Con el tour Fotografías, basado en su flamante disco del mismo nombre, Rubén Blades le pone fin a su camino en los escenarios para cerrar apenas una parte de su historia. La leyenda panameña asegura que es la última vez en la carretera, que ya no tiene ganas de salir por el mundo a cantar sus canciones, que prefiere enfocarse en otras prioridades, pero antes quiere despedirse de su gente en diferentes partes del mundo. En definitiva, invita a compartir un “last dance”, nunca mejor usada la figura para alguien que revolucionó para siempre la música latina.
“El problema no es que me sienta con menos fuerza, sino que es una cuestión de tiempo”, le dice a Infobae el artista de 77 años, que deja en claro que no se retira de la actividad artística sino que prefiere administrar los esfuerzos. “Hay varias cosas que me gustaría todavía intentar hacer, entre ellas retomar mis relaciones con mi familia y con mis amigos, que siempre han dependido del tiempo y de las ocupaciones que tengo. Voy a hacer música un rato más, pero ya se hizo lo que se tenía que hacer”.
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Lo firma Blades desde Nueva York por videollamada, en una entrevista exclusiva con Infobae, el único medio argentino con el que va a hablar antes de su visita el 16 de agosto en el Movistar Arena. Y “lo que se tenía que hacer” es ni más ni menos que un diagnóstico de más de medio siglo de la comunidad latina en forma de canciones. De sus penares, de sus alegrías, de las injusticias, de las migraciones. Sea en solitario, en aquél mítico dúo con Willie Colón o junto a la actual Roberto Delgado Big Band, su monumental obra lo ubica entre los más grandes compositores de habla hispana del último medio siglo. Y, sin embargo, esta es apenas una aproximación posible a su personalidad.
Actor, abogado, dirigente político, activista, excandidato a presidente de Panamá, la de Blades es la muestra cabal de un hombre que hizo de cada una de sus inquietudes un camino posible para trascender. En el caso de la música, lo que nos ocupa principalmente en esta entrevista, su nombre está en un lugar destacado tanto en la enciclopedia como en el corazón de los pueblos. Canciones como “Pedro Navaja”, “Tiburón”, “Amor y control”, “El cantante” y “Plástico” entre tantas otras fueron la banda de sonido de las oleadas migratorias que vieron en Estados Unidos un norte. Pero aparte de hacerlas bailar, la invitó a pensar. Y en eso fue pionero, referencia y una bandera que lo conecta con las nuevas generaciones.
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Cuenta la leyenda, y lo ratifican las canciones y los hechos, que de su sociedad con el trombonista Willie Colón cambió para siempre la historia de la salsa. Pero antes y después de eso, Blades mostró ser un espíritu en permanente movimiento, como ese abogado se vio obligado a dejar Panamá por motivos que ya contará. Nueva York fue el destino en el cual se propuso forjar su propio guion del sueño americano, una historia que iba a transcurrir en el sello Fania, la meca de la salsa. Allí empezó como cartero, repartiendo discos, pero en poco tiempo iba a ser el el protagonista de su propia historia.
A más de medio siglo de esa huida hacia adelante, Blades tiene nuevo disco, la excusa para traerlo a la Argentina en este tour de despedida. Fotografías es, de alguna manera, un diálogo con su obra y también el reflejo de un mundo que ya no existe. “La fotografía es testimonio de memorias”, explica sobre ese click que retrata nacimientos, graduaciones, cumpleaños, esperanzas. “Siempre una historia detrás de cada foto, y te ayuda a mantener viva a la gente que se ha ido y a recordar momentos que fueron muy importantes para ti. Por eso quise hacer esa canción”, agrega, sobre el leit motiv en el que montó su último espectáculo.
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—La fotografía de hoy parece tener otro rol, menos romántico, más efímero.
—Creo que la fotografía hoy adquiere un aspecto más narcisista y lo que hay ahora es más bien un homenaje al ego. La gente se la pasa fotografiándose y poniéndose en TikTok, asumiendo que lo que hacen es importante que otros lo sepan. Yo no hago eso, pero no tengo opinión sobre eso más que decir que es otro mundo en el cual yo no vivo.
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—En “Emigraciones”, un tópico que visitás seguido en tus canciones, hay una frase que quiero destacar: “Nadie emigra de su patria porque quiere / el que sale lo hace por necesidad”. ¿Cuál fue la tuya? ¿Imaginás cada tanto qué hubiera sido de tu vida sin esa necesidad?
—Es que la gente por lo general sale de su patria motivada por una presión, una razón. Yo no nací y crecí pensando en cuando llegaría la hora de irme. Estaba completamente tranquilo en mi país. Lo que hubo fue una dictadura militar que creó consecuencias para mi familia, que se fue en el 73, y yo, que me gradúo de abogado en el 74, me voy a reunir con ellos. Pero si no hubiera sido por eso, me hubiera quedado en Panamá, hubiera sido abogado, hubiera sido otra cosa, pero no cantante ni actor. Por eso siempre digo que para resolver el problema de las migraciones masivas, lo primero que hay que resolver son los problemas que las ocasionan. El problema está en la raíz. Nadie, o casi nadie, se quiere ir. Hay excepciones, por supuesto, pero por lo general, las migraciones masivas que vemos son ocasionadas por problemas políticos y económicos. El desgobierno crea las condiciones para que la gente se tenga que ir.
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—Esta mirada profunda sobre la realidad la trasladaste a tu obra y a esa supuesta distancia entre música para bailar y música para pensar que te propusiste romper, o al menos unir, y que te valió el mote de “el poeta de la salsa”. ¿Cómo te llevás con ese elogio que puede transformarse en una carga o una limitación?
—Creo que ha habido una falla a la hora de hacer los análisis. La Ilíada, que es uno de los pilares de la literatura mundial, se cantó. La literatura parte de la música. Entonces no hay ninguna incongruencia entre ser un cantante que dice cosas que pueden considerarse poéticas y un supuesto intelectual literato que escribe desde un escritorio. Y te digo más: la poesía que yo escribo es mucho más difícil que la del poeta de escritorio, porque ese puede detenerla o extenderla cuando le dé la gana. Yo tengo que ajustarme a la clave, ser lo más preciso posible dentro de un período, y por eso hice las canciones más largas. “Pedro Navaja” es un cuento corto, casi una novela, donde tengo que desarrollar el tema en siete minutos ajustándome al rigor de la clave, dentro de esa limitación. Yo me considero un escritor y no un poeta, aunque muchos me han dicho que sí es poesía. Ahora que estoy más viejo, la leo y me doy cuenta de que se podría considerar como tal. Lo que no quiero es que se me distinguiera de mis otros compañeros de una forma en que se sugiriese que ellos tenían menos valor que yo, porque eso no es cierto.
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—Esa manera de escribir trascendió generaciones y fue reinvidincada por artistas como Bad Bunny en su histórico concierto en el Super Bowl, en esa cita a la unidad latinoamericana, a ese “orgullo que Bolívar soñó”, que habías enarbolado en el disco Siembra de 1978. ¿Qué opinás de su figura y de la actualidad de la música latina?
—Yo lo conozco desde hace unos siete u ocho años, cuando hice un concierto de tres horas y media en Puerto Rico, y él fue con la mamá y el papá, que cumplía años y pidió ir al show. Te das cuenta de que todos estos muchachos —Bad Bunny, Farruko, Tego Calderón, René de Calle 13— crecieron en casas donde se oía salsa y la llevan muy bien. Y aparte, las ideas son de todos. Una vez que pones la idea, como en Siembra, esa convocatoria de que todos estamos en la misma casa, que todos somos familia, que los problemas y las soluciones son comunes, se extendió por toda América. Bad Bunny la retoma con mucha razón y lo hizo muy bien. ¿Y para qué son las ideas si no es para compartirlas? Por eso la idea de las banderas me pareció excelente.
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—Y un reconocimiento también a ese álbum que fue premiado por el Grammy en su versión 2023. Mencionaste “Pedro Navaja”, seguramente tu canción más conocida, pero allí también están himnos de la canción popular latinoamericana como “Plástico” o “Buscando Guayaba” que trascendieron en el tiempo. ¿Qué siente aquel abogado, que dejó atrás Panamá por la fuerza, al ver en qué se ha convertido su obra?
—Lo único que me agrada es que espero haber ayudado a alguien de alguna forma: a considerar cosas que no había considerado antes, a creer posibles cosas que creía imposibles, y a tener quizás un poquito más de optimismo. Porque yo soy muy optimista, a pesar de todo. Nosotros hemos creado estos problemas y nosotros podemos resolverlos; estoy completamente convencido de eso. Pero sí es una sorpresa, porque en realidad yo no hice nada de acuerdo con lo que se tenía que hacer. No estaba escribiendo canciones de amor ni temas que sonaban como los de los otros. Mis letras provocaban polémica, y las compañías de discos no quieren polémica. Fue gracias a la gente y a los DJ que se atrevieron a tocar esos temas. Ahora, lo que no me sorprende es que si tú escribes algo que está bien escrito, dura. Mira “Cambalache”, escrita hace cien años, y la cantas hoy y suena como si la acabaran de escribir. Las letras que yo escribí fueron adoptadas por la siguiente generación que se encontró con los mismos problemas y las mismas circunstancias existenciales. El hecho de que Siembra, que no ganó en el 1978 gane el premio 45 años más tarde, quiere decir que esas canciones fueron adoptadas, readoptadas y redescubiertas por otras generaciones. Eso te indica que lo que escribiste tenía pierna.
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—Hablar de Siembra es también hacerlo de Willie Colón, tu socio musical por entonces, con quien tuviste tus idas y vueltas y estabas distanciado al momento de su muerte. ¿Cómo fuiste procesando su partida a medida de que fue pasando el tiempo?
—Siempre con mucho respeto y con mucho dolor, porque no lo esperaba; sobre todo, porque él es dos años más joven que yo. Lo lamento muchísimo, pero hay gente que no muere nunca. Willie, al igual que Celia Cruz, Tito Puente, Héctor Lavoe, son gente que no muere. Es una lástima la situación que tuvimos, pero al margen de eso, los momentos que recuerdo con él, que fueron muy agradables, no desaparecerán jamás. Nunca desconoceré eso y lamento que se haya ido, porque estoy seguro de que hubiera podido dar mucho más.

De Gardel y Piazzolla a Calamaro y el Indio Solari
En su documental autobiográfico Yo no soy Rubén Blades, la primera canción que suena es “Vete de mí”, esa gema de los hermanos Homero y Virgilio Expósito en clave de bolero. Es un guiño del panameño a la música argentina que lo acompañó a lo largo de su vida, aunque su ADN pueda sugerir lo contrario. Como prueba, está la presencia de Carlos Franzetti como arreglador en “Siembra”, los aires folklóricos y de canción rioplatense que se perciben en “Tiempos” y el álbum de versiones en clave de tango, de nuevo con Franzetti y la orquesta de Leopoldo Federico. Una excusa para invitarlo a pasear por los sonidos de esta parte del mundo.
—¿Cuál es tu primer recuerdo relacionado a la música argentina?
—Gardel, como todo el mundo. En Panamá escuchábamos todo tipo de música, porque la música entraba por el Pacífico y el Atlántico. En la casa se oían los tangos de Gardel,que ya era una celebridad mundial, y esa fue nuestra primera aproximación a la música argentina. Después fui conociendo otros artistas, como Astor Piazzolla, que para mí es un genio. Aunque te digo que la primera vez que fui allá, en el 83, me preguntaron por esto mismo en una radio. Yo dije que me gustaba mucho Piazzolla y la persona que me entrevistaba no estaba muy de acuerdo. Me dijo que eso no era tango. Después tuve el placer de tocar con él en Montreux con Seis del Solar y en la misma semana en la que estuvo Miles Davis.
—¿A vos te pasó lo de Piazzolla, esto de ser cuestionado por tu estilo rupturista?
—Sí. A mí me dieron mucho palo y todavía me dan. No por contenido ideológico, sino por el contenido extraño de mis canciones, porque decían: “¿Eso qué es?”. Mira, yo hice un disco que se llamó Agua de luna, para el que tomé cuentos cortos de García Márquez y los musicalicé. Fue un desastre: los intelectuales decían que me había cagado en la obra de García Márquez y los salseros decían que me había cagado en la salsa. Me dan palo todavía, aunque hay canciones ahí que están siendo redescubiertas, como “Ojo de perro azul”. Me han prohibido en Cuba y en Miami, me han dicho de todo a través de mi vida y creo que eso es un indicio de que voy por el camino correcto. Porque si entras en esto esperando aplauso, estás entrando mal. Haz tu trabajo y no esperes nada
—¿Qué recordás de tu primera visita a Argentina en agosto de 1983? Un país que se preparaba para salir de la dictadura, y un show inolvidable con Los Abuelos de la Nada en el Estadio Obras.
—Daniel Grinbank nos llevó y lo recuerdo con mucha alegría. En ese tiempo en Nueva York no estábamos tocando mucho porque me tenían vetado, ya que cuando estaba con Willie Colón había tratado de crear una sociedad de músicos para defender los derechos, y cuando me salí me vetaron. La oferta de Grinbank de ir a tocar a Buenos Aires y a Montevideo fue muy buena. Económicamente era muy baja, pero fuimos, porque tampoco nadie nos conocía como banda, y le agradecimos eso mucho. Yo no tenía idea de que en Argentina pudiéramos tener algún tipo de apoyo. La gente que fue a Obras Sanitarias creo que fue a ver a Los Abuelos de la Nada, que estaban de vuelta. Había una fila enorme. Tocamos por primera vez canciones de Buscando América. Me llamó mucho la atención que la dictadura mandó cámaras de televisión: tipos con el cabello casi rapado, chaquetas de cuero y lentes oscuros, como para que se supiera quiénes eran, porque eran los únicos que no brincaban ni bailaban, pero filmaron todo. La gente, en cambio, brincaba y bailaba. Cuando tocamos “El padre Antonio y el monaguillo Andrés”, la reacción de la gente me hizo entender que efectivamente teníamos una propuesta distinta y que iba a tener apoyo. Eran rockeros casi, pero nosotros teníamos un estilo que mezclaba jazz, rock y salsa, así que caíamos perfectamente bien en ese ambiente.

—Los Abuelos tenían algo de esa mixtura.
—Yo creo también que fue la coincidencia, porque la guerra de las Malvinas hizo que mucha de la programación en inglés fuera retirada de las radios, y eso abrió espacios para canciones como “Tiburón”, que resonó mucho allá, especialmente después del trágico hundimiento del Belgrano. La gente se preguntaba: “¿Quiénes son estos tipos?”. Y eso nos ayudó mucho a que se nos aceptara en ese primer viaje, porque éramos una banda completamente desconocida. Y hasta el día de hoy le doy las gracias a Calamaro y a los muchachos de Los Abuelos de la Nada que estaban esa noche ahí, por ayudarnos a que nos conocieran.
—Bueno, Andrés hizo una versión de “El Cantante” y lo asumió casi como un alter ego en aquel disco del 2004. ¿Hablaron del tema?
—Él me habló de eso, sí, se lo agradezco mucho. Él es un tipo muy correcto, siempre pide permiso. Son íconos, como Charly García, Fito Páez, y ahora esto del Indio Solari…
—Me sorprendió tu publicación sobre el Indio, porque a diferencia de estos artistas, su música no trascendió mucho más allá de las fronteras de Argentina y Uruguay.
—Por eso me gustaba, porque en eso él y yo nos parecíamos mucho. Siempre me parece mucho más efectivo lo que los gringos llaman word of mouth, que la gente hable de ti, en vez de hacer propagandas masivas para que la gente te quiera. Él simplemente se iba y tocaba en un pueblito por allá que nadie sabía dónde quedaba, y el que quería verlo iba y el que no, no. Eso me pareció siempre genial, porque me recordó mucho a Jerry García y el fervor de la gente. Jerry fue amigo mío también y tocó conmigo con Seis del Solar. Ese día estábamos tocando con Santana también. Carlos fue a coger el solo y yo le dije: “No, hombre, déjaselo a Jerry. Mírale la cara, la felicidad que tiene”. Así me parece que era el Indio. No recuerdo haberlo visto en persona, pero esa gente no necesita ser vista para ser conocida.

—Otro artista que te grabó fue Vicentico, que además de “Tiburón”, hizo “Desapariciones” con Los Fabulosos Cadillacs. Es muy conmovedor ver cómo esas historias personales, con nombre, apellido, profesión, barrio, podían ser trasladadas a Argentina y a otros países de América Latina.
—Esa fue la idea. Yo no escribo desde un punto de vista ideológico, porque no creo en eso. Me parece una estupidez. Las ideas evolucionan. Si te quedas parqueado en una sola idea, vas a estar mal en algún momento, porque las cosas cambian. No tienes que cambiar tu honor ni tu dignidad, pero las ideas tienes que atender su evolución, porque la gente necesita ser escuchada. Yo trato de escribir desde el punto de vista de los que no tienen voz, para hablar no por ellos, sino con ellos. Eso fue lo que hice con “Desapariciones”: decirle a la gente que vivía la situación, en lugares donde la dictadura no permitía la difusión libre de opinión y de noticias, que no estaban solos. Y también tuve mucho cuidado de no ponerme en el plano de protagonista. Por eso usé el reggae a propósito, porque impide el baile y tiene un contenido hipnótico. Decidí que la melodía se repitiera en círculo con diferentes portavoces, con la necesidad de incluir a la señora, al señor, al muchacho, a la muchacha, porque era una cuestión general.
—¿Tuviste algún problema por cantar este tipo de canciones?
—En Panamá me prohibieron ese álbum, Buscando América, pero por otras razones, porque no podían admitir que existía el problema. Entonces fueron por “Decisiones” y me acusaron de incitar al aborto, a la infidelidad y al alcoholismo, porque de eso habla la canción (risas).
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