
Las inútiles es una novela invadida por la deformidad y la monstruosidad, pero mi principal interés era hablar de la belleza. Vivimos en un mundo atroz donde lo bello agoniza, se vuelve esquivo, se rinde ante la banalidad. No es fácil enfrentarse a la maravilla, pararse frente a un precipicio, dejarse sorprender. La belleza puede ser incluso más apabullante que el horror, puede volverse inabordable e insoportable.
Algo de esto les sucede a Alicia y Elisa, dos hermanas siamesas obligadas a encontrar alguna gracia, algún talento que justifique su existencia en un mundo dominado por mujeres fabulosas. Quise que el universo de Las inútiles fuese tan hermoso que asfixiara, que perdiera sentido y se volviera imposible. La música, la literatura, la pintura, el teatro, todas las artes exhibidas con tanta exigencia y esplendor son el verdadero monstruo de esta novela.
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Para adentrarse en escenarios exuberantes se necesitan criaturas irreverentes. Me gustaba la idea de darle vida a señoras como Madame Fefé, mujeres totalmente atravesadas y afectadas por la mística del arte, que pudiesen decir lo que quisieran y luego, si fuese necesario, contradecirse o reinventarse. Los personajes masculinos no tienen línea de diálogo, son adquisiciones que estas mujeres excepcionales pueden moldear a su gusto. Pero también siembran la discordia, son la manzana dorada que todas quieren poseer.
El amor también es un tema central. Siempre lo es. El amor, al igual que la trascendencia, son tratados como enigmas que producen cierta desesperación. Desesperación por hacerse merecedoras. Alicia y Elisa desean el amor por encima de cualquier otra cosa.
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En esta novela me di muchos lujos. Incluí un duelo de décimas, una sección de biografías ficcionadas, una pieza teatral como parodia de una tragedia griega y muchísimo humor. Exhibí un poco mi faceta de música, me di una vuelta por ciertas temáticas relacionadas con el arte de la interpretación y la música antigua. También me permití jugar con imaginarios mitológicos y transitar una enorme diversidad de escenarios que me fascinan, desde la exuberante corte del Rey Sol hasta la desconocida Isla Sentinel del Norte, o los desiertos de arena donde se levantan las pirámides milenarias.
Me divertí escribiendo, y creo que eso es fundamental para desarrollar un proyecto literario. Es fundamental divertirse, obsesionarse, apasionarse, conmoverse, construir un universo y habitarlo como si fuera una vida paralela. La literatura es un espacio infinito en el que entramos con la promesa de un tesoro. Para encontrarlo hay que andar y desandar caminos mil veces recorridos, pero también desarrollar cierta osadía para imaginar un mapa nuevo, que sea genuino con nuestros intereses más profundos y no guarde relación con ninguna moda ni promesa de éxito. La única ambición de un escritor debe ser la literatura.
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También me gustaría mencionar algo acerca del siamesismo. Me han preguntado por qué elegí personajes con esta condición, y si bien es algo que surgió de una manera muy espontánea (o al menos sin tener completa seguridad de por qué estaba haciendo eso) la corporalidad de los hermanos siameses me parece algo fenomenal y casi milagroso. Los cuerpos que exceden los límites de lo que se considera “normal” generan, en primer lugar, un asombro y una curiosidad que se parece mucho al extrañamiento que hay en una obra de arte. Primero hay que lidiar con cierta incomodidad, no sabemos cómo mirar, cómo entender, pero al cruzar esa barrera hay deslumbramiento.
Las mitologías del mundo están plagadas de seres maravillosos, también los cuentos de hadas. Necesitamos construir seres sobrenaturales que nos den alguna explicación, algún alivio mental. Los dioses y los monstruos que habitan en nuestra mente dan cuenta de ello. De alguna manera, quise que esta novela fuese una excusa para dar rienda suelta a la imaginación sin límites y, al mismo tiempo, dar cuenta de lo que es capaz la naturaleza humana. Mientras escribía Las inútiles, investigué y leí muchas historias de hermanas siamesas que me cautivaron, me conmovieron y me maravillaron, pero sobre todo me produjeron una profunda admiración. Muchas de ellas fueron mujeres increíbles, dueñas de un talento y una fortaleza que sin duda las hace dignas de ser recordadas. A ellas rindo homenaje.
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