
Argentina registró este martes sus peores resultados en las pruebas PISA desde que el país participa en el programa, en 2006: 6 de cada 10 alumnos no alcanzan el nivel básico en lectura y casi 8 de cada 10, en matemática. El retroceso reavivó el debate sobre cómo se enseña a leer en las escuelas del país. Y, casi llegando al Día del Maestro, reaparece la figura de Domingo Faustino Sarmiento.
Los peores resultados desde 2006
Los datos divulgados este martes muestran que Argentina registró en 2025 sus peores puntajes en las tres áreas evaluadas por PISA desde que el país participa en el programa, en 2006. Casi 8 de cada 10 alumnos argentinos no alcanzan el nivel básico en matemática; en lectura y ciencias, la cifra ronda 6 de cada 10. El país quedó octavo en América Latina y figura entre los que más retrocedieron en la región desde la medición anterior, en 2022.
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El contexto internacional no es menos sombrío: a nivel mundial, lectura fue el área con el descenso más pronunciado. El especialista español Jorge Galindo, director del Centro de Políticas Económicas EsadeEcPol, centro de políticas económicas de Esade, propuso una hipótesis para explicar la caída: el colapso de la capacidad de sostener la atención durante la lectura. Aumentó la proporción de estudiantes que responden demasiado rápido y se equivocan, y los textos largos aparecen como un obstáculo creciente. Los llamados “lectores apresurados” —alumnos que avanzan rápido sobre el texto pero no comprenden lo que leen— se multiplicaron en casi todos los países participantes.
Ese fenómeno tiene una historia más larga de lo que parece. Y en esa historia, Sarmiento ocupa un lugar fundacional.
Un método que nació en el exilio y desafió siglos de inercia pedagógica
En 1840, desterrado de Argentina por el régimen de Juan Manuel de Rosas, Sarmiento se instaló en Chile y, más tarde, asumió la dirección de la Escuela Normal de Preceptores de Santiago. Desde esa posición, y tras viajes a Europa y Estados Unidos para estudiar los sistemas educativos más avanzados de la época, elaboró lo que sería su principal aporte a la pedagogía de la lectura.
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El 5 de enero de 1845 presentó ante la Universidad de Chile el texto titulado Método de Lectura Gradual. La propuesta fue aprobada por la Universidad y luego adoptada por el Consejo de Instrucción Pública, que recomendó su uso en las escuelas oficiales del país. La primera edición apareció ese mismo año en Valparaíso, publicada y financiada por el gobierno chileno. Una iniciativa personal se convertía en política pública.
El punto de partida de Sarmiento era una crítica al método entonces dominante: el deletreo. Bajo ese sistema, heredado de la época colonial, el niño debía nombrar primero el valor alfabético de cada letra (“eme”, “ene”, “a”) y luego “juntar” esos nombres para formar sílabas y palabras. Para leer “mano”, el alumno debía recitar “eme – a – ene – o” y luego reconstruir el término. El resultado era una lectura lenta, fragmentada y dependiente de la memorización mecánica, que Sarmiento describió, sin piedad, como una práctica en la que “las nociones entraban en el débil cerebro del niño como la cuña al golpe del mazo”.
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El núcleo del método: sonidos, sílabas y gradación rigurosa
Lo que Sarmiento propuso en su lugar partía de un principio simple pero entonces novedoso: enseñar las consonantes por su sonido, no por su nombre. En lugar de “eme”, el niño aprendía el sonido /m/ y lo combinaba directamente con una vocal: “ma”, “me”, “mi”. Se eliminaba el rodeo del deletreo y se acortaba el camino entre la percepción gráfica y la articulación oral.
El método organizaba el aprendizaje en cuatro grados de complejidad. El primero introducía las letras más regulares y sus sonidos básicos, junto con las sílabas directas más simples. El segundo ampliaba el repertorio silábico con combinaciones biconsonánticas. El tercero incorporaba sílabas trabadas, diptongos y estructuras menos frecuentes. El cuarto, y último, abordaba contracciones, signos de puntuación, abreviaturas y letras de origen extranjero.
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El libro también incluía, al final, un conjunto de lecturas “corrientes”: frases y párrafos breves con cierto sentido narrativo, destinados a que el alumno practicara la lectura fluida una vez dominada la mecánica silábica. No eran textos meramente moralizantes; introducían secuencias con situaciones y personajes, lo que representaba un avance respecto de otros silabarios de la época, que apenas ofrecían enumeraciones de sílabas sin conexión alguna.

Para apoyar a los maestros, Sarmiento publicó en 1846 un volumen complementario titulado Instrucciones a los maestros para enseñar a leer por el método de lectura gradual, donde detallaba cómo organizar la clase, conducir los ejercicios orales preliminares, corregir la pronunciación y articular lectura con escritura. La voz del docente era un instrumento central: debía modelar la articulación correcta, marcar el ritmo de la lectura en coro y corregir las desviaciones individuales antes de que se volvieran hábitos.
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Chile lo adoptó oficialmente durante medio siglo
Desde aproximadamente 1850, el Método de Lectura Gradual fue el texto estándar de lectura inicial en las escuelas públicas de Chile. Millones de niños aprendieron a leer con él. Las cifras de su circulación varían según las fuentes: algunos estudios consignan más de 100 ediciones con tiradas de miles de ejemplares; otros recuentos indican unas 50 ediciones hasta 1913. En cualquier caso, se trata de uno de los libros escolares más difundidos del siglo XIX en América Latina.
El método mantuvo ese estatuto hegemónico hasta 1902, cuando el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública de Chile dispuso que el Silabario Matte pasara a ser el único libro de lectura inicial autorizado, excluyendo a los demás silabarios. El desplazamiento no implicó un rechazo radical: el Silabario Matte era también fonético, gradual y organizado en torno a sílabas; en muchos aspectos, heredaba y reformulaba el paradigma inaugurado por Sarmiento.
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En Argentina, la influencia del método fue igualmente significativa, aunque menos hegemónica. Al regresar definitivamente al país en 1855, Sarmiento impulsó la expansión de la escuela primaria y la adopción de métodos modernos de lectura. Durante su presidencia, entre 1868 y 1874, esa agenda educativa se intensificó: se multiplicaron las escuelas, se importaron maestras de Estados Unidos y el silabario gradual circuló junto con otros textos de lectura como referencia central para la formación de los nuevos ciudadanos.
Por qué se dejó de usar: los límites de un método centrado en descifrar
La sustitución del método de Sarmiento no fue un episodio abrupto, sino el resultado acumulado de varias tensiones. La más profunda fue la que los pedagogos del cambio de siglo comenzaron a identificar entre descifrar un texto y comprenderlo.
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Para Sarmiento, la lectura era, ante todo, “el arte de descifrar la palabra escrita”. Esa definición condensaba una jerarquía clara: primero la decodificación, luego el sentido. Su silabario formaba lectores capaces de recorrer cualquier texto sin tropezar con las sílabas, pero no necesariamente lectores capaces de evaluar, inferir o integrar información de fuentes diversas. Las lecturas “corrientes” del final del libro apuntaban en esa dirección, pero llegaban tarde y en dosis escasas.
A medida que avanzó el siglo XX, las corrientes pedagógicas que pusieron el foco en la comprensión lectora, en la relación del niño con el sentido desde las primeras etapas, ganaron terreno en América Latina y en el mundo. Los enfoques globales o constructivistas cuestionaron la separación entre aprender a leer y leer para aprender, y propusieron que ambas dimensiones debían articularse desde el inicio, con textos completos, conversación literaria y contacto temprano con el significado.
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El silabario gradual fue percibido, en ese nuevo clima intelectual, como un dispositivo demasiado mecánico, centrado en la técnica a expensas del sentido. Su legado no desapareció —el paradigma silábico fonético que instaló sobrevivió en casi todos los manuales posteriores—, pero su protagonismo como texto escolar se diluyó frente a propuestas que prometían conectar al niño con la lectura de manera más directa y significativa.
Un legado que vuelve con los malos resultados
La paradoja es que el debate que alimentó el ocaso del método de Sarmiento —¿decodificación o comprensión?— sigue sin resolverse, y los resultados de PISA 2025 lo ilustran. Lo que muestran las pruebas no es que los estudiantes argentinos no sepan descifrar: es que no comprenden lo que leen, que los textos largos los desbordan, que la lectura profunda se ha vuelto una destreza en extinción.
En ese diagnóstico, el método de Sarmiento aparece simultáneamente como parte del problema —porque el paradigma que instaló privilegió el código por encima del sentido— y como parte de la solución que algunos reclaman: la enseñanza explícita, sistemática y graduada de la lectura, en contraposición a métodos globales que, según sus críticos, subestimaron la necesidad de que el niño domine el código antes de enfrentarse a textos complejos.
El sanjuanino creía que enseñar a leer bien era condición de la ciudadanía republicana. Los números de hoy sugieren que esa convicción, aunque generada hace casi dos siglos, todavía espera una respuesta a la altura.
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