
¿Qué harías si tu vida fuera otra? ¿Qué te asegura que no lo sea y, además, no lo sepas? En el mundo tecno-científico, por ejemplo, una parte de nuestra existencia transcurre en redes sociales, incluso la virtualidad nos da la oportunidad de estar en diferentes lugares al mismo tiempo.
La amplificación de la vida privada, la posibilidad de extender la intimidad más allá del encuentro clausurado de los cuerpos, reconfiguran la idea de lo público. Cuando subo alguna foto de mi familia a una aplicación, luego de haber aceptado diferentes permisos (sin leerlos), ¿soy consciente de los contratos que suscribo, por los que cedo derechos que, para cualquier ciudadano, serían inalienables?
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Además, esa imagen pasa a estar en un dominio de uso compartido, a disposición de la inteligencia artificial que la requiera. El ciudadano… qué ficción de otro tiempo. Que vaya a hacer un reclamo a una oficina gubernamental y espere sentado a que le respondan. Por eso muchas personas se inclinan por los descargos en plataformas, cansadas de hablar con bots o acumular números de trámites. Ya no siquiera nos quedan los burócratas kafkianos a los que odiar.
La vida es algo muy pequeño. Se pierde en un mar de interacciones tan veloces como ineficaces, de esas que producen miles de efectos (con un click estás endeudado), pero que ya no logran que alguien se pregunte por qué ni para qué está en este mundo. Siempre trata de hacer cosas y vivir cansados de los trámites.
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Por suerte, cada tanto una vida cansada llega al diván.
Los casos literarios
Nuestro país tiene una extensa tradición de psicoanalistas que escriben. Quizá no haya psicoanalista al que le sea ajeno el viejo oficio de escribir. El psicoanálisis se practica, pero también se transmite. Y en esta transmisión, la escritura ocupa un lugar fundamental.
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Alcanza con entrar a cualquier librería de Buenos Aires para verificar que los estantes dedicados al psicoanálisis están atiborrados. Es también notable cómo desde el comienzo los psicoanalistas no solo se atuvieron al modelo de la comunicación científica o de circulación interna.

Desde la época de Freud, los analistas fundaron revistas, participaron de los debates de la sociedad, redactaron columnas en periódicos, extendieron sus ideas a los “legos”. El psicoanálisis no fue nunca (solamente) una práctica psicoterapéutica, sino una “interpretación de la cultura”.
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Además, podría decirse que Freud mismo escribió el primer libro de divulgación del psicoanálisis: Conferencias de introducción al psicoanálisis es un breve compendio de charlas redactadas –que Freud nunca pronunció; qué inteligente de su parte elegir ese formato para hablarle a los no especializados, quizá podría adelantarse la hipótesis de que el padre del psicoanálisis fue también el primer influencer– para llevar las ideas analíticas a la comunidad en su diversidad.
Sin embargo, no quiero detenerme en los psicoanalistas que escriben de psicoanálisis, sino en aquellos que hacen literatura. No digo que transmitan el psicoanálisis a través de la ficción, sino que –simplemente, como si fuera simple– escriben cuentos, relatos, novelas, en las que el psicoanálisis está todo el tiempo, pero no con propósito de ejemplificación. De acuerdo con la terminología del psicoanálisis, cabría decir que escriben “casos”.
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En 2018, Gustavo Dessal escribió El caso Anne, novela a través de la cual conocimos a una mujer que padece un trastorno mental grave y al Dr. Palmer, un viejo psicoanalista que –al estilo de un detective de policial negro– ejerce su método en Estados Unidos. Es el mimo profesional que, en 2020, encontramos en El caso Mike.
Si Anne es una loca con aires decimonónicos, Mike es uno de los chiflados actuales, más ordinarios, en los que fracasa la distinción entre fantasía y realidad; mejor dicho, de aquellos en los que la realidad no se suple con un delirio sino con una hiperrealidad, con una realidad aumentada o extendida, inmersiva (de números líquidos y Deep Web).
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Después de estas dos novelas extraordinarias, por la lucidez con que Dessal construye modos de subjetividad, esperaba que llegara un tercer “caso”; pero no, este año se publicó la novela Otra vida. Quedé desconcertado y agradecido por el cambio de vida, suponiéndole una idea superadora y fui a su encuentro.
La vida que es otra
Otra vida es una novela de muchas capas. Hacía rato que no leía un texto tan rico, que no se quedara en la narración lineal de una anécdota. Tiene algo de policial, algo de aventura, otro tanto de experimentación (en la estructura) y, sobre todo, una prosa cuidadísima. Dessal está en la madurez de su estilo.
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Digamos que tenemos dos grandes personajes alrededor de los cuales gira esta historia –aunque la lectura los verá multiplicarse de manera fabulosa como en un caleidoscopio de César Aira. Dos personajes: Ramón y Laurence, que entran en contacto a través de trabajar en la misma empresa y uno debe recibir a la otra para una misión.

¿Quién es Ramón? Un pelmazo. Un hijo de mamá, uno de esos tipos que no hizo de su vida otra cosa que aquello que se esperaba de él. Un obediente. Un hombre sin cualidad, uno de los nuestros, un descendiente de Bartleby y su “preferiría no hacerlo”, aunque con menos ironía y sin ninguna obstinación. Un hombre que puede llegar a fantasear, pero que nunca se moverá de su lugar y, al final, abandonará la fantasía como quien deja caer el papel de un caramelo.
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¿Quién es Laurence? Una chica lista. Hija de padres que le dieron todo menos afecto, una mujer para la que existe una única fuerza: la voluntad. Alta ejecutiva, atractiva pero no bella, sin ninguna capacidad de seducción (menos de decepción), “cuando descubrió el deseo que podía despertar en los hombres se asustó”. Casada y separada de un hombre que no amó, así como Ramón está casado con la chica del pueblo… que a sus espaldas es actriz porno para unos extranjeros que reclutan mujeres para comercializar videos por la web. Perdón, ¿escribí bien? Sí, claro. Aquí comienza la novela.
Esta historia es un dechado de personajes que se desdoblan y que, al mismo tiempo que son quienes son, son otros. Volvamos entonces al comienzo, porque la novela no arranca con una finísima elaboración biográfica de sus personajes principales (aunque la manera en que Dessal compendia en unas pocas páginas los antecedentes familiares de cada uno es de una precisión clínica extraordinaria). No, esta novela empieza con un asesinato.
En la introducción, nos encontramos con un cuerpo que flota en un embarcadero en un río de Brasil. ¿Cómo pasamos de un escenario a otro? El hombre era un genio creativo que se encontraba desarrollando un proyecto para la compañía en que trabajan Ramón y Laurence. Así nos enteramos de que esta tiene un dato de extrema confidencialidad, aunque así también lo presumen quienes planean secuestrarla, pero ¿es que la secuestran?
Aquí es que la novela se fragmenta y empieza a contar historias simultáneas como si se tratara de mundo paralelos. En uno, Ramón viaja a recibir a Laurence y, cuando va a buscar el auto, ella desaparece y, a partir de una declaración en la policía, queda comprometido con el acto de buscarla. En otro, a ella la raptan unos desconocidos a través de los cuales conoce a un capo mafioso del que se vuelve aliada.
En el tercer mundo, nada de esto ocurre y, paradójicamente, este es el más fantasioso y bizarro de los tres. Este es el mundo supuestamente real, el del Sensitive Management, en el que los empleados de una empresa reciben todas las mañanas un mensaje motivacional, como si fuera una galletita de la suerte. Este es el mundo más artificial, en el que a los empleados les festejan el cumpleaños en la empresa, incluso un día diferente de aquel en que en verdad cumplen y se invita a los familiares… y si estos no pueden venir, se contrata a actores que los representan, como en el caso de Ramón, a quien le contratan hermanos que no tiene.

“Tuvo que reconocer que había sido unos de sus mejores cumpleaños”, escribe el narrador en una página en la que estallamos de risa, porque estas locuras no son un invento de su imaginación, sino que son una moda actual en las empresas orientales. Entonces, ¿qué es real y qué no? La ficción, ¿no empieza a meterse en nuestros actos más íntimos al punto de que no importa lo que es, la verdad, sino la “creación del evento” para mostrarlo? ¿Nos dimos cuenta de que, en este siglo, la verdad es un semblante más y ya no atrapa nada de lo que está en los cuerpos, dejándolos con una vida mortificada?
En este mundo, supuestamente real, hay un encuentro cierto entre Ramón y Laurence. En una ocasión, están conversando y él, para ganar un poco de tiempo, va en busca de un café. Leamos esta hermosa página:
“¿No quiere mejor irse a su casa? Ramón se tomó una fracción de segundo para responder. Una tregua muy breve, pero suficiente para que su pensamiento atravesase una larga cadena de ideas e imágenes. Vio a Pilar sentada frente al televisor mirando el programa de la noche, el olor a comida subiendo por el patio de vecinos, el partido del domingo por la tarde, la voz de su madre al otro lado del teléfono dando el último parte del chismorreo del pueblo, él mismo navegando con el carrito de la compra por el aparcamiento del supermercado…”
Esta es la vida vacía de Ramón, que se queda y cuando Laurence le pregunta cómo le gusta el café, si solo o con leche, él comete un leve tropiezo verbal: “Solos”, dice y el efecto fue logrado. Así, este “hombre de pocas aventuras” –como se define a sí mismo– termina en la cama con esta mujer que “cuando no se hallaba en una oficina, o en las situaciones en las que era menester guiarse por la lógica de las empresas y los negocios, se volvía tan inerme como un pez fuera del agua”.
Esta parte de la historia podría situarse en la línea de las buenas novelas románticas del boom: el mundo es un disparate y nosotros nos enamoramos. En una escena que a su vez está a la altura de lo mejor de Milan Kundera (una pareja después de hacer el amor) nos metemos en los pensamientos de cada uno: “Su madre le había enseñado que el monstruo siempre aguarda en la oscuridad”, medita Ramón, mientras que ella da cuenta de un conflicto más profundo:
“Le ahogaba un poco la proximidad del hombre al que un instante atrás le había abierto todas sus compuertas, y que ahora se le tornaba una presencia incomprensible y absurda, una carga de la que no sabía muy bien cómo deshacerse sin provocar daños que le dejarían el sinsabor de la culpa. […] disfrutaba mucho menos del sexo que de la imaginación.”
El encuentro es fatídico para ambos. Los dos quieren huir. Ninguno tiene vidas en las que el amor pueda ocupar un lugar. En este punto, Dessal hace una descripción perfecta de la pareja contemporánea: no se trata del obsesivo y de la histérica, sino del niño de mamá y la mujer que se empodera para huir de una dependencia que, si se diera, la destruiría.
Aquí podemos dejar esta historia y pasar a las otras, las que se narran simultáneamente, para pensarlas –ya que la imaginación vale más que el sexo– como mundos posibles de cada uno de los personajes. En el primero, Ramón viaja a Brasil con su mamá para resolver quién mató al hombre del embarcadero. Esta historia tiene tanto humor negro como La conjura de los necios de Kennedy Toole. El personaje de la madre es desopilante.
Cuando está por viajar a Brasil, un policía le dice a Ramón: “No se queje. ¿Acaso no estaba necesitando emociones? ¿No había llegado a un punto en el que sentía que la rutina lo estaba consumiendo, que estaba entrando en esa vejez prematura que les agarra a los que se matan para pagar la letra del piso y una semana en Benidorm?”.
Ya en Brasil, mientras viajan en tierras de narcos y rebeldes, a Ramón y madre se unen dos personajes más. Por un lado, un viejo que les hace de guía y dice que va porque “al menos tendré algo interesante para contar […]. La televisión es la única realidad que la gente admite. ¿No se ha dado cuenta? Todo lo demás no existe. Usted, yo, su madre, las personas como nosotros no existen, a menos que vayan a un reality show o aparezcan en YouTube”.

Por otro lado, un espía precarizado que se suma porque el que tenía que ir tenía otro encargo y, como el negocio de la mafia también comienza a padecer la flexibilización laboral, mientras que viajan actualiza las condiciones de su contrato. Con ternura le dice a Ramón “Es mi primera misión como mafioso […]. Mis padres están muy ilusionados con eso de que haya conseguido un buen empleo”.
Si la historia “real” transcurría en un mundo disparatado, aquí ya estamos en el colmo de la extravagancia. “Cuando me tuvieron secuestrado me dieron la impresión de que eran buenos profesionales, pero tienes razón. No se puede confiar en nadie”, dice Ramón. Ya ni los mafiosos tienen códigos. El mundo se va despoblando de instituciones simbólicas y solo quedan los semblantes del consumo y el intercambio comercial.
Le aseguro, querido lector, que estoy haciendo un esfuerzo enorme por presentar con la mayor brevedad una novela inmensa. No por su extensión, sino por la sutileza con que está escrita. No me voy a cansar de decir que Dessal escribió una novela de las que ya casi no se escriben. Pasemos a la tercera historia, la de Laurence en un vínculo con un capo con el que entra en una especie de alianza.
A nadie le va a llamar la atención si digo que esta mujer “a la que los padres nunca le dieron nada que no se pudiera comprar en una tienda cara” tiene todos los miedos como para buscar la relación con lo que hoy se llama “un psicópata”. No hay mejor defensa contra el amor que el pacto narcisista. De esto va esta tercera historia.
“Vas de mujer dura, emancipada del amor, una eficaz y ambiciosa administradora de los mecanismos del poder. No tienes hijos, no sueñas con tenerlos, la soledad es la atmósfera en la que mejor respiras, y tu carrera es el único dios al que te encomiendas”, le dice Cráneo Rasurado a Laurence. Y sigue: “No necesito demasiado tiempo para captar a la gente. Ya te he dicho que soy capaz de pensar como una mujer, y por lo tanto de sentir como ellas”. Aquí tenemos al verdadero hombre sensible a que lleva la deconstrucción.
Podríamos decir que las tres historias se relacionan de la siguiente manera: ahí donde el encuentro del amor se presenta como traumático, Ramón huye hacia el delirio (con su madre) y Laurence se refugia en un vínculo en el que será un instrumento de goce, para no sentirse vulnerable. Dessal muestra de manera perfecta las defensas psíquicas que hoy se distribuyen a la hora de encontrarse con lo real de la vida: la locura y la perversión.
¿Cómo tener otra vida que sea, en efecto, otra y no una mera duplicación imaginaria de los disparates a que nos acostumbra la sociedad tecno-científica? Ya que el hallazgo de esta novela está en plantear que no hay vida, una vida, si no es otra, la que se revela a partir de un cambio en las condiciones (no de un contrato) sino de lo que nos afecta.
Y no hay (otra) vida, sin lugar para el amor. El diagnóstico está hecho: la sociedad del tecno-cientificismo dice “multiplicate” (desdoblate, disociate, etc.), pero no seas otro cuando se trate de ser vos mismo. Gustavo Dessal escribió una interpretación analítica para el mundo contemporáneo con estructura de novela.
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