
El auge de la ingeniería biológica avanzada amenaza con transformar la vida tal como la conocemos, anticipa el científico y empresario Adrian Woolfson en su nuevo libro, On the Future of Species (“El futuro de las especies”). Ante la inminencia de una “segunda Génesis”, Woolfson alerta acerca del delicado equilibrio entre los enormes beneficios potenciales y los riesgos imprevisibles que supondría crear especies sintéticas mediante inteligencia artificial y biología molecular.
La preocupación sobre las consecuencias de estas tecnologías se manifiesta en múltiples frentes. Woolfson advierte que herramientas cada vez más accesibles, como sintetizadores de ADN de mesa y sistemas de inteligencia artificial, dificultarán el control sobre quién diseña nuevos organismos y con qué fines. Esta falta de supervisión podría permitir la creación de patógenos artificiales, lo cual eleva el riesgo de bioterrorismo, advierte el autor al medio británico. Otro punto crítico, según su análisis, radica en la manipulación inadvertida de organismos como los bacteriófagos; su alteración podría perturbar procesos planetarios cruciales, como el ciclo del carbono en los océanos, influyendo de manera directa sobre el cambio climático.
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El impulso de imaginar y fabricar seres híbridos ha existido desde la antigüedad, desde los centauros griegos hasta criaturas míticas en diversas culturas. Woolfson sostiene en su obra publicada por Bloomsbury que la fantasía de mezclar atributos de diferentes especies ahora se acerca a convertirse en realidad biológica. “Muy pronto, no solo imaginaremos animales fantásticos, sino que los transformaremos en entidades biológicas reales”, afirma, destacando que la humanidad está a punto de “pasar de catalogar especies a crearlas”.

Según el artículo de Robin McKie publicado en The Guardian, “las descripciones de Woolfson pueden resultar excesivamente elaboradas y forzadas. Tiende a exagerar el impacto del llamado segundo Génesis. Sin embargo, sus argumentos son convincentes y su prosa, en general, clara y directa”.
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Las aplicaciones positivas de estas tecnologías parecen ilimitadas. Según el fundador de Genyro, las especies sintéticas podrían utilizarse en la generación de biocombustibles, el desarrollo de medicamentos, biosensores y cultivos resistentes a la sequía. Incluso plantea que algún día podríamos “cultivar” viviendas en lugar de construirlas mediante métodos tradicionales. Este salto evolutivo —dice— implica traspasar el umbral de una biología descriptiva para inaugurar una ciencia generativa.
El autor atribuye esta revolución biológica a dos avances fundamentales. El primero es la capacidad de sintetizar fragmentos de ADN de tamaño y complejidad sin precedentes —como ha demostrado el método Sidewinder, desarrollado en el Instituto de Tecnología de California (Caltech)—, lo cual permite recrear genomas completos en tiempos muy breves. El segundo factor decisivo es la irrupción de la inteligencia artificial aplicada a la biología, en especial, la resolución del llamado “código del plegamiento de proteínas”. Gracias a sistemas como AlphaFold2 —que emplea redes neuronales usadas también en plataformas conversacionales— se logró predecir la estructura tridimensional de proteínas a partir de la secuencia de aminoácidos, algo que hasta hace poco resultaba inabordable para la ciencia. Como resultado, de acuerdo con Woolfson, ahora podemos crear nuevas proteínas con usos médicos y biotecnológicos.
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Este arsenal técnico abre el dilema de hasta qué punto debe manipularse la vida. El autor reconoce que los organismos resultantes de la selección natural, incluidos los humanos, presentan rasgos subóptimos y mejorables: pone como ejemplo la columna vertebral humana, a la que define como un “desastre de diseño” por su origen en criaturas cuadrúpedas. “La vida podría ser guiada hacia paisajes desconocidos, dotada de propiedades que reinventen el funcionamiento biológico de los organismos”, sostiene Woolfson, anticipando posibilidades de mejora radical de las especies existentes.
Las amenazas bioéticas emergen con igual intensidad. Modificar genomas de mamíferos para crear modelos animales con características humanas plantea interrogantes sobre los límites aceptables. ¿Podrían surgir criaturas híbridas con componentes humanos? Woolfson considera improbable este escenario, al tiempo que sostiene que el avance científico debe continuar, aunque respalda restricciones claras como la prohibición de “bebés de diseño” y humanos sin progenitores. Para el autor, “un freno total a la investigación genómica impulsada por IA no es viable, pues los beneficios superan ampliamente a los riesgos al planeta y toda la fauna.
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