
Los que sean un poco más grandes quizás lo recuerden sonriente, casi pibe, lleno de ideas, a las puertas de Buenos Aires no duerme, un festival que se planteó —y lo hizo— atravesar la noche entera en un lugar lleno de artistas y actividades dirigidas a los jóvenes. Eran los últimos años de la década del 90, Darío Lopérfido, que murió este viernes, era una figura destacada —primero, y la cabeza después— en la Secretaría de Cultura porteña.
Era el ingreso de una generación nueva al gobierno, en una democracia que todavía era nueva también: Lopérfido tenía poco más de 30 años. Y, de alguna manera, con el festival nocturno marcaba distancia ideológica: del otro lado de la General Paz el peronista Eduardo Duhalde, por entonces gobernador de la Provincia de Buenos Aires, había dispuesto un límite horario para los boliches nocturnos. Entonces —el logo era un ojo abierto por un Obelisco— Buenos Aires no durmió. Tan joven y ya mostraba la hilacha: la provocación sería una marca. Si el político experimentado mandaba irse a dormir...
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El Jefe de Gobierno, su jefe político, era el radical Fernando de la Rua. Uno de sus orgullos en esa gestión fue la creación del BAFICI, el festival de cine independientes que sigue siendo uno de los mayores eventos culturales de la ciudad (y del país).
Antes, todavía más joven, Lopérfido había dirigido el Centro Cultural Ricardo Rojas. Eran tiempos de vanguardia, de experimentación, de Batato Barea, Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese en ese espacio de la Universidad de Buenos Aires. De nuevo: una ciudad, una sociedad, que se alejaba de las restricciones de la dictadura. Y que mostraba otra cara: raros peinados nuevos. “Teníamos un entusiasmo casi sobrenatural”, contó años después. “Una voracidad por conocer y programar obras novedosas, películas que habían sido censuradas. Me acuerdo de cuando programamos La última tentación de Cristo y se aparecieron los chicos de Tradición, Familia y Propiedad". ¿Habían pisado el palito de la provocación “los chicos”?
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Cuando De la Rua pasó del gobierno de la Ciudad al de la Nación, en 1999, Lopérfido se fue con él y ocupó el lugar de Secretario de Cultura y Comunicación. Fue un recorrido corto, como el de todo ese gobierno, que cayó en diciembre de 2001. Alguna vez, en la intimidad de un bar madrileño, contó cómo habían sido las últimas horas de esa gestión para el núcleo más cercano al presidente, que veía el derrumbe desde la noche anterior en Olivos. No había cumplido 40 años y contaba la Historia en primera persona.
Pero en enero de 2015 le tocó uno de los papeles que más le gustaron: Mauricio Macri, que era Jefe de Gobierno porteño, lo nombró director del Teatro Colón. A él, que no había terminado el secundario porque cuando empezó la dictadura su padre, que era delegado gremial, fue despedido y el chico pronto tuvo que poner el hombro en la casa.
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Quizás por eso le gustaba tanto el Colón, la idea de desacralizarlo, de abrir los ensayos al público, de integrar tecnología a las obras y, a la vez, de hacerlo rentable. A poco de asumir le preguntaron si ya se estaba acomodando al cargo. La respuesta fue, otra vez, provocadora: “En realidad, hace muchos años que soy director del Colón. Nadie lo sabe; sólo yo. Desde que empecé a escuchar conciertos y ver ópera, a los 18 años, mi cabeza está aquí, en el armado de temporadas, la elección de cantantes, directores y obras; el reclamo por más ensayos, el deseo de captar y entender todas las reacciones del público, la necesidad de movilizar una institución como ésta, para que no se parezca a una estatua. Soñaba con dirigir este teatro. Se trata de cosas que nunca le conté a nadie, por temor a que se me viera como un alienado. Pero hace años que me preparo secretamente para esto. Únicamente faltaba que me nombraran. Y sucedió“.

Se le veía el entusiasmo, la pasión: “El Colón del siglo XXI y de los siglos por venir es este”, dijo, cuando le sugirieron que había otro espacio -encima llamado en ese momento “Centro Cultural Kirchner- dispuesto a competirle al teatro su condición de primera sala del país.
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Ejercía este puesto cuando, en diciembre de 2015, Horacio Rodríguez Larreta asumió como Jefe de Gobierno y volvió a nombrarlo ministro de Cultura porteño. Decidió quedarse también en el Colón. Pero unos días después, en una charla abierta en enero de 2016, dijo algo que cambiaría el rumbo de su vida política. Dijo que los desaparecidos “no fueron 30 mil”, y que “ese número se arregló en una mesa” para “conseguir subsidios”. No fue un comentario menor e iba más allá de la provoación: tocaba uno de los consensos más sensibles de la democracia argentina.
Enseguida intentó explicarse. Dijo que durante el kirchnerismo se había intentado afirmar la idea de que los Montoneros defendían la democracia y que no era así. Dijo, también: “A mí un desaparecido, diez, o dos me parece el mismo desastre, la misma tragedia”. Y contó: “Me pasé mi adolescencia peleando contra la dictadura en la medida en que podía”.
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Era tarde. Organismos de Derechos Humanos y parte del ambiente artistico repudiaron sus dichos sobre el número de desaparecidos. En julio renunció pero siguió dirigiendo el Colón. “Primero que nada, creo en las ideas. ¿De qué sirve la política si uno parecería estar signado por un destino inalterable?", había dicho años atrás. Esa convicción —el destino no es inalterable— parecía moverlo.
Lo que sigue es conocido. Con distintas ocupaciones —la primera, un puesto para promover la cultura argentina en Berlín que le ofreció Macri, ya presidente— se fue a vivir a Europa. Mario Vargas Llosa lo eligió como uno de sus colaboradores. Tuvo un hijo. Se enfermó de ELA. “El joven que dirigió el Rojas es solo un recuerdo”, dijo hace unos días. Pero seguía trabajando, con la fuerza transformadora y la confianza en la democracia de aquel chico de los 90. ¿Haría las cosas distintas, con la experiencia que dan los años? “No suelo arrepentirme”, respondió.
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