
Vampiros, zombis y otros monstruos plasmados en la literatura hispanoamericana contemporánea, pero sobre todo su conexión simbólica con la realidad social y política actual, son analizados por la investigadora de la Universidad de León (España) Carmen Rodríguez Campo en un estudio.
Lejos de entenderlos únicamente como criaturas de terror, la autora los interpreta como símbolos sociales y políticos que permiten explicar formas actuales de exclusión, control y resistencia, según un artículo publicado en la revista Letral.
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Parte de una premisa clara: las sociedades construyen sus propios “monstruos” para marcar fronteras entre lo que consideran normal y lo que queda fuera de la norma.
“La monstruosidad no es solo una rareza física o una deformidad, sino una categoría cultural que señala al diferente, al desplazado y al que desafía el orden establecido”, plantea Rodríguez Campo.
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Distingue entre dos grandes polos: los “grupos dominantes”, que ejercen el poder y definen la norma social; y los “grupos periféricos”, asociados a los márgenes, la exclusión y la vulnerabilidad.
Entre ambos se articula el proceso de “otrificación”: la creación del otro como elemento extraño, amenazante o inferior.
En este marco, los monstruos sirven para visualizar tensiones sociales, desde desigualdades económicas hasta discriminaciones por etnia, género o clase.
Su función simbólica permite cuestionar la homogeneidad aparente de una comunidad y mostrar los mecanismos que sostienen jerarquías y formas de control.
Del vampiro esclavizado al zombi rebelde
Rodríguez Campo centra el estudio en dos relatos breves hispánicos que reimaginan las dos criaturas más emblemáticas de la llamada ‘monstruología capitalista’: el vampiro y el zombi.
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En Las memorias de Drácula, del peruano Rodolfo Hinostroza, los vampiros dejan de ser depredadores temidos para convertirse en esclavos del sistema capitalista.
Integran un gran espectáculo circense llamado Nosferatu All Stars, controlado por una autoridad que emplea sus cuerpos y capacidades como recurso económico.

Según la autora, esta ficción muestra una monstruosidad hegemónica: la que nace desde arriba, cuando el Estado o las estructuras de poder moldean al monstruo para explotar la diferencia y convertirla en rendimiento económico.
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El vampiro, figura histórica del consumo y la absorción de energía, se transforma así en metáfora del trabajador moderno alienado.
En el extremo opuesto se sitúa La otra noche de Tlatelolco, del mexicano Bernardo Esquinca, donde los zombis emergen, no como masas pasivas, sino como agentes de resistencia.
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Las víctimas de la matanza estudiantil de 1968 regresan convertidas en muertos vivientes que desafían al ejército y al Gobierno mexicanos.
Rodríguez Campo entiende esta representación como una monstruosidad contrahegemónica: un levantamiento simbólico de los cuerpos marginados que, incluso tras la muerte, se niegan a desaparecer.
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El zombi, privado de memoria y humanidad, se convierte en una fuerza colectiva que denuncia la violencia estatal y reivindica la memoria histórica.
Tecnologías de la monstruosidad
El artículo incide en la idea de que las sociedades desarrollan ‘tecnologías de la monstruosidad’: mecanismos culturales que separan al ‘yo’ del ‘otro’, y que pueden operar tanto desde la represión institucional como desde la insurrección popular.
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Los monstruos, señala la investigadora, “ponen en evidencia las contradicciones del mundo moderno”, y funcionan como vehículos para repensar el poder, las identidades colectivas y los márgenes sociales. Su retorno constante recuerda que la amenaza —o la alternativa— a la norma siempre está latente.
Rodríguez Campo concluye que vampiros y zombis siguen vigentes porque dialogan con nuestras ansiedades contemporáneas: la explotación laboral, el consumo desmedido, las crisis de identidad, la violencia estatal o el miedo a la diferencia. Más que seres fantásticos, son espejos de nuestras tensiones sociales.
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Fuente: EFE
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