
En el ámbito de la ciencia de la longevidad, la cuestión de si el envejecimiento debe clasificarse como una enfermedad es objeto de debate constante. Algunos biogerontólogos sostienen que considerar el proceso de envejecimiento como patológico abriría nuevas vías para la investigación clínica sobre sus mecanismos y cómo podrían ralentizarse.
Estudiar la biología del envejecimiento puede ayudar a prevenir las enfermedades relacionadas con la edad. Pero cuando se propuso el término “vejez” en sustitución de “senilidad” en la Clasificación Internacional de Enfermedades de 2022 de la Organización Mundial de la Salud, la polémica que siguió se centró en el hecho de que gran parte del mundo ya considera el envejecimiento y a las personas mayores como una plaga de la peor calaña.
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En Estados Unidos, en particular, el culto a la juventud y la consiguiente negación de la muerte se han elevado a la categoría de religión, un fenómeno inseparable del de una sociedad individualista, obsesionada con la imagen y consumista, regida por el crecimiento constante del capital. El impacto de una pandemia mundial que cobró la vida de 1,2 millones de estadounidenses provocó un auge en la economía del bienestar del país, especialmente entre los jóvenes, al tiempo que la infraestructura de salud pública y la financiación de la atención médica entraban en crisis paralelas. Que semejante cataclismo no haya generado una reflexión más profunda sobre cómo vivimos, envejecemos y morimos parece estar relacionado con el hecho de que más del 75% de las víctimas de la COVID-19 eran mayores de 65 años.
En su primer libro, Aging Out: An Exploration of Caregiving, Community, and How Americans Grow Old [Envejecer: Una exploración del cuidado, la comunidad y cómo envejecen los estadounidenses], Lucy Schiller se siente impulsada a ocupar el vacío donde debería estar esa reflexión. Cuando su abuela paterna, Anita, falleció tras contraer Covid de una cuidadora a domicilio, la confusión de Schiller ante la pérdida estaba ligada a un contexto más amplio: “En el lapso entre la muerte de mi abuela por Covid y una muerte ‘normal’, no sabía cómo interpretar lo sucedido”, escribe. “No podía discernir si su muerte había sido natural o no… Sentía que si lograba responder a esa pregunta, podría comprender cómo sobrellevar el duelo".
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Los escritos de Schiller sobre una mujer a la que evitó conocer en vida —cuando estalló la pandemia, pasó varios meses cuidando a su otra abuela— constituyen algunos de los pasajes más convincentes y conmovedores de este libro. En otras partes, el material personal, concebido como motor y nexo de unión, ralentiza la narración, que combina reportajes sobre el sector de la atención a largo plazo y los servicios de acompañamiento para ancianos; retratos de figuras como la activista y fundadora de los Panteras Grises, Maggie Kuhn; y críticas a las entidades públicas y privadas que se aprovechan de sus usuarios y clientes de la tercera edad.
Aún en la treintena, Schiller nos cuenta que sufre una tendencia a “una especie de vagabundeo difuso por el mundo”, una existencia flotante cuyas limitaciones una carrera como escritora no solo puede ocultar, sino también mitigar. Afirma conocer íntimamente las condiciones que asociamos con la vejez: invisibilidad, precariedad, aislamiento. La experiencia de Schiller de sí misma como fragmentada e irreal influye en sus observaciones sobre la necesidad de “una comprensión más amplia, clara y colectiva de la realidad... si queremos creer realmente en nuestra propia vejez, en nuestro propio futuro, como algo a lo que podemos acceder”. Pero nuestra comprensión de su situación no se profundiza ni evoluciona, y sus abstracciones a menudo contrastan incómodamente con las diversas urgencias e injusticias que Schiller encuentra en su trabajo periodístico.
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Una corriente subterránea recorre el torbellino personal y político de Schiller: el hecho de que muchas de sus protagonistas sean mujeres refleja hasta qué punto el envejecimiento es un fenómeno asociado a lo femenino, y la vejez, una experiencia predominantemente femenina. Las mujeres viven más que los hombres, pero poseen mucha menos riqueza; ocupan la mayoría de las camas en residencias de ancianos y constituyen una parte aún mayor de la fuerza laboral en el cuidado de la tercera edad. Envejecer analiza la explotación de ambas partes en esta ecuación, y la atrofia social y cultural que ha permitido que progrese sin control. Aunque feminista de toda la vida, Maggie Kuhn, que emerge aquí como una figura fascinante y compleja, centró su movimiento en la justicia racial y económica; fundó las Panteras Grises en 1970, tras verse obligada a jubilarse a los 65 años.
Hoy en día, como señala Schiller, mantenerse “productivo” se considera no solo un derecho, sino un distintivo de un “envejecimiento exitoso”. La mejor manera de evitar el abismo en este escenario es seguir trabajando; una situación conveniente, dado que muchos estadounidenses ahora tienen pocas opciones.
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Hacia el final de Envejecer, Schiller se reúne con un miembro actual de los Panteras Grises y describe su resistencia a hablar sobre “la antipatía de los jóvenes hacia los mayores, la avalancha de antiboomerismo que imagino que Maggie, si estuviera viva hoy, encontraría a la vez desconcertante y tristemente comprensible”.
La idea más profunda de Kuhn sigue vigente: cualquier lucha por la dignidad y el bienestar de las personas mayores debe ser intergeneracional, conectando a los jóvenes con la vejez plenamente humana que solo los más afortunados llegarán a ver.
Envejecer: Una exploración del cuidado, la comunidad y cómo envejecen los estadounidenses, por Lucy Schiller, Flatiron, 261 págs.
* El tercer libro de no ficción de Michelle Orange, Dog People, se publicará el año que viene.
Fuente: The New York Times.
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