
La poeta neerlandesa Lieke Marsman murió en junio, a los 35 años, tras convivir con un cáncer terminal de cartílago que alteró sus convicciones materialistas y la llevó a pensar en Dios, lo sobrenatural y la posibilidad de ser rescatada por extraterrestres. En On Another Planet They Can Save Me, reconstruyó ese recorrido desde el diagnóstico recibido en 2018.
La amenaza de la muerte también ha sido vinculada con un mayor acercamiento a la religión fuera de las experiencias individuales. En 2019, el científico social Joseph Henrich y otros investigadores consultaron a casi 2.000 personas de Uganda, Sierra Leona y Tayikistán, sociedades atravesadas por conflictos, y concluyeron que esas vivencias impulsaban la participación en rituales y grupos cristianos y musulmanes.
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Marsman recibió el diagnóstico a los 27 años. Describió la enfermedad como una forma rara e incurable de cáncer de cartílago, con pequeñas masas de tejido defectuoso en los pulmones que avanzarían de forma lenta y dolorosa hasta asfixiarla.
“Por muy apegado que estés a tu propia visión racional del mundo, tu racionalidad no sobrevivirá mucho tiempo bajo la amenaza de una muerte inminente”, escribió. La frase dio una dimensión personal a la idea de que, ante un peligro extremo, las certezas previas pueden perder fuerza.

Cuando un médico le comunicó que su enfermedad era terminal, la autora gritó. “¿Cómo se supone que debes comportarte cuando te entregan una sentencia de muerte?”, preguntó.
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La poeta se sometió a numerosos tratamientos para prolongar su vida, incluida una operación en la que le amputaron el brazo y el hombro. Su relato dedicó menos espacio a los procedimientos médicos que a las consecuencias de esa experiencia sobre su manera de comprender el mundo.
La enfermedad y los límites de la explicación racional
Marsman cuestionó si una enfermedad solo adquiere importancia para quien la padece. “La temperatura de mi ano no afecta la temperatura del mundo”, escribió al contrastar la intimidad de sus síntomas con la indiferencia de la realidad exterior.
La experiencia la llevó a revisar su adhesión al materialismo y al positivismo, la corriente que limita el conocimiento válido a los hechos comprobables mediante la observación y la experiencia. A partir de esa revisión, leyó sobre fenómenos sobrenaturales, se abrió a la idea de Dios e imaginó que seres extraterrestres podían descender para llevársela.
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“Algunas veces pienso que me estoy volviendo loca; en otros momentos pienso en lo loca que estaba por no haberme permitido ampliar mi perspectiva hasta ahora”, sostuvo. Esa búsqueda no redujo el dolor físico ni alejó la muerte, pero desplazó el centro de su reflexión hacia aquello que las explicaciones racionales no alcanzaban a resolver.
El libro incorporó referencias a Giacomo Leopardi, Pier Paolo Pasolini, Alanis Morissette, Robert Musil, Baruch Spinoza, Eurípides, Ludwig Wittgenstein y William James. También retomó las dudas del cosmólogo James Jeans sobre la solidez de los marcos científicos construidos para comprender el mundo.
Jeans recurrió a una imagen de Platón para describir esa limitación: “Seguimos prisioneros en nuestra cueva, de espaldas a la luz, y solo podemos observar las sombras en la pared”. La metáfora condensó la distancia entre las certezas intelectuales y una muerte que dejaba de ser una abstracción.
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Las escenas cotidianas durante el tratamiento
La vida diaria siguió presente durante los momentos más extremos. Marsman contó que ella y su novia gastaron cientos de euros en empanadas porque, incluso al borde de la muerte, había que comer y esos alimentos solo requerían unos minutos de horno.

Después de despertar de la operación sin un brazo, lo primero que deseó fue un cruasán. El contraste entre la amputación y ese anhelo mínimo atravesó un relato que alternó el sufrimiento con escenas de humor.
La autora también fantaseó con formas absurdas de volver más llamativo su obituario. Entre las posibilidades imaginó morir al estrellarse en parapente o en un kart. Marsman dejó una defensa de la esperanza incluso cuando parece improbable: “Morir con esperanza, por descabellada e irrealista que pueda ser, siempre es mejor que seguir viviendo sin ella”.
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“Y en esos momentos en que todo, aquí y ahora, resulta completamente desesperanzador, me permito pensar: en otro planeta pueden salvarme”, escribió.
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