
Todo permanecerá, de la manera en que ha sido. Transcurriendo. Transformando. Navegando por el tiempo y el espacio. Un sereno y bien plantado Gilberto Gil cantó estos versos de su canción “Tempo Rei” (1984) al inicio de un extraordinario y emotivo show, brindado en Buenos Aires durante la noche del miércoles como parte de su gira Tempo Rei -concebida como despedida de los escenarios y titulada como la canción-.
El espectáculo que este artista clave de la música popular de América latina presentó, a sus bien llevados 83 años, tuvo un componente emotivo básico y fundamental: todo indica que este fue el último show que brindó en Argentina, donde siempre fue bien recibido por un público devoto y receptivo. Fue emotivo claro, pero no tuvo nada de nostálgico ni de triste por esa despedida, por más que el show estuvo estructurado como un repaso de su trayectoria musical, en bloques temáticos que recorren más de medio siglo de obra con canciones que ostentan con total autoridad su condición de clásicos.
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El espectáculo, que inauguró en su ciudad natal Salvador hace un año, funciona como un balance musical y narrativo de una vida bien vivida. Algunos detalles potencian ese sentido. Principalmente porque se apoya en una banda compuesta por familiares directos -sus hijos/as y nieto/as integran la banda que lo acompaña-, lo que marca una impronta íntima y a la vez, de relevo generacional. Su hijo Bem al frente de la banda, su hija Nara en los coros, el nieto João en la guitarra y la nuera Mariá Pinkusfeld en coros, conforman el núcleo de una poderosa banda, dotada de una sección de cuerdas y otra de vientos, además de dos percusionistas y un baterista.

Y además, la puesta escenográfica y visual concebida por la multifacética artista Daniela Thomas (cineasta, escenógrafa, directora teatral y dramaturga) es sencillamente espectacular y acorde al tipo de espectáculo musical que se precie de tal en el siglo XXI: un panel central ondulante como la figura de una pulsera-amuleto del Senhor do Bonfim (fitinha en lunfardo portugués) domina el centro del escenario como distintas proyecciones y juegos tipográficos que, junto a una pantalla que proyecta películas familiares, imágenes de archivo de la historia brasileña (de Luiz Gonzaga y Joao Gilberto a Rubens Paiva, el hombre de la historia de Aún estoy aquí, y Preta Gil, la hija de Gilberto que murió el año pasado) establece un impactante diálogo multimedia con el pasado reciente de este hombre, su música y la historia brasileña a lo largo del tiempo. Tiempo rey.
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El desarrollo del show se articuló sobre cuatro grandes núcleos: desde los orígenes del artista en ritmos como el baião y el samba, pasando por el tropicalismo -que él inventó con su eterno compañero Caetano Veloso- y la confrontación con la dictadura militar, hasta llegar a la etapa de exilio y la adopción de influencias africanas y jamaicanas, pasando por un momento semiacústico antes de la gran fiesta final. En este formato concierto-memoria sobresalió la aparición de un testimonios videográfico de Chico Buarque antes de “Calice”, recordando la historia de la canción y la censura sufrida en un festival de 1973, con concretas referencias a la represión de la dictadura brasileña en sus años de plomo (cuando el mismo Gil fue preso y luego debió exiliarse en Londres).

El bloque dedicado a la influencia jamaicana fue de lo más delicioso de la noche. A saber: antes que Luca Prodan en Argentina y su conexión con el reggae que infectaba Londres a principio de los años 80, Gilberto Gil la vio primero en Brasil: trabó relación con Bob Marley y grabó en Kingston con Los Wailers. De ahí, “Não Chore Mais” (versión en portugués de “No Woman, No Cry”), y la seguidilla de “Extra”, “Vamos fugir” y “A novidade”. Delicioso.
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El hombre, con serenidad y evidente buen humor, condujo la escena de principio a fin, con el control escénico de un artista en plenitud, aun en la recta final de su relación con las grandes giras. A sus 83 años, mantiene la proyección vocal, la movilidad y el carisma de una estrella en plenitud. Con una novedosa estructura tecnológica como imprescindible soporte audiovisual, brindó un recital extraordinario que redefine el estándar de las despedidas en la industria del entretenimiento. Todo eso y las canciones: “Refazenda”, “Realce”, “Esotérico”, “Expresso 2222” y por supuesto en el final a toda orquesta, “Esperando na Janela”, “Aquele Abraço” y “Todo menina baiana”. Fueron dos horas de magia con una leyenda cobrando forma humana sobre el escenario.
[Fotos: Simón Canedo/prensa Fénix]
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