
A veces pasa: leés un libro que te gusta, leés al toque otro libro que te gusta y de pronto empezás a encontrar que entre ambos hay muchas cosas en común, aunque en un principio nada hacía prever tal asociación. Es una especie de revelación que, aunque puede estar relacionada con el entrenamiento lector, nos hace creer que cierta magia se desprende de la lectura. En este caso, de dos lecturas.
De estos libros, que consiguieron arrancarme del apocalipsis cotidiano de vértigo y ansiedad, voy a hablarte hoy.

Nadar de día
Juan Vitulli nació en Rosario en 1975 y vive en Indiana, Estados Unidos, hace muchos años. Es profesor universitario, con muchos créditos académicos, y es también escritor. Publicó el libro de relatos Sur de Yakima (Corregidor) y los de poemas Primavera Indiana (Tren Instantáneo) y De Natando y otras criaturas de la costa (Brumana), donde había versos como “Se dejan los lugares / como se puede: a pie / o a nado”. Recientemente fue consagrado ganador en el concurso de cuento anual de la Fundación El libro, por su libro El surco y el peso. El año pasado Bulk Editores publicó Mis piletas alemanas, un título sugestivo que me atrajo enseguida. No me defraudó.
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Desde que comenzó a escribir ficción, hace menos de diez años, Vitulli nada todos los días 53 minutos sin parar en la pileta del campus de la Universidad de Notre Dame, en la que investiga y dicta clases del barroco, ahí en el Medio Oeste norteamericano. Llegar hasta la pileta le demanda unos 8 minutos y asegura que nadar le ordena el día y, parece, también le ordena la escritura.

Hace algunos años, cuando el Covid todavía era una amenaza, Vitulli pasó unos meses en Berlín, en pleno invierno de la pandemia. Llegó en diciembre de 2021, no hablaba alemán, sigue sin hablarlo (“decir pileta y que me entiendan, creo que eso es lo que busco cada vez que salgo a nadar en Berlín”) y la dificultad para entender y hacerse entender será uno de los ejes de este libro, por momentos fascinante, cuyo punto de partida es un desafío que se propuso el autor: conocer Berlín, su historia y su cultura, a través de sus piletas públicas. Mis piletas alemanas narra con el barbijo puesto los modestos éxitos y fracasos de la ambiciosa empresa.
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En cada capítulo, una pileta, la crónica del viaje hasta llegar al punto de la ciudad en el que está ubicada la piscina, la espera hasta entrar, la historia del barrio y de la construcción, las figuras humanas y no humanas con las que el narrador se va encontrando en el camino y en la puerta de entrada, los minutos y los estilos nadados y los obstáculos encontrados en cada peripecia. También hay pequeños retratos de época vinculados a los espacios en los que nada, o encuentros insólitos con el pasado en algún transporte público, esas epifanías que solo se viven durante los viajes.

Es un relato en el que no hay grandes hallazgos ni sorpresas y su mayor virtud está justamente ahí: en la destreza y el humor sutil e inteligente con los que narra la rutina que se propuso como viajero del agua, una rutina que se ve alterada por cuestiones mayores como la imposibilidad de comunicarse con los alemanes y otras, menores, como si el QR que habilita su entrada puede leerse correctamente, o el modo en que se las rebusca para robar algunas fotos (que están en el libro), o si se equivocó de día cuando hizo la reserva, o si se pierde camino al vestuario porque no alcanza a entender los letreros, o si los jubilados y jubiladas plenos de tiempo libre que ingresan a la pileta a la misma hora se convierten en un estorbo para su ir y volver nadando a su ritmo por el carril elegido.
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Algunas veces lo logra. Se lee en este fragmento del capítulo “Stadtbad Spandau Nord”:
“Estoy, por fin, nadando como a mí me gusta. Algo que parecía imposible en Alemania. Siento los músculos de la espalda aliviados, los brazos responden en cada nueva vuelta que doy, estoy, como dicen los deportistas, en la zona, sin nada que me distraiga, maximizando los movimientos del cuerpo para lograr el objetivo que vine a buscar al agua. Un tiempo personal, un tiempo distinto al que sucede afuera, donde estoy a merced de los trenes y los buses, de los semáforos que me niegan el paso, de todas esas personas subiendo escaleras que me llevan hacia un destino que desconozco.”
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Después de leer su libro, le escribí y le pregunté de dónde salió la idea de Mis piletas alemanas. También quise que me hablara de su vínculo como lector con “El nadador”, el maravilloso cuento que John Cheever escribió en 1964 para The New Yorker y que se convirtió en su cuento más célebre.
Tal vez lo recordás: el protagonista es Neddy Merryl, que un día de verano en el que todo el mundo parece haber tomado de más pero él se siente muy satisfecho, se propone recorrer el condado pileta a pileta, pasando, una tras otra, por las casas de los vecinos, hasta pegar la vuelta para regresar a su propia a casa, a su mujer, a sus hijas, a su cómoda vida burguesa. La expedición tiene tropiezos porque no todos los amigos lo reciben amorosamente con un trago y un abrazo, como había planificado. Y porque el tiempo también lo sorprende ya que pasa mucho más rápido de lo que esperaba.
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Y no te cuento más; te transcribo las respuestas de Juan Vitulli.
“La verdad es que el libro se fue haciendo al mismo tiempo que yo estaba en Berlín e iba a nadar”, me responde. “La rutina que había organizado era, obviamente, primero encontrar la pileta, después reservar -como aparece en el libro- porque el acceso no era tan simple y, al otro día, salir a la travesía. Lo que iba haciendo era tomar notas durante el viaje, el camino hacia el colectivo, el metro y también la llegada a las piletas. Nadaba. Cuando volvía a casa transcribía enseguida las notas que había tomado en el teléfono. Pensé que iba a ser un recorrido mucho más amplio, unas 30 piletas, pero no me dio el tiempo”.
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— ¿Entonces abandonaste el proyecto? ¿O lo congelaste?
— Guardé cada una de las notas; tenía textos que había empezado a escribir, algunas escenas, siempre pensando en un corpus amplio de piletas como para poder formar un libro. Pero se termina mi estadía en Berlín, regreso a Indiana, y de alguna manera el proyecto queda metafóricamente en un cajón, porque tenía que empezar a trabajar y hacer otras cosas. Después de un tiempo, vuelvo a Berlín y un día estoy paseando y me escribe el escritor mexicano Fabio Morábito, que escribió un libro hermoso sobre esa ciudad (N. de la R. : También Berlín se olvida, de Gog & Magog) y con quien tengo una amistad y me pidió unas fotos de unos kleingarten, esos jardines chiquititos, pequeños huertos urbanos sobre los que él escribió. Le mando las fotos y le comento lo que había estado haciendo en el viaje anterior; me dice que le encanta. Siempre jugamos un poco con esta idea de los proyectos disparatados que no van a ningún lado. Pasa un tiempo, me vuelve a escribir y me cuenta que hay un evento virtual organizado en la ciudad de Berlín, que él va a leer unos textos suyos sobre los kleingarten y me dice: ¿Por qué no leés algo vos de tus piletas? Cuando Morábito me dice eso digo: bueno, tengo que sacar las notas del cajón. Y empiezo a releerlas y, al tener que organizar esta lectura, vuelvo a las diez piletas alemanas que tenía y ahí empezó a transformarse en un libro. De alguna forma, redescubro el proyecto estando en Indiana, viendo las piletas de lejos y gracias al desafío propuesto por un amigo.
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— Tu libro es, entre otras cosas, un homenaje a Cheever, sin dudas. De hecho nombrás “El nadador” en las primeras páginas, cuando enunciás el proyecto de “cruzar Berlín nadando en sus piletas”. Me gustaría saber qué te pasa con ese relato.
— El cuento es obviamente uno de mis cuentos favoritos, lo leo todos los años. Me gustan también las notas sobre el cuento que toma Cheever en su diario ; no quiere que sea un cuento alegórico y dice que no quiere que sea un Narciso, ¿no? Ahí él pone en un primer plano la idea del paso del tiempo, que es clave, a pesar de que el cuento tiene una visión muy, podríamos llamarla, de lugar, es decir, el protagonista busca cruzar el lugar familiar para llegar a esa casa que, cuando llega, ya no es la misma. A Cheever le interesa mucho la idea de volverse viejo en una tarde, dice, y esa idea me encantó. También fui descubriendo la película basada en el cuento (N. de la R.: es con Burt Lancaster; empezó dirigiéndola Frank Perry y la terminó Sidney Polack). A partir de ahí fue como un descubrimiento tras otro y traté, de alguna manera, de conectarme con esa serie de nadadores y nadadoras reales e imaginarios que cruzan, también, lugares reales e imaginarios.
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Vitulli escribe endemoniadamente bien; creo que podría narrar en detalle su recorrido por el pasillo de un PH hasta el container de basura que está en la puerta y también lo leería con interés. Pero además me fascinan los relatos vinculados a la natación, las piletas, los estanques, los lagos.
No tuve ni tengo rutinas de natación y si puedo decir que sé nadar es porque soy una atrevida: aunque no compito ni conmigo misma, no le temo al agua, puedo desplazarme y no me ahogo; desde siempre disfruto de los chapuzones (en otra nota, hace un tiempo, me definí por esto último como una chapucera del agua).

El viaje tan esperado
Me gusta mucho cómo escribe Santiago Loza y me gusta mucho básicamente cómo mira a las personas, los objetos y los espacios sobre los que escribe. Puede parecer una banalidad, pero creo que lo que me gusta es sobre todo el modo en que consigue hacer arte con su neurosis. Me interesa todo lo que hace (su película Los días chinos todavía puede verse los viernes a las 18.40 en el Malba) pero hay algo muy especial que me sucede con sus libros de no ficción: consiguen abducirme. Es su modo de contar, de experimentar con los modos narrativos y también con la perspectiva y los puntos de vista (su libro Pequeña novela de Oriente está narrado en segunda persona, por ejemplo).
Santiago nació en Córdoba en 1971, vive en Buenos Aires, y es cineasta, dramaturgo, narrador y guionista. A veces altera dramáticamente la dirección de su deseo y es durante un tiempo una sola de esas cosas pero muchas veces, por no decir siempre, es todo eso al mismo tiempo.
Dirigió las películas Extraño, Cuatro mujeres descalzas, La invención de la carne, Ártico, Rosa Patria, Los labios, codirigida con Iván Fund; La paz, El asombro, Si estoy perdido no es grave, Malambo, el hombre bueno, Breve historia del Planeta Verde y, más recientemente, Los días chinos, que recibió los mejores comentarios críticos. Esa película es resultado de un postergado viaje a China. Ya pensando en filmar, Loza se propuso hacer una sola toma diaria y el resultado es un film magnético que conmueve por esas imágenes elegidas y por el texto que recita, pausadamente, la voz en off de su creador.
Como dramaturgo, escribió entre otras obras Nada del amor me produce envidia, He nacido para verte sonreír, Matar cansa, Almas Ardientes, Un minuto feliz, La enamorada, Todas las canciones de amor y Viento blanco. Publicó la novela y poema dramático Yo te vi caer (Documenta) y las novelas El hombre que duerme a mi lado, La primera casa y Un espíritu modesto (Tusquets) y los libros de no ficción Nadadores lentos (Documenta), Pequeña novela de Oriente (Entropía), Diario inconciente y Diario chino (ambos de Bosque energético). Es justamente Diario chino el libro que leí en continuidad con Mis piletas alemanas, de Vitulli, y que me permitió seguir en estado zen durante algunas noches.
Por diferentes razones el viaje a China había sido postergado y su deseo seguía ahí, abierto a esa curiosidad y a lo que entonces era un enigma. A partir de su llegada a Shanghái, Santiago tomó muchas notas pero no pudo escribir estando ahí (alguna vez me dijo en una entrevista que en esas residencias o festivales o espacios en los que varias personas que comparten un arte forman parte de un contingente y una rutina ya organizada es que “se vive o se escribe”). Sí, en cambio, planificó filmar ese presente anhelado y cumplió apelando a otra rutina: una toma diaria, con una muy buena cámara de fotos que le prestó un amigo. De ahí salió Los días chinos y también Diario chino, producido a partir de las notas que tomó durante ese viaje.

El libro reúne 111 bloques de texto que reúnen crónica, reflexiones y sensaciones diversas. Entre las sensaciones, los dolores físicos, que suelen aparecer en los libros de Loza. Esta vez es un dolor de mandíbula y oído que afecta toda la experiencia. Seguir las huellas del viaje es también seguir el itinerario del dolor. Es también encontrarse con maravillas en construcciones, en escenas inesperadas y con la perplejidad de una lengua inexpugnable. Es, también, encontrarse con el té a cada paso. Con las hojas de té.
Fragmento 31 de Diario chino:
Duele un poco menos, no quiero cantar victoria.
Que cueste morder es algo que me impide entrar a la realidad china. No poder disfrutar a pleno de la comida genera aislamiento. Comer es una manera de ser parte del paisaje. Algunos sabores que no requieren masticar me arrastran, el té, por ejemplo.
Ayer compré una pequeña tetera que tiene el pico con forma de trompa de elefante, y una taza diminuta con su platito y su tapa.
Hoy tomé frente a mi entana. D me dio un poco del té que compró.
Hiervo el agua, coloco las hojas verdes, espero, tomo y miro los edificios al frente.
No hay señales de vida acá arriba. Estoy tranquilo cuando tomo té. Noi requiere otro esfuerzo que estar.
Puedo pasar en silencio estas horas.
D es una amiga oriental del narrador, a quien conoce de un viaje anterior, cuatro años atrás, cuando comenzó la espera y la desazón. Indescifrable como la lengua que oye alrededor, D será guía amistosa pero también obstáculo durante los días que compartan en China, tan lejos de casa y con una diferencia horaria que lleva al viajero a sentirse en otro planeta, en otra esfera, en otra vida.
La soledad del viajero, el jet lag, el dolor físico, la distancia con lo que no se comprende, la maravilla y el misterio. “Entre lo que miro y siento hay una especie de filtro, una separación o una membrana. Shanghái estalla de vida, de estímulos alrededor, y apenas puedo, miro todo con una leve apatía, no lo puedo definir. Qué obligación insoportable tener que asombrarse.”
La natación ya había aparecido en Nadadores lentos; en Diario chino llega como un remanso, cuando el narrador y protagonista descubre a través de otra persona que enfrente a donde están viviendo hay una pileta. Hace los trámites para ingresar, describe todo el procedimiento, se lanza al agua. A diferencia del narrador de Vittuli, que se molesta con los cuerpos de los otros porque no le permiten practicar su rutina profesionalizada, después del desconcierto inicial por el caos de figuras que nadan estilo pecho en una pileta sin andariveles, el nadador de Loza decide seguir la coreografía.

“A los minutos logro entrar en el código caótico de nado, voy detrás de algunos nadadores que no me parecen tan malos, nadadores intermedios. No nado bien, nado apenas mejor que algunas de las personas que se mueven con dificultad. Tengo un cuerpo que ha perdido elasticidad. Me corresponde seguir este enjambre general, esta lentitud colectiva de la que soy parte y me identifica. El agua es transparente, muy limpia, veo pies ue se agitan, manos burbujas. Soy el único que no lleva puesta una gorra, no conseguí dónde comprarla; soy caldo, tal vez no haga falta. Soy el único no oriental que está en el agua, mi cabeza rapada, brillosa, es un punto blanco en esa marea humana. Nado como puedo, pero nado. Me agito, hacía semanas que no nadaba. El cuerpo recupera de a poco la memoria del nado”. (Fragmento 51 de Diario Chino).
Disfruto del libro, que consigue abstraerme del escroleo compulsivo en las redes. Me sumerjo, me arrojo a esas aguas que me seducen y me hacen olvidar esa nueva forma de esclavitud, la del miedo a perderme algo. Loza y su libro me secuestran para llevarme a buen puerto.
Le escribo cuando lo termino porque quiero saber qué es China hoy para él, después de haber sido tantos años deseo incumplido (hay en el final una coda que de algún modo lo anuncia, pero quiero escucharlo). Me cuenta que hace poco más de un año retomó el aprendizaje de pintura con la artista plástica Gabriela Gutiérrez. Y me dice también que en ese espacio, por varios motivos (una de las compañeras que hizo una residencia en la China o en los libros y los materiales que con los que trabajan) reaparece China todo el tiempo, se la menciona o aparece en las formas que tienen algunos ejercicios o incluso en la caligrafía. Vuelve a aparecer, vuelve a filtrarse China, dice Santiago.
Insisto con quiero saber qué es hoy concretamente China para él, después de que conoció, miró, filmó y escribió. Esto me responde por audio de whatsapp:

“Después de haber estado hace unos años y de haber hecho la película y haber escrito el libro me sigue pasando con la China como una suerte de ansiedad y picazón estomacal. Sigue siendo un espacio de misterio al que van mis pensamientos, un lugar al que quisiera volver para desentrañar cosas. Yo tengo la sensación de que incluso cuando estaba y cuanto más leo sobre la China, menos comprendo, y que la manera en que pude acercarme fue acercarme a mi propio estado de desconcierto. China sigue siendo un lugar al que van mis pensamientos, al que vuelvo. De alguna manera, el libro y la película le pusieron como un orden a ese pensar en la China, que era un deseo tan grande. Porque era un viaje tan deseado también acerca de quién iba a ser uno en esos espacios o cómo íba a ser en otra vida. Me sigue generando mucha curiosidad, me descubro leyendo noticias o alguna amiga o amigo me manda videítos de China. Hace unas semanas vinieron de visita a la Argentina las personas que me llevaron a China y estuvimos un ratito. También hay algo misterioso ahí: nunca sé bien qué piensan y al mismo tiempo ha sido muy amoroso y amable ese encuentro. Todo sigue en esa zona de misterio y ansiedad y de ganas de volver como se pueda, cuando se pueda o incluso volver desde la escritura misma o desde la posibilidad de imaginar vidas chinas, algo de eso”.
Habla, lo escucho, y es como si lo leyera.
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