La vigésima edición de los Premios Sur del cine argentino, celebrada en la noche del martes en el Teatro Presidente Alvear de Buenos Aires, deparó algo más que estatuillas. Fue, con una franqueza que pocas ceremonias de la industria se permiten, una asamblea donde directores de distintas convicciones pusieron sobre la mesa sus diferencias sobre el estado del cine y del país.
La noche la ganaron Gatillero y Belén, con cinco premios cada una. Pero lo que quedará de la velada no son tanto los galardones como los discursos. Cuatro voces —Lucrecia Martel, Dolores Fonzi, Mariano Cohn y Gastón Duprat— trazaron, desde posiciones ideológicas distintas y sin disimularlo, un mapa de las tensiones que atraviesan a la cinematografía nacional.
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Martel recibió su premio honorario a la trayectoria entre una ovación prolongada y eligió la gratitud como punto de partida. Dijo pertenecer a “los afortunados, que tenemos el mejor trabajo del mundo”. Pero la directora salteña no tardó en virar hacia una inquietud que formuló con la precisión de quien lleva tiempo pensándola: “Me daría mucho miedo que en la memoria de las máquinas quedemos como la generación que no supo qué hacer con el mejor trabajo del mundo en el momento en que el país lo necesitaba y la época lo pide a gritos”. La frase no hizo nombres propios pero no hizo falta. El auditorio la leyó sin dificultad.

El cine, en la visión de Martel, tiene una responsabilidad que excede la pantalla. “Inventar mundos también es, de alguna manera, señalar rumbos a nuestros coterráneos, a nuestros vecinos”, dijo. La pregunta que lanzó al aire —“¿Estaremos haciendo eso?“— no era retórica. Era una interpelación directa a sus pares, sentados a metros de distancia, sobre si la industria está a la altura de lo que el momento exige.
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Dolores Fonzi, cuando recogió el premio a Mejor Actriz de Reparto para Camila Pláate por Belén —su película sobre la lucha de las mujeres por la interrupción voluntaria del embarazo, basada en el libro Somos Belén de Ana Correa— eligió un gesto antes que un discurso. Al subir al escenario, pidió un minuto de silencio por Agostina Vega. Y realmente sucedió. El teatro entero se detuvo. En ese silencio había una declaración política tan elocuente como cualquier párrafo. El nombre de Vega y el contexto de la película lo dijeron todo.
Más adelante, la ceremonia tuvo un segmento especial de homenaje a Luis Brandoni, el gran actor recientemente fallecido. Los directores que dirigieron a Brandoni en la película Mi obra maestra y en la serie Nada habían sido, de alguna manera, los grandes ignorados por las nominaciones de estos premios. Su película Homo Argentum, la más vista de 2025, solo tuvo una candidatura y en un rubro técnico. Y en varias oportunidades, emitieron opiniones a contracorriente de los reclamos del sector por los recortes en el INCAA, lo que los convierte en verdaderos outsiders de la comunidad del cine argentino.
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Será por eso que Mariano Cohn, en tono pausado, eligió empezar el homenaje a Brandoni bien fuerte: “Desde hace varios años pensamos que la representatividad de la Academia no contempla a todo el cine nacional. Se lo hemos mencionado varias veces personalmente a varias de las autoridades aquí presentes”. La frase cayó sobre una sala donde buena parte de esas autoridades estaba sentada. No hubo silencio incómodo, pero sí una pausa.
Luego vino el homenaje a Brandonipropiamente, y con él, Gastón Duprat construyó el argumento más explícitamente político de la noche. Recordó que el actor fue perseguido y amenazado de muerte por el gobierno peronista previo a la dictadura militar de 1976, que tuvo que exiliarse y que volvió en plena dictadura para apoyar la campaña de Raúl Alfonsín. Hasta ahí, el relato era historia compartida. Pero fue más lejos: “Entre el 2003 y el 2015 prácticamente no tuvo roles relevantes en el cine. Él me decía: ‘Se ve que no doy el physique du rol para ningún personaje de ninguna de las dos mil quinientas películas que se hicieron en ese lapso’. Irónico. El tema es que incomodaba al poder de turno, ¿no?”.
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Ahí llegaron los silbidos. Una parte de la sala no estaba de acuerdo. El homenaje se había convertido, en cuestión de segundos, en un debate sobre el período de gobiernos kirchneristas y el financiamiento del cine argentino durante esa etapa. Duprat no se detuvo. Y cerró con palabras que resonaron como un tiro por elevación -así cabe entenderlo y no hay muchas vueltas que darle- a varios de los presentes. “Lo que él decía, siempre coincidía con lo que hacía. Aprendimos mucho de él”, dijo.

Lo que los Premios Sur de esta vigésima edición pusieron en evidencia es que el cine argentino no tiene una sola voz cuando habla de sí mismo ni cuando habla del país. Martel y Fonzi, desde una tradición que el Nuevo Cine Argentino construyó sobre la austeridad formal y el compromiso social, apuntan hacia un presente que perciben adverso y exigen más de la industria. Cohn y Duprat, desde una cinematografía de género y de entretenimiento que durante años fue ignorada por los circuitos de premiación, reivindican otra mirada.
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El debate está abierto. Uno de los conductores, Juan Minujín, recurrió al humor para salir del momento de tensión (“Uy, se picó”, soltó irónicamente). Y más tarde, Diego Peretti, trató de contemporizar y apeló a la idea de comunidad en el cine argentino y ponerse por encima de cualquier opinión política. Pero un rato después, la actriz Cecilia Roth, que también recibió un premio honorario a la trayectoria, resumió el estado de ánimo general con una frase que quedó flotando en el aire del Alvear: “Nuestro cine argentino es de los mejores que se hacen en habla hispana, no se merece lo que está pasando”. Y entre lágrimas, agregó: “Esto va a pasar”.
[Fotos: prensa Premios Sur]
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