
Manuel Vilas anunció su divorcio con una novela. El escritor aragonés, autor de Ordesa —traducida a más de veinte lenguas y elegida libro del año por Babelia—, publica en julio de 2026 Islandia (Destino), una obra en la que narra, con su habitual registro autobiográfico, el fin de su segundo matrimonio. La ruptura se hace pública a través de la ficción: el propio Vilas cuenta que él y su pareja, Ada, decidieron que el mundo se enterara de su separación por las páginas de un libro. “A Ada y a mí nos pareció hermoso que nuestro adiós se encarnara en una novela", escribe. “Que el mundo se enterase de que ya no somos marido y mujer por una novela, porque todas las novelas de este mundo hablan de amor.”
Todo arranca con una frase: “Ya no estoy enamorada de ti.” Con esas palabras, Ada pone fin a once años de relación y desencadena el relato que el lector tiene entre manos. Vilas (Barbastro, 1962), poeta y narrador, construye en Islandia una crónica del desamor desde adentro: el viaje que la pareja realiza en crucero por las costas islandesas, ya separados pero todavía juntos, se convierte en el escenario donde se procesa la pérdida. El paisaje del norte —sus cataratas, su luz interminable, sus puertos imposibles de pronunciar— funciona como contrapunto de la devastación interior del narrador, un sexagenario que oscila entre el duelo y el renacer.
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Ganador del Premio Nadal 2023 con Nosotros y finalista del Planeta con Alegría, Vilas entrega con esta novela lo que sus editores describen como su obra más ambiciosa desde Ordesa. A continuación, un adelanto en exclusiva.
Ada y el adiós (largo lamento)
No me dejes, no imagino nada peor que perderte.
Carta de Albert Camus a María Casares
(junio de 1944)
Veo gente feliz en el tren AVE, hablan y sonríen. En especial en las mesas de cuatro viajeros. Contemplo a dos matrimonios. Solo puedo ver los rostros de uno de esos dos matrimonios, un hombre de unos sesenta años y una mujer tal vez de cincuenta y cinco. Llevan una sonrisa encima que me parece amenazante, en el sentido de que yo no sonrío, ni tengo motivos para hacerlo. Están en paz con todo y su rostro emana luz. Están de vacaciones, deduzco, y van con otro matrimonio amigo, del que no puedo ver sus rostros porque me dan la espalda. También me inquieta que el otro matrimonio, que supongo feliz, me dé la espalda. Todo me aflige, todo engorda mi suplicio personal. Enseguida, enseguida contaré mi dolor, mi angustia, o tal vez mi desgarramiento, todo viene mezclado en este misterio de vivir.
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Ahora se han levantado los cuatro porque van al bar, y puedo ver que uno de los dos hombres lleva pantalón corto, pues ya está cerca el calor, a pesar de que es mayo. Visten ropa cómoda. Y yo tengo dentro de mí como una piedra, una piedra en el alma, una amputación o una posesión, como si me estuviera torturando un demonio tan invisible como eficaz. Me resulta amenazante la felicidad de esos dos matrimonios. Me recuerdan que no he sabido lograr la serenidad, la paz. Me recuerdan que he fracasado, pero aun así hay en mí un deseo poderoso de seguir adelante.
¿Cómo he podido fracasar tanto en el amor?
Si no hay nadie a mi lado, el mundo se vuelve tenebroso.
Me enfrento, con sesenta y dos años, a la segunda gran ruptura amorosa de mi vida. Creía que no habría ya más fracasos, que el haber fracasado con mi primer matrimonio era ya suficiente en ese comercio de alegría y tormento que un ser humano mantiene con la vida. ¿Pero una ruptura amorosa es un fracaso? Más bien lo que yo temo es quedar a la intemperie. ¿Qué intemperie? No volver a ser amado por nadie, eso es lo que yo temo. Por eso el matrimonio triunfa, es como una garantía de eficacia para toda la vida.
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Ahora estoy en un tren, reconcomiéndome, mudo, ausente, en otra parte, y se está abriendo una nueva dimensión desconocida en mi vida, y no quiero entrar en ella.
Es Ada, mi mujer, si es que era mi mujer, de repente he dudado, la que me deja. Eso es así, pienso y vuelvo a pensar, es ella la que se aleja de mí, y el verbo alejarse adquiere un significado nuevo y desmesurado. Irse de otro, eso es un divorcio, una ruptura. Ruptura y divorcio son dos palabras que no aciertan para nada con lo que nos ha pasado. Tampoco desamor. La palabra mejor es adiós, el adiós, el gran adiós. Todos acabamos diciendo adiós.
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Me dijo, por teléfono, hace unas doce o trece horas, que ya no está enamorada de mí. Literalmente dijo esto: “es que ya no estoy enamorada de ti, y tenía que decírtelo, ya no podemos ser pareja, a partir de este momento, no quiero vivir un mundo de engaños y mentiras como me pasó con mi primer marido”.
Es muy duro que te digan eso si no lo esperas, si no es algo acordado, si se trata de una decisión unilateral. El unilateralismo en el amor genera las mismas guerras que el unilateralismo en la política de las grandes naciones.
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Te hace sentir culpable de ser poca cosa, culpable de no ser algo mejor, algo digno de la perseverancia del otro en el enamoramiento. Ada, mi segunda mujer, me dijo hace unas doce horas que a mí me pasaba lo mismo. Ada dijo: “y tú tampoco estás enamorado de mí, y lo sabes, lo que pasa es que te has hecho a la comodidad de vivir en pareja, pero eres tú el que primero se desenamoró, lo decías en tus diarios, es verdad que no tenía que haberlos leído, lo siento y te pido perdón, pero allí lo decías, y no ahora, sino hace ya tiempo”.
Es verdad que yo escribía cosas privadas en mis agendas en donde dudaba de la relación, pero no eran reales, eran desahogos. Ada no acepta que fueran desahogos y fantasías. Qué difícil es saber qué sentimos. Y sobre todo yo, que mezclo necesidad y amor. Y que incluso cabe la posibilidad de que no haya amado nunca a nadie, ni siquiera a mí mismo.
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No sé nada.

Ada me dice por WhatsApp que pida hora con mi psiquiatra.
Es lo que acabo de hacer, pedir hora de urgencia. Tampoco mi psiquiatra sabe nada, nadie sabe nada, tomamos decisiones pensando en que sí sabemos, pero creo que no sabemos nada.
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Una canción de Amy Winehouse suena en mi cabeza. Es Back to Black, que tanto oímos en aquel coche del que luego hablaré, con el que viajábamos por Estados Unidos.
Esa canción dorada y catastrófica de una mujer enamorada llamada Amy Winehouse, que se murió de soledad con veintisiete años y que escribió el mejor poema del mundo, el poema que habla de cómo te sientes cuando el amor de tu vida te dice que ya no te quiere y de cómo se abren los palacios de la oscuridad: Back to Black.
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La pena es un abismo solitario, por eso nos aterra, porque es solitaria. La pena no se puede compartir como una tarta de cumpleaños. No existe la celebración colectiva de la pena. La pena eres tú solo, a la deriva. Y puede ser bonita, la pena. Vivo una turbación que rompe las ideas de mi mente, que trae una verduzca desorientación, un moho cerebral, después de haber oído “ya no estoy enamorada de ti”.
Estallan los pensamientos, surge el miedo visceral, no hay norte, te quedas quieto, aterrado, enmudeces, te caes dentro de ti mismo, una y otra vez, el alma está llena de cortes sanguinolentos, te duele la cabeza, respiras mal, y sin embargo sigues vivo.
Le digo a Ada que mi psiquiatra no es una maga de oriente, no tiene poderes sobrenaturales. Casi no he dormido en toda la noche. Oscilo entre la idea de que conseguiré salir adelante y la idea contraria, la de que acabaré en un psiquiátrico.
Wasaps y más wasaps.
Sí, en aquel coche blanco, en el Midwest, sonaba aquel cedé de Amy, que estará por alguna parte, pero vete a saber dónde. Lo compré yo en una tienda de Minneapolis, por diez dólares, en el año 15.
Y ese disco fue nuestro disco.
Y contenía una profecía que se acaba de cumplir:
Back to Black.
Ella ya les ha comunicado a sus padres que quiere dejarme. No, en realidad se lo ha dicho primero a sus padres, para obtener su visto bueno, antes de decírmelo a mí. No más wasaps encendidos de confusión y rabia. Vuelvo a hablar por teléfono con ella. Sus padres son su fortaleza. Yo no tengo padres. Murieron los dos. ¿Dónde está mi fortaleza? Ni siquiera en el cementerio, pues los dos fueron convertidos en ceniza, y ahora me arrepiento de que no tengan una tumba; bueno, un nicho, claro, y estoy pensando en ellos y a ellos me estoy encomendando, a su voluntad de darme la vida. ¿Intentarán ayudarme mis padres muertos? ¿Harán algo por mí desde el reino de los muertos? ¿Qué van a hacer? ¿Y qué podrían hacer por mí aunque estuviesen vivos si nunca tuvieron dinero? Si estuvieran vivos y les dijera que mi segunda mujer me ha dicho que ya no está enamorada de mí, ¿qué harían ellos? Pensarían que me han echado de un trabajo, eso harían.
No harían lo que han hecho los padres de Ada, que le han manifestado su comprensión y su apoyo. Y han entendido su desamor, y le han dicho que si ya no me amaba, pues que adelante, que allí estaban ellos. También le han dicho que yo soy una buena persona. Después de once años de estar casado con su hija me voy con un certificado de servicios, con una carta de recomendación.
“Te has quedado sin trabajo, hijo mío”, me dirían mi madre o mi padre, que ya son un solo ser en la muerte. Mi madre añadiría: “vuelve a vivir conmigo, que estaremos muy bien los dos”.
No puedo ver así las cosas, no tengo derecho a valorar así las cosas, es injusto por todas partes. Pero me vienen esos pensamientos a mi asustado cerebro. No puedo evitar ver las cosas así, explorando abismos morales siempre, así es mi vida. Y sé que llevo razón, lamentablemente. Es que tengo delante de mí la carta de recomendación de sus padres: buena persona, buen marido, pero dura diez años en el mejor de los casos.
Mis padres me habrían echado la culpa de la ruptura. Porque mis padres eran muy poca cosa, y yo también lo soy. Se nos nota enseguida. No tenemos orgullo porque nunca tuvimos dinero para comprar el orgullo. Mi hermano y yo pagamos los dos ataúdes, el de mi padre y el de mi madre. El pasado regresa cuando se produce un cataclismo. Mi padre murió en el año 5 y mi madre en el 14, y se presentan ante mí en este año 25 con sus ataúdes pagados por sus hijos para contemplar mi segundo divorcio.
Se es poca cosa por voluntad y por una forma extravagante de la elegancia. Ves lo que hay en el mundo y decides que vas a ser poca cosa, y eso ocurre porque no te crees del todo que exista el mundo; y al final no sabes si la vida es real del todo.
Sin dinero, el orgullo es un artículo de lujo que no te puedes permitir. Sin dinero, cualquier adversidad se multiplica por diez. Sin dinero y solo, por cien.
Menos mal que en Puertollano se han bajado los dos matrimonios felices, ahora en su lugar hay un hombre solo, con sus auriculares puestos.
Me llega un wasap de mi psiquiatra, dice que me sacará adelante, qué va a decir si no. Toda España es un ser deprimido y angustiado, y no hay psiquiatras suficientes. Al menos ahora la gente lo dice: “voy a mi terapeuta”. No le llaman psiquiatra, le llaman terapeuta. El eufemismo en España es el rey de la vida. En España la gente no se muere. En España no hay muertos. En España la gente solo fallece. De modo que es un país sin muertos, solo tiene fallecidos. En España no hay alcohólicos, solo personas que empinan el codo. Dicen: “sí, fulanito bebe”. No, no es así, es de este modo: “fulanito es un alcohólico”. En consecuencia, también es un país sin alcohólicos; en todo caso, un país en donde la gente bebe un poco de más. Yo pensaba que los acantilados ya habían desaparecido de mi destino. Pero están allí. Es devastador y mortificante que te digan que ya no te aman. ¿Cómo puede estar segura de eso? Es el nacimiento del pasado, ahora está naciendo el pasado. Quiero decir que si Ada ya no está enamorada de mí, he de pensar que hubo un tiempo en que sí lo estuvo, y ese tiempo ya se fue. Por eso digo que acaba de nacer otro tiempo.
Solo escribir aquí esa frase, “ya no estoy enamorada de ti”, hace que me sienta ante lo desconocido.
¿Hay vida más allá de esa frase? Insiste con convicción en que a mí me pasa lo mismo, que ya no estoy enamorado de ella. Yo le he dicho que se equivoca, que yo sí sigo enamorado de ella, pero no me cree. Nunca me ha creído nadie. Ni yo mismo. Eso también es un destino. Y ella se empeña en que yo tampoco la amo. Y el problema es que yo no tengo esa certeza, o hay algo en mí que me impide profundizar en ese dilema: si sigo o no sigo enamorado de ella.
Cuando llego a la estación de Atocha todo se derrumba, quiero decir que me pongo nervioso, que se me lleva por delante una sensación ácida de acabamiento, entro en mutismo, rabia, desorden de mis manos y de mis piernas, muerte moral. La gente nota el temblor de las manos y la contracción de tus pómulos, la caída de la mirada, o la conversión de tus ojos en dos diminutas canicas inexpresivas o dolientes, hasta la frente se desentiende, los dientes también quieren irse de tu boca, y la boca se cierra como una puerta fúnebre, y por dentro comienzan las radiaciones: el corazón hace cosas raras, la respiración se detiene, el estómago no sabe si existe o es solo una fantasía del cerebro, y, de existir, desconoce su cometido.
Reservo un Uber para que me lleve a casa.
Al menos mi temor a la ruina económica sigue en pie, pues existía antes de que Ada me dijera “ya no estoy enamorada de ti”, y me parece que dieciocho euros es una fortuna que no puedo permitirme. Este padecimiento ahora tiene otra naturaleza, porque hay un antes y un después de esa frase, que agrava la presencia de esos dieciocho euros que ya están cargados en mi desolada tarjeta de crédito, pues ella sabe que tiene la mala suerte de pertenecer al hombre equivocado. Hasta mi tarjeta de crédito preferiría estar con otro u otra, eso lo noto.
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