
La literatura gótica aparece en la Edad Media tardía como insulto: era un término que usaban de forma despectiva los escritores clasistas italianos del Renacimiento para referirse a lo que consideraban feo o inferior, a todo lo que no se ajustaba al canon grecolatino. Poco a poco fue evolucionando hacia una estética singular, un estilo característico, una forma sombría de ver el mundo que mezcla misterio y romanticismo en una atmósfera de terror dentro de castillos o ruinas o paisajes remotos.

El Castillo de Otranto
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En esa línea están Charles Dickens, las hermanas Brontë, Edgar Allan Poe y Nathaniel Hawthorne. Por supuesto que Drácula de Bram Stoker, El escarabajo de Richard Marsh y El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde de Robert Louis Stevenson. Más cerca de lo contemporáneo: Daphne du Maurier, Stephen King, Shirley Jackson, Anne Rice, Toni Morrison y Mariana Enriquez. Pero, ¿cuándo empezó todo? ¿Qué libro está en el origen del género? ¿Cuál es la primera novela gótica?
La obra que marcó un antes y un después en el mundo de las letras se titula El castillo de Otranto, se publicada en 1764 y la escribió Horace Walpole, un conde británico, que se dedicó a la política, la arquitectura y la literatura, nacido en 1717 y fallecido en 1797. Considerada por los expertos como la primera incursión genuina en el terror gótico, esta novela inauguró una tendencia estilística —de temas, recursos, atmósferas y personajes— que modelaría el imaginario del horror durante siglos.
La influencia del texto ha sido tan determinante que su estética y argumentos han permeado el arte, la música y la narrativa contemporánea, modelando los gustos, los miedos y las fantasías de generaciones. Ya en las décadas que siguieron a la publicación, El castillo de Otranto fue aceptada como un singular ejemplo de la conjunción entre lo fantástico y lo realista según la visión de su autor.

En la segunda edición, Walpole admitió la autoría de la novela y explicó su intención de “mezclar dos tipos de relato: el antiguo y el moderno. En el primero, todo era imaginación e inverosimilitud; en el segundo, se ha pretendido siempre, y a veces se ha conseguido, copiar con éxito la naturaleza”. El debate acerca del propósito de la ficción –si debía reflejar la vida o potenciar la fantasía– encontró en la obra de Walpole un punto de inflexión, como lo demuestran la acogida inicial y las posteriores críticas. Tras la confesión del autor, muchos críticos pasaron de admirar la supuesta “traducción” de un relato medieval a rechazar el texto como “absurdo, romántico o incluso inmoral”.
La aparición de elementos sobrenaturales como la mano gigante con armadura, inspirada en una pesadilla que Walpole tuvo en su mansión neogótica Strawberry Hill House, multiplicó la fascinación por este universo. El escritor relató que ese sueño –en el que presenció la aparición fantasmal de una mano armada– lo motivó a escribir la novela, combinando así su interés por la historia medieval y su sensibilidad hacia lo insólito. Esta mezcla entre lo onírico y lo histórico originó un estilo que sería imitado en toda Europa.
La trama se desarrolla en la Italia medieval, específicamente en un castillo que alberga una ominosa maldición. El príncipe Manfredo, obsesionado por asegurar la permanencia de su linaje, se enfrenta a la muerte de su hijo Conrado, quien muere aplastado por un yelmo gigante el día de su boda con Isabella. Ante lo inexplicable del hecho y la sombra de una profecía familiar, Manfredo decide divorciarse de su esposa Hipólita para casarse él mismo con Isabella, desencadenando una serie de persecuciones, apariciones y equívocos trágicos.
De este modo, se suceden cinco capítulos donde se despliegan profecías, espectros, identidades ocultas y disputas por el poder, en medio de pasadizos secretos y una atmósfera de continua amenaza. La violencia, el incesto potencial –tema recurrente en Shakespeare– y la lucha por el linaje son ejes que conectan la trama de Otranto con la obra del dramaturgo inglés, a quien Walpole menciona en el prefacio de la segunda edición para justificar su “libertad imaginativa”.

Esta relación ha sido subrayada por Maev Kennedy en The Guardian, quien afirma: “El castillo de Otranto es ampliamente considerado como la primera novela gótica y, con sus caballeros, villanos, doncellas agraviadas, pasillos embrujados y cosas que chocan en la noche, es el padrino espiritual de Frankenstein y Drácula, las tablas crujientes del suelo de Edgar Allan Poe, y las escaleras móviles y los retratos ambulantes del Hogwarts de Harry Potter”.
La estructura de la novela surgió también de las preferencias de Walpole por las atmósferas misteriosas y la acción, relegando el rigor histórico a la construcción de un clima literario envolvente. Con la invención de un supuesto manuscrito italiano antiguo y un traductor ficticio, Walpole apuntaló la apariencia de verosimilitud, un recurso que se convertiría en lugar común en el género. Más tarde, Montague Summers demostró en su edición de 1924 que la figura de Manfredo de Sicilia, propietario real del castillo de Otranto, inspiró varias partes de la trama.
La influencia de El castillo de Otranto se hizo sentir de inmediato. Autores como Clara Reeve replicaron y discutieron el modelo, como en su novela El viejo barón inglés (1777), donde equilibró la tendencia fantástica de Walpole con un realismo más marcado: “Esta historia es el resultado literario de El castillo de Otranto, escrito según el mismo plan, con el propósito de unir las circunstancias más atractivas e interesantes del romance antiguo y la novela moderna”. La historia sirvió de marco para posteriores desarrollos, desde El monje de Matthew Lewis hasta obras de Mary Shelley, Bram Stoker y Edgar Allan Poe.

El libro se caracteriza por la presencia de personajes arquetípicos: Manfredo, el antagonista gobernante y padre; Hipólita, su esposa sumisa; Matilda y Conrado, sus hijos agraviados; Isabella, objeto de deseo y conflicto; Teodoro, el héroe desposeído que resultará ser el legítimo heredero. Elementos como pasadizos secretos, trampillas, retratos que cobran vida y objetos sobrenaturales sentaron bases para la narrativa gótica posterior, elemento reiterado por Jane Bradley en The Guardian, que resalta cómo la novela presenta “la casa embrujada como un símbolo de decadencia o cambio cultural”.
De acuerdo con los análisis más recientes, algunos también han leído en la novela una posible dimensión queer. Max Fincher apunta que la ansiedad de Manfredo por su linaje y las relaciones masculinas reflejarían luchas internas respecto a la identidad sexual, y que la misoginia constituye una máscara que esconde el temor a lo que escapa a lo heteronormativo. A su vez, la obra es pionera en introducir el recurso del “alivio cómico” a través de sirvientes y personajes secundarios, siguiendo modelos shakesperianos.
La novela concluye con el cumplimiento de la profecía, el derrumbe del castillo y la instauración de Teodoro como verdadero heredero, sellando el ciclo de usurpaciones y restaurando el orden legítimo. La fuerza de la historia ha hecho de El castillo de Otranto no solo un hito fundacional, sino también un referente ineludible para entender la evolución del terror literario y sus múltiples resonancias en la cultura global.
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