
Ese 5 de julio de 2021, su cuerpo diminuto decidió dejar de luchar contra la enfermedad que venía afrontando. Y entonces, a los 78 años y cuando el mundo entero todavía la seguía idolatrando, Raffaella Carrà partió. “Se fue a un mundo mejor, donde su humanidad, su inconfundible risa y su extraordinario talento brillarán para siempre”, anunció entonces su pareja, Sergio Japino, confirmando su muerte.
Había sido una adelantada para su tiempo. En una época marcada por los prejuicios, ella se animó a todo. Y, con su desparpajo, alentó a muchos para que tuvieran la valentía de ser libres también. De hecho, el diario británico The Guardian la definió como la “estrella del pop italiano que enseñó a Europa el placer del sexo”. Las mujeres la admiraban, los varones la deseaban y la comunidad gay la convirtió en un ícono indiscutido. Al punto que, aún tras su partida, sigue siendo considerada una referente.
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Había nacido en Bolonia, Italia, el 18 de junio de 1943. Su verdadero nombre era Raffaella Maria Roberta Pelloni (su apellido artístico surgió en homenaje al pintor italiano Carlo Carrà, líder del movimiento futurista). Desde muy chica, supo lo que era ir en contra de los mandatos sociales. Es que, como hija de padres separados, se había criado junto a su madre y su abuela. De manera que siempre supo valorar la importancia de la libertad para una mujer y jamás tuvo como meta convertirse en una esposa sumisa.

Tenía apenas 8 años cuando quiso ser artista. Y convenció a su madre para que la inscribiera en la Academia Nacional de Danzas. Desde ese momento, empezó a construirse a sí misma. “Ahora vos estás naciendo”, le dijo alguien. Y ella se lo creyó. De hecho, en varias entrevistas, reconoció que no tenía recuerdos previos a ese momento en el que empezó a forjarse como la artista que el público conoció.
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Lo cierto es que el ballet no era lo más indicado para ella, que necesitaba seguir rompiendo estructuras. Así que empezó a estudiar teatro. Y la adolescencia la encontró haciendo comedias en distintas salas italianas. Siendo ya una veinteañera, decidió viajar a los Estados Unidos para probar suerte en Hollywood. Quería seguir los pasos de las grandes divas de su época. Y consiguió un papel en el filme El coronel Von Ryanal, junto a un joven Frank Sinatra que, dicho sea de paso, intentó seducirla.
Su estilo latino (por entonces todavía era morocha), no pegó en el público norteamericano. Así que, al tiempo, Raffaella decidió regresar a Europa. Allí adoptó el look platinado con el que se hizo famosa tanto en el Viejo Continente como en Latinoamérica, donde causaba furor en cada una de sus presentaciones. El suceso comenzó cuando apareció cantando el tema de apertura de Canzonissima, un programa de la RAI al que se presentó mostrando el ombligo, tremenda osadía para los años ‘60. La iglesia se horrorizó al punto de censurarla. Y muchos la denostaron. Pero ella logró marcar un estilo que conservó a lo largo de toda su carrera.
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El público español, en tanto, la aclamaba. Así que, entre 1975 y 1976, se instaló en Madrid para hacer el ciclo La Hora de Raffaella, en TVE. Y, en 1978 volvió a la televisión italiana como presentadora del programa de variedades Ma Che Sera. Estaba claro que lo suyo era el canto. Que su lugar era la pantalla chica. Y que era una transgresora nata. Es que sus letras, inocentes si se las compara con lo que dicen los temas del género urbano que se escucha hoy en día, hablaban abiertamente de sexo y de diversidad. Algo que, para la sociedad de entonces, todavía era un tabú.
Entonces llegó su hito, Pronto, Raffaella?, que se estrenó en 1983. Se trataba de un programa de entretenimientos, con llamados telefónicos y entrevistas, que en la Argentina se replicó en el ciclo Hola, Susana que convirtió en una verdadera estrella a Susana Giménez. Verla era toda una experiencia. En especial, por los musicales en los que sacudía su cabellera y se dejaba cargar por un grupo de bailarines lookeados con calzas y colores estridentes, mientras interpretaba temas como Pedro, En el amor todo es empezar, Hay que venir al sur o Fiesta. Algo que terminó siendo parodiado en distintos lugares del planeta, especialmente, en nuestro país.
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Tuvo, seguramente, muchos hombres en su vida. Y mantuvo en secreto a la mayoría de ellos. Pero también tuvo dos grandes amores. El primero fue Gianni Boncompagni, con quien también compartió trabajo, ya que había sido autor de algunas de sus canciones y director de su emblemático ciclo televisivo. El otro fue su coreógrafo, Japino, quien la acompañó hasta el final de sus días. Sin embargo, le quedó pendiente la posibilidad de concretar su deseo de ser madre. “Me hubiera gustado tener un hijo, pero cuando lo intenté ya era tarde. El médico me dijo que no podía”, explicó en una oportunidad.

Nunca dejó de trabajar. Fue jueza de La Voz Italia en dos ocasiones, en 2013 y 2014. Y para esa fecha, también, publicó su último disco llamado Replay. En los últimos diez años de su vida, no obstante, Raffaella solo apareció de manera esporádica en diversos programas de televisión. Y, con la llegada de la pandemia del 2020, se recluyó por completo. “He tenido y tengo mucho miedo. No salgo y por eso este se ha convertido en un año sabático”, dijo entonces.
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“Nada es eterno… excepto la Carrà”, decía una frase que solía decirse en Italia. Y era cierta. Porque, a pesar de que Raffaella dejó de estar presente físicamente hace ya 5 años, sigue viva por los films de los que participó, las canciones que grabó y los programas cuyos tapes aún continúan circulando. Pero, sobre todo, por las reglas que rompió y que le permitieron a muchos otros disfrutar sin temores de su libertad.
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