así lo era hace tres años cuando Princeton lanzó su proyecto, conocido como “Plan A”. Hoy, con una guerra en pleno desarrollo en Ucrania y una Rusia que enfrenta cada vez más dificultades en el terreno, nadie se atreve a aventurar qué está planeando Vladimir Putin, el único hombre en el planeta que está en condiciones de abrir la caja de Pandora.
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