
Una propuesta sorprendente ocupa el centro del nuevo libro de Hélène Landemore: prescindir de presidentes, primeros ministros y partidos, y colocar a ciudadanos comunes elegidos por sorteo en el timón del gobierno nacional durante mandatos de dos años.
Lejos de ser una mera provocación teórica, la autora defiende en Politics Without Politicians que este modelo podría resolver la crisis de legitimidad democrática y ofrecer una respuesta ante la desconfianza hacia las élites políticas tradicionales.
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Landemore enseña actualmente en Yale, pero su trayectoria se forjó en Francia, un país que ha experimentado experimentos de democracia deliberativa a raíz de protestas ciudadanas como las de los chalecos amarillos. Allí, colaboró directamente con dos asambleas ciudadanas convocadas por el presidente Emmanuel Macron: una orientada a debatir salidas frente a la crisis climática y otra para tratar el tema de la eutanasia, asuntos que han desafiado al sistema político tradicional.
Además, la autora explora experiencias en Islandia tras el colapso bancario, el gobierno local belga y el caso de Irlanda, donde una asamblea ciudadana impulsó la decisión sobre la legalización del aborto y ofreció un canal legítimo y consensuado para resolver un tema socialmente divisivo.
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La experiencia francesa reveló dimensiones humanas poco comunes en la política habitual. Numerosos participantes relataron el impacto positivo en su vida cívica, la formación de amistades profundas y la gestación de vínculos ciudadanos sólidos. La interacción directa y el intercambio de perspectivas superaron el conflicto superficial que domina el debate digital. Estos procesos, sostiene la autora, conectan a la sociedad y ofrecen una vía concreta para afrontar la polarización política.
Durante este periodo, la ultraderecha francesa mantuvo su crecimiento, lo que sugiere que la inclusión ciudadana no neutraliza automáticamente las pulsiones populistas. Aun así, el modelo parece prometedor para atenuar la carga partidista en temas que los legisladores tradicionales esquivan, como la reforma de la seguridad social, los derechos de las personas transgénero o la inmigración. Landemore argumenta que permite el abordaje profundo y reflexivo de cuestiones complejas, libre del vértigo electoral y de las confrontaciones marcadas por la propaganda.
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A pesar de los beneficios comprobados en deliberaciones temáticas, la transición a un parlamento nacional compuesto exclusivamente por ciudadanos elegidos al azar —lo que Landemore llama “lottocracia”— enfrenta obstáculos concretos.
La autora sostiene que, en un plano teórico, este sistema no solo sería justo, sino más efectivo, al repartir el ejercicio del poder político. Sin embargo, surgen dilemas sobre la viabilidad social y laboral del proceso: ¿las empresas reservarían los puestos de quienes ejercen el mandato? ¿Qué ocurriría si algunos participantes descubrieran vocaciones políticas y no desearan volver a sus empleos previos, como trabajar en supermercados o servicios básicos?

En el libro también se proponen mecanismos para gestionar la continuidad y la supervisión institucional. Se sugiere que algún tipo de junta ejecutiva, integrada por líderes emergidos “orgánicamente” del grupo, podría funcionar como cabeza del Estado. El reemplazo de la elección por sorteo en niveles tan críticos suscita, no obstante, cuestionamientos sobre la estabilidad y continuidad de gobierno.
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Ante eventuales errores graves cometidos por estas asambleas, el libro descarta el sistema electoral y plantea en su lugar una “programación continua” de referéndums sobre los asuntos nacionales más importantes. La autora cree que este método aseguraría el control popular sobre los “lottócratas”, aunque la experiencia británica con consultas sucesivas, como la del Brexit, invita a escepticismo sobre su viabilidad social.
El ensayo de Landemore reconoce que la participación ciudadana ha sido decisiva en cambios sociales relevantes, como la legalización del aborto o el avance de derechos civiles. En estos casos, el debate pausado y la deliberación plural permitieron abordar dilemas éticos complejos.
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Sin embargo, la autora admite indirectamente que problemas urgentes como amenazas de autocracias extranjeras, auge del extremismo interno o crisis económicas requieren respuestas ejecutivas ágiles, difíciles de compatibilizar con las lógicas lentas y consensuales de las asambleas. Momentos de crisis nacional —como una pandemia repentina o un colapso financiero— suelen reforzar el valor de la experiencia y la pericia técnica, características que los sorteos ciudadanos no garantizan.
La tesis conecta con una inquietud de época: el agobio ante una política a menudo opaca, proclive a la corrupción y al poder desmedido de minorías privilegiadas. Landemore destaca la frustración ciudadana por el dominio de intereses particulares sobre el bien común y por la prevalencia de figuras con exceso de seguridad personal, frente a voces más reflexivas.
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Los experimentos recientes demuestran un potencial para la innovación democrática, pero el salto hacia un reemplazo completo de los parlamentos electos por asambleas sorteadas sigue abierto a debate, tanto en el plano práctico como ético.
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